Por: Comunidad María Luisita del Santísimo Sacramento, California

Querida Familia Religiosa,

Nos encontramos frente a una sociedad donde, evidentemente, la vida está siendo atacada, donde falta el amor (está llena de falsos amores, pero sin el verdadero amor que viene de Dios) y que, por lo tanto, lleva arrastrando muchas heridas. Esto pasa a nivel general a lo largo y a lo ancho del mundo, y nuestra pequeña misión no es excepción, pero sí, con la gracia de Dios, un instrumento que responde frente a esta cultura de la muerte.

El sábado 20 de enero pudimos participar de la “Marcha por la vida”, que se llevó a cabo en la ciudad de San Francisco, California. Todo empezó tempranito, tuvimos “concentración” a las 6:45hs en el Santuario para poder salir a tiempo y participar de la Santa Misa, que iba a ser presidida por nuestro obispo Oscar Cantu en una de las parroquias vecinas. Así que ¿cómo empezamos esta marcha? Con el Santo Sacrificio de la Misa, con el milagro más grande de todos, con ese acto de amor que es infinito, porque la Santa Misa es infinita como Jesús. El Sr. Obispo nos exhortó con insistencia durante la homilía que fuésemos instrumentos de Dios e instrumentos de misericordia.

 

Acabada la Santa Misa, seguimos el viaje para San Francisco. Pudimos llevar tres colectivos con parroquianos y durante el viaje rezamos el Santo Rosario. En uno de los colectivos llevamos la hermosa imagen de Nuestra Señora de Luján, quien se encargó de hacer suyas muchas almas que se encontró por el camino, como la chofer de nuestro colectivo, quien agradeció la presencia de la Virgen, o distintas personas que se nos acercaban y conversaban o simplemente sonreían ante su imagen. Llegamos más temprano de lo esperado a la ciudad de San Francisco, ya que no había mucho tráfico; así tuvimos suficiente tiempo para prepararnos con pancartas, carteles, inflando globos… También nos mojamos, ya que ni bien llegamos, comenzó a llover. Pero eso no nos detenía, teníamos un motivo más fuerte, y estábamos alimentados con el Pan del Cielo. La lluvia sí detuvo a la marcha opositora, que en general es un poco más violenta que en otras partes y con mucha presencia, pero este año vinieron pocas personas. Cuando la marcha comenzó, la lluvia cesó, y, como de costumbre, pudimos rezar rosarios, cantar, saltar, mostrar “pasión” por la defensa de la vida. La alegría sobre todo era algo que, por gracia de Dios, se contagiaba fácilmente.

Para aquellos que no podían participar de la marcha (especialmente por motivos físicos), en el Santuario después de la Misa de las 8 de la mañana se comenzó con el rezo del Santo Rosario, letanías, y más Rosarios durante el día, finalizando con la Santa Misa de la tarde.

Expresa muy hermosamente un libro que «debemos aprender, en la Misa… a valorar todos los hechos sencillos, los llamados medios pobres -como el pan y como el vino- y a descubrir que nuestra vida… es una larga serie de pequeños actos, delicados y sacrificados, por medio de los cuales, nuestros prójimos deben ser capaces de descubrir en nuestro amor a ellos… ¡Cuanto nos ama el Señor!»[1]. Si pensamos acerca de nuestra pequeña misión aquí en Santa Clara, California, está basada en hechos sencillos y grandes a la vez, porque, por gracia de Dios contamos con cuatro Misas diarias y ocho Misas los domingos, además de otras devociones a las que a veces se añaden otras Misas más. Por lo cual, en general, todo nuestro apostolado se basa en “estar en casa”, en no salir del perímetro del Santuario, ya que, si bien no podemos participar de todas las Misas que se celebran, sí en casi todas ayudamos en lo referente a la sacristía y a dar la Santa Comunión. Algo particular es que tenemos un par de pantallas para aquellos que, por diferentes motivos, quieren participar de la Misa desde el exterior del templo (niños pequeños inquietos, enfermos, etc.). Gracias a estos parlantes que permiten escuchar la Misa afuera, aunque no participemos plenamente de la Misa que se esté celebrando, sí escuchamos mucha de sus partes a lo largo del día: el rito penitencial, Evangelio, homilía, Ofertorio, la Consagración…, y esto hace que nuestra vida sea literalmente una Misa prolongada. Se hace fácil, en cierto modo entonces, pensar en Dios, pensar en esa víctima que se está ofreciendo, y pensar en el ofrecimiento que cada uno tiene que hacer de su vida. Porque ¿qué es la Misa? «Es don de Dios al hombre y respuesta del hombre a Dios; es presencia del Misterio y es a la vez fuente de mística; lugar concreto donde Dios se inserta y se nos da en este mundo…»[2]. Para entender la Misa hay que tener ideas correctas de Dios y del amor, entonces a la vez es algo que no podemos agotar ni llegar a comprender en su totalidad en esta vida, pero que poquito a poco también podemos aprender a amar más, con la ayuda de su gracia.

No pretendo hacer un tratado de la Santa Misa, pero como es de buen nacido ser agradecido, el motivo de esta crónica es un poco también expresar la enorme gracia que es estar en esta misión particular, y la gracia de estar presente en cada una de nuestras misiones en general, ya que, en todas ellas, más allá de nuestras tareas, nuestra actividad más importante sigue siendo, para cada uno la Santa Misa.

La Misa está muy conectada con la vida: allí ocurre una muerte, pero también una Resurrección; allí se nos aplican los méritos de la Redención de Cristo, ya que gracias a la Santa Misa la reconciliación de la cruz se hace reconciliación nuestra. Expresaba el padre Hurtado que la Misa tiene que ser el centro de todo el día y de toda la vida. Con la mirada puesta en el sacrificio eucarístico, hay que ir siempre atesorando sacrificios (nuestros) que consumar y ofrecer en la Misa. «¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada!». Ésta tiene que ser el centro de nuestra vida, y, cuando perdamos el rumbo, nos distraigamos o las dificultades enceguezcan nuestra mirada, no hay más que aferrarnos a Jesús que está en la Eucaristía para consolarnos: «un laico, una religiosa, un sacerdote… que tuviese conciencia de que ofrece la Víctima de toda Misa, vería eucaristizada toda su vida. ¡Nunca estaría solo! ¡Jamás se sentiría estéril! ¡Sería el mayor obrador de la paz! ¡Su vida tendría plenitud inaudita! ¡Sería peregrino de todas las iglesias, de todos los altares y de todos los sagrarios!»[3]. Y podríamos agregar que nunca se sentiría solo en la lucha y la defensa por la verdad y la vida, aunque las dificultades y obstáculos se presenten y nos quieran hacer creer que el mundo está vencido, en realidad Nuestro Señor nos dice: «en el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

¡Firmes en la brecha!

Comunidad Sierva de Dios María Luisita del Santísimo Sacramento

California, Estados Unidos

[1] P. CARLOS MIGUEL BUELA, Nuestra Misa, p. 61

[2] P. CARLOS MIGUEL BUELA, Nuestra Misa, p. 25

[3] P. CARLOS MIGUEL BUELA, Nuestra Misa, p. 130