Por: Hna Myriam Berit, SSVM

Al relatar los primeros acontecimientos de la expansión de la Iglesia desde Jerusalén, San Lucas nos introduce en el carruaje de un funcionario etíope, encargado de la administración del patrimonio del reino de Nubia, al sur de Egipto, que había ido a Jerusalén para adorar al Dios de Israel (Hch 8, 27-28). Ya de regreso a su tierra, este peregrino leía a Isaías, aunque sin entender el texto del profeta. Entonces Dios envió al diácono Felipe para que interviniera (Hch 8, 26.29): «Corrió Felipe a su lado y oyó que leía al profeta Isaías. Entonces le dijo: ¿Entiendes lo que lees? Él respondió: ¿Cómo lo voy a entender si no me lo explica alguien? Rogó entonces a Felipe que subiera y se sentase junto a él» (Hch 8, 30-31). El superintendente del tesoro de la reina de Etiopía se había detenido en aquellas palabras proféticas: «Como oveja fue llevado al matadero…» (Is 53, 7-8). Felipe, comenzando por este pasaje, le anunció el Evangelio de Jesús» (Hch 8, 35). Sobre esto comenta San Jerónimo en una carta que Felipe mostró a su interlocutor a «Jesús que estaba oculto y como aprisionado en la letra»[1]. Felipe desveló, liberó la figura del Señor ante los ojos de quien no entendía nada, pues la Escritura da al mundo y a las cosas su verdadera dimensión. La Palabra de Dios «entra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y descubre los sentimientos y pensamientos del corazón» (Hb 4, 12).

A partir de este relato quiero contarles aquello que hemos vivido estos últimos meses. Y con esto resaltar la importancia que tiene el estudio, lectura y meditación de las Sagradas Escrituras en nuestras vidas, especialmente en nuestros distintos apostolados, pues es precisamente de la palabra de Dios de donde aprendemos a amar y valorar «las riquezas del tesoro celestial»[2], y de donde surge la misión.

Cada año el comité episcopal para la iglesia católica copta en Egipto realiza un concurso bíblico. Los jóvenes y niños de las ciento sesenta y nueve parroquias de Egipto se preparan para competir y así representar a su Diócesis. Esta competencia empezó a realizarse hace tres años para incentivar a los jóvenes al estudio y lectura de las Sagradas Escrituras. Cada año se elige un libro de la Sagrada Escritura, el primer año se empezó con el Evangelio de San Marcos, luego siguieron los Hechos de los Apóstoles y este año tuvimos el estudio del Evangelio de San Juan.

El concurso empieza dentro de cada parroquia, porque cada una debe elegir sus propios representantes. Luego compiten las distintas parroquias de la diócesis entre sí, que, en la nuestra de Luxor, por ejemplo, son veintidós. Y así se pasa a la última etapa, donde compiten los ganadores de cada diócesis hasta obtener un ganador general.

Para la primera fase decidimos hacer la convocatoria a todos los jóvenes y niños de nuestra parroquia, pues el concurso consta de tres niveles: I nivel de 10-12 años, II nivel de 13-15 años y III nivel de 16-18. Empezamos a reunirnos todas las tardes, durante dos meses. Cada día íbamos estudiando parte por parte el Evangelio de San Juan, y, si bien este Evangelio es uno de los más difíciles en su estudio, en cada conversación que teníamos con los jóvenes nos íbamos dando cuenta de que «Dios ha hablado, ya no es el gran desconocido, sino que se ha mostrado»[3], pues la Escritura actuaba poderosamente «como una espada de doble filo» (Hb 4, 12), en cada uno de ellos, restaurando y fortaleciendo la vida espiritual de muchos. A su vez algunos se preguntaban «¿Qué es lo que Dios quiere de mí?», pues manifestaban como Dios les hablaba e iluminaba en las diferentes situaciones de sus vidas.

Fue una gracia ir creciendo en el «conocimiento amoroso y la familiaridad orante de la Palabra de Dios»[4], especialmente junto a nuestros fieles, pues éramos todos los que íbamos aprendiendo cada día, y esto nos recordaba que es «indispensable que la palabra de Dios sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial»[5].

Luego de los dos primeros meses de estudio seleccionamos dieciséis participantes: para el I nivel seis, II nivel cuatro, y III nivel seis. Después de esto tuvimos otros dos meses de estudio, esta vez incluimos un formulario dado por el comité organizativo que contenía alrededor de doscientas preguntas, las cuales entrarían en el concurso.

Fue aquí donde palpé de cerca que las Sagradas Escrituras son fuente de evangelización, como dice San Pablo VI: «La Iglesia evangeliza por la sola fuerza divina del mensaje que proclama»[6], y es que durante los dos meses siguientes no solo vinieron al estudio aquellos que participarían en el concurso, sino también aquellos que no habían sido elegidos, pues querían seguir profundizando más, o simplemente querían escuchar a Cristo que les hablaba a través de las Escrituras. A muchos de ellos este estudio les ayudó a poner la meditación fiel de la Palabra de Dios como pilar fundamental en sus vidas.

Aunque nuestra parroquia fue la ganadora a nivel de nuestra Diócesis por tercer año consecutivo, no ganamos a nivel general. Pero eso no desanimó a nuestros chicos, ya que lo que más le importó a la mayoría fue ese acercarse constantemente a la Biblia como fuente de santificación y de vida espiritual, pues hemos visto cumplirse en muchos de ellos aquello de San Pablo: «En efecto, todo cuanto fue escrito en el pasado se escribió para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza» (Rm 15, 4). Y es que a través de las Sagradas Escrituras recordamos siempre a nuestro Señor y nuestra relación con Él y con el Padre, porque es a la luz de la Sagrada Escritura donde se revela el corazón de Cristo y va aprendiendo el nuestro qué significa amar y entregarse. Y fue este «aprender» el que vimos reflejado en nuestros jóvenes.

Que el estudio y la fidelidad inquebrantable y constante a la palabra de Dios nos lleven «al sublime conocimiento de Cristo Jesús» (Flp 3, 8)  y nos haga «alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de la vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación»[7].

Hna. Myriam Berit

Misionera en Luxor-Egipto

[1] SAN JERÓNIMO, Epist. 53, 5 (PL 22, 544).

[2] Sacrosantum Concilium, 51.

[3] BENEDICTO XVI, XIII Asamblea General del Sínodo de los Obispos.

[4] Directorio de Formación Intelectual, 41.

[5] BENEDICTO XVI, Exhortación Apostólica post sinodal Verbum Domine, en FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 174.

[6] PABLO VI, Evangeli Nuntiandi, 18.

[7] Directorio de Evangelización de la Cultura, 82.