Por: P. Diego Cano, IVE

Kangeme, 27 de marzo de 2023

Creo que a la aldea de Bupandwamhuri la recuerdan ustedes por lo difícil que es pronunciar ese nombre. Es más fácil decir y recordar “Huella de elefante”. Los otros días estuve allí, para celebrar misa y sobre todo poder tener tiempo para confesar, pues es importante que todos tengan esa oportunidad.

Para llegar a Bupandwamhuri hay que entrar por unos caminitos, que siempre son un desafío para no perderse. No son muchos kilómetros a recorrer fuera del camino principal, pero cada vez que vamos, conocemos nuevos lugares. Cambia siempre mucho el paisaje en tiempo de lluvias, con los cultivos y la vegetación tan abundante. Eso hace que uno comience a perder un poco la noción de dónde se encuentra. Los campos de maíz tienen la altura suficiente para no permitir ver más allá del camino. Me pasó pues que en un momento me encontré en un lugar donde parecía que ya no había más camino, tuve que hacer marcha atrás, maniobras, esquivar árboles y troncos, pasar por entre medio de ramas y más ramas, y nos sabía si estaba yendo en la dirección correcta. Pero bueno, cuando ya se toma un camino, a veces no hay cómo volver. Uno se anima pensando en que “a algún lugar voy a llegar”, y “si encuentro gente, preguntaré dónde estoy”. Llegué a un campo de tabaco, que comencé a rodear, por un lugar que me parecía familiar, pero en eso me encuentro con un gran árbol caído que cortaba todo el paso. Me bajé para ver si pisando un poco el campo sembrado podría pasar. Parecía viable, y entonces traté de hacer el menor daño posible. Gracias a Dios, apenas pasé ése árbol, pude divisar en una colina enfrente, algunos techitos de casas, y me parecía que podía ser Bupandwamhuri. Estaba en el camino correcto, pero era el que se usaba antes, según me explicaron. Creo que hace casi seis meses que no vamos a ese lugar a celebrar la misa.

En la puerta de la capilla me esperaban los niños, que comenzaron a cantar, y también se acercaron los grandes. Esta aldea es relativamente nueva, debe tener unos cinco o seis años, me imagino. Siempre ha sido un lugar apartado, y lleno de paganos. Hay mucha gente, muchas familias, pero todos muy esparcidos en el campo, con pequeños senderos para caminar o pasar en bicicleta o moto. Casi que no hay caminos para autos o camionetas. La comunidad es muy pequeña, pues los cristianos que había allí antes de comenzar esta capilla, eran muy pocos, los contábamos con los dedos de una mano. Pero de a poco, gracias a que se comenzó esa comunidad, se han ido sumando más feligreses. Por ejemplo hace dos años se casaron por iglesia tres parejas de gente mayor. También han ido aumentando los niños y niñas que participan de nuestros campamentos, y así, de a poco la aldea ha ido creciendo en cuanto a la presencia de católicos. Ustedes tendrían que ver lo que significa ése paisaje, pues cuando se llega, parecería uno estar en medio de campos sin absolutamente nada de gente, o muy poca. Pero no es así, pues cada casa tiene su campo cultivado, por eso no están las casas juntas, pero hay una gran población.

La capillita que actualmente están usando es de barro y tiene techo de chapas. Es muy angosta, pero así las hacen para que el techo no sea tan complicado ni costoso. Pude ver que en la pared del fondo ya hay una gran grieta, y la pared del lado izquierdo se está inclinando hacia afuera. Eso es signo de que no les va a durar mucho más la iglesia. Si sobrevive a este tiempo de lluvias, puedo pensar que puede estar en pie durante todo el tiempo de sequía. A veces pueden hacerle algunos arreglos y reparaciones, sosteniendo el techo con postes, derribando la parte de la pared que está inclinada, y volviéndola a construir. Pero significa mucho trabajo para una iglesia de adobe, que generalmente son hechas para que duren poco tiempo. Ni siquiera les hacen cimientos, solamente ponen algunos ladrillos en la base, o ponen piedras, pero pegadas con barro. Haciendo un poco de memoria, cuando bendije los cimentos de esta capilla, creo que tenía piedras, pero no habían usado cemento.

