Por: P. Diego Cano, IVE

Ushetu, Kahama, Tanzania, 25 de abril de 2022

De vez en cuando aprovecho a leer, o releer crónicas del padre Segundo Llorente, misionero en Alaska, en el Polo Norte, por más de 40 años. Y en verdad que siempre admira e inspira, pues si él mismo dice que la vida en Alaska es monótona, y que a veces pasaban semanas enteras sin poder salir, y en algunos casos hasta sin ver otras personas. O dedicándose al apostolado en pequeñas aldeas, con pocas familias, cinco o seis casas, etc. El pensar en paisajes monótonos, o en lagos helados que dan la ilusión de infinito… sin nada que se mueva o traiga una nota distintiva que rompa con lo de todos los días, y durante meses. Es admirable que aún en esas condiciones, el P. Llorente siempre encontraba qué escribir, qué cosas contar. Pienso que tal vez sus crónicas no eran tan seguidas, debido a que el medio de comunicación era el correo postal. Debemos dar gracias que estuvo tantos años por aquellas tierras heladas, pues conservamos innumerables crónicas suyas.

Entonces se me ha dado por pensar que nosotros no tenemos excusas para no escribir, pues siempre hay algo que contar en nuestra misión. Miles de actividades, paisajes hermosos y muy variados, climas diversos entre la lluvia y la sequía, y gran cantidad gente por todos lados, aldeas, caminos, animales, insectos, cultivos, etc. Es una gracia estar donde estamos, y poder siempre tener algo para contar. Creo que muchas cosas se repiten de un año a otro, pero mucha gente agradece una y otra vez que les contemos nuestras aventuras misioneras, y a veces sin tanta aventura.

En muchas oportunidades lo que tenemos para contar es lo cotidiano, que a nosotros nos parece totalmente común, y falto de interés porque ya estamos acostumbrados a verlo, y sin embargo a quienes leen las crónicas les resultan novedosas y edificantes.

Hace un par de días tuve una mañana tranquila en la misión, y aproveché para ir a ver la construcción de una casa que estamos levantando para una viuda con cuatro hijos que no tiene donde vivir. Hace tiempo que recibimos la donación para ayudarla, y ya habíamos comenzado los trabajos, pero nunca pude ir hasta el lugar. Gracias a los donantes pudimos comprar un buen terreno, de una hectárea, donde también podrán cultivar. La casa es sumamente sencilla, pero creo que es bastante amplia, con dos habitaciones de cinco por cinco metros, y un espacio al entrar que comunica a las habitaciones, que es de cuatro por cinco.

Aprovechamos a caminar un poco con Teodori, que es el albañil que la está construyendo, y además es uno de nuestros feligreses y líder de esta comunidad. Es muy buena persona, de gran confianza, y que los conocemos desde hace muchos años. Su familia vive muy cerca de la casa de los padres aquí en Ushetu. Él me dijo que no era lejos, así que aprovechamos el día nublado, después de una lluvia tempranera, y con aire fresco. Ideal para caminar y estirar las piernas un poco. Lo que gozaba al ir caminando y pasando por entre las casas y los cultivos de nuestros vecinos, me llenaba de alegría. Es algo tan común para nosotros, es el paisaje de todos los días, y tantas veces pasamos por esos lugares, pero me imaginaba poder contarles a ustedes lo que veía. Las casas sencillas, de barro, y muchas de ellas con techos de paja todavía. Otras ya construidas de mejor manera, con algo de cemento, y muchas con techo de chapas. Al pasar por entre las casas la gente saluda, siempre saluda, como es tradición en estas zonas, sobre todo en el campo. Se alegran de ver pasar al padre, y saludan de manera especial los cristianos, con una gran sonrisa. Todos invitan a pasar o visitar, que una invitación formal. Los saludos generalmente se intercambian en sukuma entre ellos, y a nosotros nos saludan en swahili. Si decimos alguna palabra en sukuma, se ponen felices.

El paisaje en este tiempo es hermoso, con mucho verde, con cultivos. La zona donde está esta casa a la que nos dirigíamos está llena de bosques, con colinas, con la vista de algunas montañas azules en el horizonte. Durante el camino es común cruzarse con niños que van a la escuela, con otros que están pastoreando vacas y chivos, con algunas mujeres que van a buscar leña, llevando un machete en su mano o un hacha. Se ven mujeres cargan baldes de agua sobre sus cabezas, y los atados de leña, para cocinar.

A medida que nos alejamos de lo que sería el sector más poblado, se percibe una gran tranquilidad, se escuchan cientos de pájaros de cantos variados, y en algunas oportunidades se los puede ver, con colores increíbles, pájaros del monte, que no se ven en otras partes. Es también muy grato poder encontrarse a cada rato con caras conocidas, con feligreses, que se los ve en sus faenas diarias: como por ejemplo a Emanuel que venía de buscar unas raíces para prepararse un remedio para el estómago, o Modesta que venía de cosechar algunos granos para cocinar al almuerzo, y algunos otros hombres que estaban separando las hojas de tabaco para venderlas.

La casa que estamos haciendo está muy bien construida, y parece que es un lujo para las casas de la zona. Creo que estarán muy contentos Lea y sus hijos cuando puedan mudarse allí. La casa es muy simple porque el baño y la ducha se hacen afuera de la casa, lo mismo que la cocina. Los motivos son porque como no hay agua en abundancia, se debe excavar una letrina, que no necesita agua. Y con respecto a la cocina, también se hace afuera, a pocos metros de la casa con un pequeño techo, y abierto para que se pueda cocinar con fuego. Nos pusimos de acuerdo con Teodori sobre los trabajos que siguen, y comenzamos el regreso a la casa de los padres.

Ese día, en la misa de la mañana habíamos escuchado el milagro que realizaron Pedro y Juan en una de las puertas del Templo, curando a un paralítico de nacimiento. Éste pedía dinero, pero Pedro le dijo: “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te doy” (Hech 3,6). Y en nombre de Jesús de Nazareth le manda que se pare, y lo cura. No tiene para darle cosas materiales, pero tiene algo mucho mejor. Me dio pie este hecho de los apóstoles para escribir de lo que vivimos cotidianamente, porque lo que tenemos es lo que podemos darles a ustedes. Nuestra vida misionera cotidiana, el vivir por estas tierras, dando el testimonio de Cristo. Vida misionera que significa cosas tan cotidianas como rezar, celebrar misas, administrar los sacramentos, visitar enfermos, jugar con los niños, dar charlas y enseñar, poder caminar un poco, saludar a la gente, visitar aldeas… En fin, “no tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te doy”, dice también el misionero. No son bienes materiales, pero por eso mismo, tienen mucho más valor.

Y esta crónica es de lo más simple, que es lo que tenemos, nuestra vida misionera de cada día, y lo compartimos con ustedes.

¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano, IVE.