Por: P. Bernardo Ibarra, IVE

Crónica de dos misiones

Cuando el Verbo se hizo carne no sólo dividió la historia en dos, sino que también revolucionó toda la creación, de tal modo que incluso hoy nada tiene sentido sino se relaciona con este Dios Encarnado: «nada tiene sabor, si no se siente resonar allí el nombre de Jesús» (san Bernardo). La Encarnación conmovió los cimientos del universo entero, y los sigue conmoviendo, porque ella es una persona: Nuestro Divino Salvador Jesucristo. Jesús da sentido al hoy, como lo dio al ayer y lo dará al mañana. Sin el Dios Encarnado no vale la pena vivir.

Cuando uno se convence de esto, entonces se hace misionero, porque no soporta ver al hombre vivir sin Aquél que hace nuevas todas las cosas. ¿De qué le sirve al hombre vivir sin Jesucristo? Nuestro querido Fundador siempre nos lo inculcó desde los primeros días de nuestra Congregación: «queremos fundarnos en Cristo… nadie puede poner otro fundamento». Jesucristo es «Nuestro Camino» … la razón de nuestra vida.

Por gracia de Dios he palpado esta realidad una vez más en nuestras misiones, donde los nuestros dan sentido a la vida de miles de hombres, porque les dan a Cristo. Así lo he experimentado en dos lugares que, aparentemente opuestos, tiene una misma razón de ser: Jesucristo.

En las Grandes Llanuras del norte está nuestra misión de Dallas, incrustada en ellas como una perla preciosa en el seno de la montaña. Y en el Este del noble continente africano, resplandece, como el sol en el amanecer, nuestra emblemática misión de Tanzania. Fácilmente se diría que son dos mundos completamente distintos que se oponen radicalmente, pero les aseguro que no, porque más allá de lo accidental está, en el centro de ellas, Jesucristo y la «preocupación por el hombre», «no del hombre abstracto sino real, del hombre concreto, histórico. Se trata de cada hombre porque cada uno ha sido comprendido en el misterio de la redención, con cada uno se ha unido Cristo para siempre» (Juan Pablo Magno, Redemptor Hominis). Estas misiones son testigos de que «el Hijo de Dios con la Encarnación se ha unido en cierto modo con cada hombre» (Gaudium et Spes), de aquí que haya que iluminar al hombre con Cristo para llevarlo a su plenitud. De frente a esos rostros americanos o mejicanos, y mirando de cerca a esos otros a los cuales la noche les dio su color, uno comprende que lo que importa es darles a Cristo. El resto termina siendo basura, pues todo es basura si se lo compara con Cristo, porque Cristo es lo que esperan, Cristo es lo que buscan, Cristo es lo que anhelan… aun si no lo saben. Hay que producir ese admirable encuentro entre el Cristo escondido en el hombre con el Cristo que nace de la boca del misionero.

Cuando veía y escuchaba la alegría de los latinos que no se cansan de sobrellevar la vida, o cuando me encontraba con la cordialidad y la nobleza del alma estadounidense dispuesta a la más grande generosidad, o con la sencillez y entereza del corazón tanzano que sabe gozar profundamente de lo ordinario, florecían en mi mente las palabras de Chesterton: «El hombre es una estatua de Dios que pasea por el jardín del mundo» (Ortodoxia). Por eso el misionero es aquel que ve al Verbo Encarnado en el hombre, lo ve en semilla, como en un non finito y se afana por terminar de esculpir y llevar a su máximo esplendor la imagen del Dios Encarnado que moldeó allí la Trinidad cuando envió al ángel a saludar a la Virgen. ¿Qué otra cosa podemos hacer que terminar la obra que dio comienzo la Virgen con su sí? Es nuestra razón de ser: «prolongar la Encarnación».

En nuestra magnífica misión de Tanzania, ya sea en Kangeme como en Ushetu, en nuestras casas y muy sacrificados apostolados, o incluso en los caminos que la sequía deja polvorosos, veía a ese Dios escondido que se paseaba. Bastaba sonreír a esos rostros que te miraban con curiosidad, para hacerles brotar una sonrisa que no era sino una chispa del Dios que quiere terminar de encarnarse en ellos.

O allí, en nuestra gigante parroquia de Dallas con sus múltiples actividades, grupos y apostolados, y con sus muy concurridas Misas, tocaba al Verbo Encarnado quien, en el corazón de aquellos hombres de culturas americanas, se levantaba nuevamente de la mesa para lavar los pies de sus discípulos. Bastaba con insinuárselo, y sin más, ayudaban en los trabajos, dejando ver así al Dios que quiere hacer de ellos «como otra humanidad suya» (santa Isabel de la Trinidad).

* * *

Luego de este recorrido, de Dallas a Ushetu, y ya regresando a las tierras del Gran Papa, estoy aún más convencido de aquello que dijo alguna vez el Ven. Fulton Sheen: «La Encarnación no es algo que pasó… la Encarnación está sucediendo».

P. Bernardo Ibarra, IVE

2 de septiembre del 2023
Mwanza, Tanzania