Por: hermanas de la comunidad Nuestra Señora de Lourdes, Segni

                                                                                                                                                                  Segni, 6 de septiembre de 2023

Querida Familia Religiosa,

Esta crónica llega desde la comunidad de la Opera Pia, Segni, pueblo tan querido por nuestra Congregación.

Quería hablaros de una abuelita muy querida y amiga nuestra, aún más, especialmente apreciada por nuestro Fundador. Se llamaba Annita. Seguramente muchos de los que habéis pasado por esta casa la recordaréis. El miércoles 30 de agosto su alma voló a la presencia de Dios.

Annita fue siempre una mujer muy activa antes de llegar a nuestro asilo. Ayudaba asiduamente en el antiguo Seminario que teníamos aquí, durante el tiempo en que vivió el mismo Padre Buela. Era, simultáneamente, sacristana, cocinera de todos los seminaristas, encargada de lavar la ropa…, en suma, ¡todo lo que es propio de una mamma!

Al fallecer su marido, decidió que pasaría los últimos años de su vida entre las hermanas. La hija nos contaba siempre que su madre, desde joven, aspiró a ser religiosa, pero Dios eligió otro camino para ella.

Su nieta Simona nos refirió una vez cómo Annita, antes de su ingreso a la Opera Pia, se había escapado de casa, llegando al Instituto (esto es, a nuestro asilo) sin avisar a nadie.  Gracias a Dios, una amiga de la familia trabajaba aquí les avisó en seguida y la pobre anciana fue llevada a su casa; pero, después de mucho insistir ―pues tenía un carácter resuelto― para que la dejasen volver al Instituto, Annita ingresó de modo definitivo en el año 2010.

Annita era muy conocida por estar, en todo momento, muy alegre, con un buen espíritu que contagiaba a los demás. Por ejemplo, dos días antes de morir, en una fiesta de cumpleaños, comenzó a cantar la coplilla del Tanti auguri y a batir palmas, manifestando su felicidad y admirando a todos. A ella se podrían aplicar estas palabras de Santa Teresa de Calcuta: «La alegría es la esperanza de una felicidad eterna».

Pensando en su tránsito dos días después, para nosotras ha sido un ejemplo de vida tranquila y serena, verdaderamente edificante para cada una de nosotras y, seguramente, también para vosotros que leéis esta crónica. No quisiera alargarme demasiado, solo me detengo un poco en los últimos momentos y actos de su vida, que han calado hondo en mí, sobre todo su sonrisa en las respuestas y su docilidad para escuchar.

Una anécdota ilustrativa: cuando durante aquellos días le pregunté: «Anita, ¿te encuentras bien?», ella, con una sonrisa, me respondió: «¡No me encuentro bien!» Entonces le dije: «¿Qué quieres que hagamos, a dónde quieres ir?» Y, con una respuesta así de simple, me dijo: «Es hora de ir al Cielo». La llevé a la cama y le pregunté: «¿Quieres confesarte?», a lo que asintió. Quise que ella eligiese el sacerdote con quien deseaba confesarse y le indiqué el nombre de los padres que están aquí en Segni. Ella mencionó al padre que años atrás fue rector del Seminario cuando ella entonces ayudaba allí.

De este breve episodio se pueden sacar diversas conclusiones: la conciencia que tenía del valor del Sacramento y del ministro de Cristo, por un lado, y, por otro, su gratitud para con nuestros padres por aquellos tiempos vividos junto a ellos.

Hasta el último momento, Annita recibió a Jesús Eucaristía, a quien tanto amaba, y todos los Sacramentos de manos de nuestros padres con total lucidez y participación.

Podemos aplicarle estas palabras del Aquinate: «La perfecta bienaventuranza es natural solo a Dios, para el que ser y ser bienaventurado son una misma cosa. Para las demás criaturas, empero, ser bienaventuradas no constituye su naturaleza, antes bien su fin último»[1].

Finalmente, en el postrer instante de su vida le pedí que rezara por todos nuestros sacerdotes y seminaristas. De hecho, espero que ya estará intercediendo en el cielo por nuestra Familia Religiosa.

Así es cómo la vida terrena de nuestra Annita nos da ejemplo de que «Debemos convencernos cada vez más que no trabajamos por cosas efímeras o pasajeras, sino “por la obra más divina entre las divinas”, la salvación eterna de las almas y la resurrección gloriosa de los cuerpos. Por un lado, debemos decir con San Luis Orione: “Colócame, Señor, sobre la boca del infierno, para que yo, por su misericordia, lo cierre”; y, por otra, saber que trabajamos para la vida eterna»[2].

Comunidad Nostra Signora di Lourdes, Segni

 

[1] SANTO TOMÁS DE AQUINO, In Symbolum Apostolorum scilicet «Credo in Deum» expositio, c. 15

[2] Directorio de Espiritualidad, n.321