Querida Familia Religiosa:

Desde Avondale, Pensilvania, EEUU, queremos que compartan con nosotros una experiencia de la Misericordia de Dios. Se trata de la partida al Cielo de Abrahán, amigo de nuestra Familia Religiosa en este lugar, con tan solo 35 años, padre de familia y cristiano muy piadoso.

Hay situaciones que nunca quisiéramos que sucedan, pero se dan. Días de dolor, de sufrimiento, de enfermedad… Es, precisamente, en los difíciles momentos en que no podemos claudicar y abandonarnos entera y confiadamente a Dios. Son los momentos fuertes en que debemos pedir la firmeza necesaria para que nada ni nadie nos arranque de las manos de su Hijo, a fin de que podamos aprovechar y adelantar en ese tiempo de especiales gracias.

El sufrimiento es quizás la prueba más grande de nuestra fe y la muestra más grande de amor que Dios permite que suceda para darnos la oportunidad maravillosa de crecer en nuestra vida espiritual.

Dios utiliza las cruces para hablarnos en medio de ellas y darnos a conocer su Misericordia Divina y su tierna protección. Es Jesús mismo quien nos enseña a invocarlo cuando «nos sintamos cansados y atribulados» para que Él nos dé descanso.[2] Quizá no recibamos respuesta inmediata, pero podemos tener la certeza, como Job, que Dios es un Padre fiel que siempre escucha con agrado a sus hijos quienes se dirigen a Él con un corazón humilde y sincero.

¡Hoy fue uno de esos días en los que algunos de sus hijos elevaron sus plegarias a Dios Padre con ese corazón humilde y sincero! Porque hoy, después de una larga agonía y tras varios años cargando con la cruz de la enfermedad, Abraham entregó su alma a Dios cuando terminábamos de rezar la última decena de la Coronilla de la Divina Misericordia. ¡Qué bueno entonces es recordar ahora las Palabras de Jesús a Santa Faustina!: «defenderé como Mi gloria a cada alma que rece esta coronilla en la hora de la muerte, o cuando los demás la recen junto al agonizante, quienes obtendrán el mismo perdón Cuando cerca de un agonizante es rezada esta Coronilla, se aplaca la ira divina y la insondable Misericordia envuelve al alma y se conmueven las entrañas de Mi Misericordia por la dolorosa Pasión de Mi Hijo».[3]

Abraham gustaba rezarla diariamente en estos últimos tiempos tanto que al final de sus días, como casi no podía hablar, lo hacía escuchándola en audios. Era una devoción que conoció por medio de su madre.

Murió como vivió, como un buen hijo de Dios, como un buen cristiano; con la paz y serenidad de quien entrega su vida y alma a Dios. La hermana Stella Maris, casi todas las semanas pudo llevarle la Sagrada Comunión confortándole a él y su familia. Varias veces recibió la unción de los enfermos, incluso administrada por nuestro recordado padre Daniel Vitz cuando le operaron por primera vez en Filadelfia de un tumor cerebral. En otras ocasiones fueron el padre Frank o el padre Andrés quienes se la administraron. Momentos antes de morir recibió la última Unción y la imposición del santo escapulario de la Virgen… ¡Cómo dudar que ya está gozando de la Patria Celestial, después de haber recibido tantos auxilios divinos!

Una muestra clara de la resignación con que llevó su cruz y de su confianza en Dios fueron sus últimos momentos. Cuando llegamos, se lo notaba muy intranquilo por su gran dificultad para respirar. Estaba perfectamente consciente, pero con los ojos cerrados. Su esposa junto a él, su madre a los pies de la cama, dándole el lugar que le correspondía a su esposa. Su padre y hermanos entraban y salían de la habitación…, todos en la casa estaban acompañándole. Pedí entonces un poco de agua bendita para esparcirla implorando a Dios alejara toda tentación.

La hermana Stella Maris se acercó, lo tocó y le dijo que habíamos ofrecido Misa por él y ahora rezaríamos la Coronilla de la Divina Misericordia. A medida que íbamos rezando se fue tranquilizando. Tomó a su esposa como abrazándola, luego fue juntando las manos en el pecho y dio su último suspiro casi al terminar la Coronilla. «Quien confía en mi misericordia no perecerá porque todos sus asuntos son Míos y los enemigos se estrellarán a los pies de Mi escabel». [4]

Se escuchó entonces una voz serena y firme: «Dios me lo dio, Dios me lo quitó, bendito sea Dios». Era su padre que hacía suyas las palabras de Job.

Su esposa cayó de rodillas preguntando a Dios: «¿Por qué?… ¿por qué este dolor?, ¿por qué llevárselo…?» No parecía una queja sino una plegaria que brotaba del dolor después de haber estado a su lado todos estos años, día tras día compartiendo tormentos y sufrimientos y acompañándolo en esta larga enfermedad. Solo en ese momento, su madre se acercó a la cabecera de su hijo y, entregando su hijo a Dios, le repetía al oído sin cesar: «Hijo mío ve en paz, Dios no te soltará, ya estás con Dios…», y tantas otras pequeñas jaculatorias que salían de su corazón.

Tanto el padre como la madre de Abrahán hicieron entrega pública de su hijo a Dios con gran espíritu de fe.

Su hermano también se acercó y le susurró: «Hermano mío, ve con Dios y prepáranos un campito allí para juntarnos un día contigo».

Podemos solo dar gracias a Dios por permitirnos ser testigos de la muerte de un verdadero cristiano y de la entrega que hizo la familia, seguros que Cristo estaría intercediendo como Salvador Misericordioso, pues Él mismo dijo: «Cuando recen esta coronilla junto a los moribundos, Me pondré entre el Padre y el alma agonizante no como el Juez justo sino como el Salvador Misericordioso». [5]

El papá de Abrahán, con una entereza digna de mencionar, fue consolando a cada hijo, a su nuera, asegurándole que no estaría sola, y a sus nietos.  Después de unos momentos de sollozos, se rompió el silencio con sus sabias palabras: «Debemos dar gracias a Dios por dárnoslo y recordemos los hermosos momentos que pasamos con él, tenemos mucho para agradecer…»  Y dirigiéndose a Abrahán, le dijo: «Hijo, estoy orgulloso de ti, fuiste un muy buen hijo, gracias por todo, descansa en paz».

Entonces su esposa y su mamá nos contaron anécdotas que venían a sus labios a su memoria como recuerdos de lo vivido. Entre ellas, quiero mencionar una que dejó una vívida huella en mi alma. Su madre contó que días atrás Abraham le dijo que veía pasar a su lado a un hombre con un manto. Ella le preguntó a qué se refería y él respondió: «Es San José, mamá». Esos son los mimos de Dios, las delicadezas de Nuestro Santo Patriarca. ¿Cómo dudar que San José haya venido a confortarlo en su dolor y prepararlo para una santa muerte?

Demos gracias a Dios porque es bueno porque es eterna su misericordia [6] y les ruego pidan por el alma de Abraham Rodríguez y la fortaleza y consuelo de toda su familia.

Y que el Señor no haga ser siempre apóstoles de su bondad y misericordia.

Madre María del Cenáculo Pérez, SSVM.

Comunidad de Nuestra Señora de Guadalupe.

Avondale, Pensilvania – 8 de marzo de 2022

[1]  Job, 1, 21

[2] Cf. Mt 11,28

[3] Diario, 811

[4] Diario, 723

[5] Diario, 1541

[6]  Salmo 135, 1