Durante el rosario confesé a todos los que se podían confesar. Como les contaba al principio, no es una comunidad muy grande. La misa fue muy tranquila, con los niños sentados cerca del altar, y un coro de cuatro jóvenes varones que vinieron de la aldea vecina, para ayudarles. Para predicarles me paré en el medio del pasillo, pues así uno puede llamarles un poco más la atención a los que están atrás, generalmente los más ancianos. Como esta gente son cristianos nuevos, con poca formación, y a la vez, muchos de ellos no hablan tanto swahili, sino más bien la lengua de su tribu, el sukuma, lo mejor es acudir a temas bien catequéticos. En esta ocasión traté de hablarles de la Pasión de Cristo, y que la causa de ella son nuestras faltas y pecados. Que Cristo nos mostró cuánto nos ama, muriendo por nosotros en la cruz. Por lo tanto en esta cuaresma: penitencia por nuestros pecados, y no aumentar el dolor de Cristo.

Luego de la misa se quedaron todos a comer allí. Para los hombres pusieron una mesa frente a la iglesia. Las mujeres estaban todas en los trabajos de cocina y servicio. Y todos los niños estuvieron comiendo en un lugar cerca de la cocina. Luego de la comida les animé a las niñas que canten algo, y me causaba gracia que accedieron, aunque casi que no sabían ninguno, y que a la vez en esta zona, son muy duros para esto. Pero creo que el hecho de participar en campamentos, junto con niños de otras aldeas, les va abriendo más la mente, y les ayuda a aprender cantos y bailes de otros niños. Otra cosa que me alegraba era ver la familiaridad que tenían los hombres al estar allí sentados con el misionero. Hablaban tres palabras en swahili, y luego seguían todo el discurso en sukuma. Yo no entiendo casi nada, salvo poder llegar a captar el tema de que están hablando. Pero me alegraba que ellos se sintieran cómodos, compartiendo sobremesa como normalmente lo hacen en sus casas.

Después me llevaron a ver a una abuela que pedía los sacramentos. Para esto yo reservé una hostia consagrada en la misa. Fuimos en el vehículo con el catequista, algunos líderes y algunos familiares de la señora. Llegamos a la humilde casita, y en una habitación muy oscura estaba acostada en el regazo de una mujer que le ayudaba a comer. Le pregunté si era la hija, y me dijo que no, que era la nuera. Es impresionante cómo los sukumas tienen el deber de el cuidado de los ancianos. Allí hicimos el rito de la unción de los enfermos, y luego la Sagrada Comunión. La gente que había venido rezaba amuchada en la puerta, y algunos se asomaban por la pequeñísima ventana de la habitación. Afuera estaban muchos familiares de la abuela, pero que no son cristianos. Nos recibieron muy bien, y se alegraron por saber que veníamos hasta la casa de la enferma. Se pusieron contentos cuando les dije que nos saquemos una foto en la puerta de la casa.

En el camino de regreso pasamos a ver la construcción de la nueva iglesia. Para esta comunidad conseguí donaciones para comprar el terreno, que está muy lindo, es grande, y también les sirve para cultivar, para que comunidad también tenga sus recursos. La iglesia yo no la había visitado nunca, sino que con el albañil arreglábamos todo en la parroquia y sólo me contaba o me mostraba fotos cuando regresaba del trabajo. La iglesia está muy bien, es grande, y tiene columnas con hierro y vigas. Allí rezamos con todos los fieles para que podamos seguir construyendo. El paso a seguir es el techo, con lo cual ya podrían comenzar a usarla, aunque luego deban seguir con las demás cosas para que quede completamente terminada.

Para el regreso me indicaron el camino que actualmente se usa para llegar a la aldea. Pude recorrerlo sin problemas, y regresar a la misión, actualmente en Kangeme. Dios gracias a Dios que esa comunidad sigue creciendo, aún en medio de paganos, pero la semilla del evangelio es como la semilla que planta un hombre en su campo, y que “sin que él sepa cómo”, ya sea “que duerma o se levante, de noche y de día”, ella sigue creciendo (Cfr. Mc 4,26). Porque el evangelio tiene su fuerza interior, tiene vida, y produce frutos abundantes donde encuentra tierra bien dispuesta.

¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano, IVE