Por: Maria Mater Unionis, SSVM
Fairbanks, 29 de junio de 2023
Querida Familia Religiosa,
Desde que llegamos a la misión en Alaska, nuestro deseo era llegar a las aldeas más lejanas, porque son más olvidadas a causa de la distancia y las pocas comunicaciones. De hecho, cada aldea tiene su realidad particular, hay aldeas de cien habitantes y otras de tres mil como es el caso de Nome.
Por gracia de Dios, del 19 al 25 de junio realizamos una misión popular en Nome, en la parroquia San José. Lo consideramos una gracia sin igual, ya que por Nome han pasado durante siglos muchos «locos por la cruz»[1], apelativo dado a los misioneros por el p. Llorente. (En la siguiente crónica veremos la importancia que tuvo en este lugar el apostolado del p. Bellarmine Lafortune). Aunque Nome tuvo algo más en su historia: no solo pasaron «locos por la cruz» sino también locos por el dólar, o sea, mercaderes y mineros.
Además del Padre Jaime IVE y de las tres hermanas que estamos en Alaska, la hermana Izamal vino desde la casa provincial de Washington DC para ayudarnos esa semana. Nos acompañaron también cuatro jóvenes y un diácono permanente de nuestra diócesis.

De Fairbanks a Nome
Fairbanks dista de Nome 839 km. Para llegar hasta Nome no hay carreteras, solo se puede llegar en avión. Pero en Fairbanks no salen vuelos hasta Nome, es preciso viajar a Anchorage y allí tomar el avión hasta Nome. Eso es ir del norte al sur (576 km), y del sur al norte otra vez (874 km).

Ellos nunca fallan
Al llegar a Nome no sabíamos bien qué esperar. La verdad es que estábamos todos muy contentos por estar allí y poder hacer la Santa Misión. Al fin y al cabo, éramos nosotros diez a quienes Dios había elegido para tan hermosa empresa.
En la Santa Misa de envío de los misioneros el lunes por la tarde estuvo presente solo una señora, Megan, la secretaria de la parroquia. El sermón de envío era para nosotros, escuchamos bien las palabras del padre sobre la fuerza del envío de Cristo de que vayamos por todo el mundo, sin excepción de lugar ninguno.

Las antiguas crónicas refieren la dificultad que tenía esta población para levantarse temprano o por la mañana. Pronto comprobamos que esta sigue siendo aquí una verdad reinante: la gente de Nome no sale de sus camas hasta el mediodía, así que toda la misión debía adaptarse a eso.
Por las mañanas hacíamos todo lo que se podía hacer: Rosario de la Aurora, Adoración, desayuno, preparar todo lo necesario para la misión (las charlas, los juegos, la cruz de la misión, etc.), almuerzo y ¡listo! Alrededor de las 12:30 hs empezábamos a salir de dos en dos por las calles a visitar las casas.

Desde el primer día, corrió la voz entre los niños que había actividades para ellos en la Iglesia Católica, y todos los días, incluso antes de las 16:00h, aparecían en la parroquia, listos para empezar la misión de los niños. Fueron estos quienes nos acompañaron fielmente durante la Santa Misión, todos los días, desde el rezo del Rosario hasta los juegos después de la Santa Misa, en la que todos participaban ―siempre nos imploraban poder jugar un rato más al fútbol y no había cómo negárselo. Llegaban diariamente a esa hora y se quedaban hasta que nos despedíamos de ellos, invitándoles a volver al día siguiente.

Además de los niños, asistieron diariamente a Misa una o dos personas más. Pero fueron los más pequeños quienes cada día se esforzaban en aprender a hacer la señal de la cruz y la genuflexión, memorizar el Ave María, el Padre Nuestro y el Gloria. Las verdades más simples de la fe para ellos eran algo que escuchaban por primera vez. Aunque ya tuviesen una mínima idea de quién es Dios, no sabían que Jesús es Dios, que había muerto en la cruz por nosotros y que después resucitó. Tampoco conocían a la Virgen María o a San José y mucho menos la presencia real de Jesús en la Eucaristía.
Sin los niños, la misión hubiese sido completamente distinta. Como me dijo un monje en cierta ocasión: «Ellos nunca fallan». Daylon, con el cual me saqué esta foto, era el único niño católico de la misión. Sus abuelos van a Misa a los domingos y, por lo general, Daylon los acompaña.

El diácono Charles y los jóvenes Daniel, Michell, Dolores y Garren fueron, sin lugar a dudas, una colaboración imprescindible. Fueron una ayuda fiel y constante, con ellos rezamos y trabajamos cada día de la misión. Sin ellos no hubiera sido posible hacer todo lo que hicimos. Ellos también experimentaron que «hay mayor alegría en dar que en recibir» (Hech 20, 35). Garren nos contó que uno de los niños le había preguntado que, si después que hubiera terminado la misión, él todavía podría visitar a Jesús en la Iglesia.
El Jesús de Nome sale por las calles
Los días de la Misión pasaban, seguíamos visitando las casas y, aun con todo, los adultos no venían a la iglesia ―ni siquiera los católicos. En tales circunstancias, el día en que hicimos la procesión del Corpus Christi fue del todo especial para todos los misioneros: si la gente de Nome no venía a ver a Jesús, el Jesús de Nome salía por las calles para ver a su gente.
Como nos acompañaban los niños, el padre Jaime les explicó bien la presencia real de Jesús en la Eucaristía durante el sermón de la Misa, y, después de salir en procesión, les dijo una vez más que Jesús caminaría con nosotros para el Rosario esa tarde. Aquellos niños habían sido elegidos por Dios mismo para ese día, para acompañar a Jesús mientras Él iba por las calles y, de algún modo, quizás misterioso daban testimonio de su fe.
La gente, al escuchar las Ave Marías y los cantos, salían de sus casas y nos miraba muy perpleja, pero igualmente nos seguían con sus teléfonos haciéndonos vídeos.

El día terminó con el show del padre Jaime en la calle junto a sus dos «amigos» (vean en la foto los muñecos). Ni los niños ni nosotros podíamos contener la risa y la gente curiosa se paraba y sacaba fotos. Un papá se acercó con su hija para ver el show y, después de un rato, dijo a una de las hermanas: «Mi hija no sabe qué es una monja, usted ¿podría explicárselo, por favor?».

Al final del día, escuchamos a los niños con alegría decir unos a otros: «Hoy participamos de un desfile para Dios». El misionero que busque recoger frutos inmediatamente y no entienda aquello de San Pablo: Yo planté, Apolo regó; mas fue Dios quien dio el crecimiento. De modo que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que hace crecer (I Cor 3, 6-7), pronto abandonará la misión. Quizás uno quisiera que los niños al final de un día así entendiesen en profundidad el misterio de Jesús escondido en la Eucaristía y, piadosamente, lo siguieran, pero todo es eso: los padres Segundo Llorente, Bellarmine Lafortune y tantos otros han plantado, nosotros estamos regando y Dios, solo Dios es el que da el crecimiento.
¡Muy feliz día de San Pedro y San Pablo!
Desde el país del eterno sol,
Hna. Maria Mater Unionis
[1] LLORENTE Segundo, De la desembocadura del Yukón, pp.46-100.





