Por: Novicio Riccardo Pacchin, IVE
La última semana de abril, los novicios hemos peregrinado al norte de Italia, visitando lugares increíbles caracterizados por la influencia de muchísimos santos que han dejado una huella concreta en la historia de la Iglesia y de este país.
De hecho, hemos podido conocer gigantes de la fe cristiana, verdaderos héroes de la santidad, figuras como San Antonio de Padua, conocido por sus milagros y por su predicación “de fuego”; San Leopoldo Mandic, patrón de los confesores; San Juan Bosco, fundador del Orden de los salesianos y del oratorio; Santa Giuseppina Bakhita, Santa Catalina de Siena, San Luis Orione, el Beato Pier Giorgio, patrón de nuestro noviciado, y tantos otros santos (¡dieciséis en total!) con la intención de pedir a María Santísima el aumento de numerosas y santas vocaciones a su Iglesia. Quisiéramos, de hecho, “que Dios nos diese el don de poder descubrir y orientar muchas vocaciones, para poder así llenar todos los buenos noviciados y seminarios del mundo entero”[1].
Ha sido una peregrinación de intensa oración y recogimiento interior, especialmente en los momentos en los que hemos podido participar en la Santa Misa, en los que hemos rezado de frente a los cuerpos de los santos, pidiendo su intercesión y, especialmente, delante al Santísimo Sacramento: entre tantos dones recibidos en este viaje, hemos podido permanecer en adoración delante de uno de los milagros eucarísticos más importantes del mundo como es el de Siena, situado en la Basílica de San Francisco: 223 hostias son aún conservadas en el tabernáculo, ¡incorruptas desde el 1730!; de profundo enriquecimiento espiritual y cultural, visitando basílicas y santuarios de los más importantes en la cristiandad y en el mundo, verdaderas obras maestras de arte como la Basílica de San Antonio, de San Marco en Venecia, de Santa María Auxiliadora en Turín o la catedral de Santa María in Fiore en Florencia. Sobre todo, hemos vivido momentos de enorme alegría comunitaria, en el apostolado con las familias y las parroquias conocidas, entreteniendo a la gente con cantos e instrumentos.
Para nosotros es verdaderamente edificante sentir la caridad exquisita con la que las personas nos han acogido y hospedado. Es siempre motivo de gran ánimo. Ha sido una semana de muchas gracias interiores, porque hemos podido aprender mucho para nuestro recorrido de formación sacerdotal, tomando como modelo las virtudes extraordinarias de estos santos. Personalmente, lo que me ha impactado más es el amor infinito que le tenían a Dios y como han sabido dirigirlo hacia su próximo. Por ejemplo, como San Juan Bosco ha sabido seguir a sus chicos incansablemente, educándolos en la vida de gracia, en un clima de mucha piedad y alegría. También, de San Leopoldo se dice que permanecía en el confesionario durante muchas horas, solo con el deseo de salvar almas. Lo mismo con Giuseppe Cottolengo, que tuvo una dedicación especial por los pobres, fundando numerosas casas de caridad.
Creo que todo esto es posible solo con una intensa vida de contemplación, especialmente con Cristo verdaderamente presente en el sacramento de la Eucaristía, como viene mencionado en el Directorio de Vida Consagrada: “es por esto necesario que los miembros unan la contemplación, por la cual se unen a Dios con la mente y el corazón, al amor apostólico, a través del cual se esfuerzan en asociarse a la obra de la redención y a la expansión del Reino de Dios”[2]. Por esto querría contar la historia de un milagro eucarístico que sucedió por la intercesión de san Antonio de Padua.
Durante un debate entre el santo y un hereje, cerca de la presencia de Jesús en la Eucaristía, el hereje desafió al santo, prometiendo su conversión a la verdadera fe a cambio de un milagro eucarístico. Por tanto, explicó su plan: decidió atar a la mula por algunos días sin darle de comer, y después, una vez liberada en la plaza delante de la gente, se pondría cerca de ella el heno y una partícula eucarística para ver el comportamiento del animal. Así se hizo el día establecido. Se reunió la gente y se llevó a la mula hambrienta. El Santo no dudó y dijo en voz alta, mostrando la Hostia consagrada:
“En virtud y en nombre del Creador, que yo, por mucho que sea indigno, tengo verdaderamente entre las manos, te digo, oh animal, y te ordeno de acercarte inmediatamente con humildad y de darle la debida veneración”.
Y así sucedió: Antonio no terminó de pronunciar estas palabras cuando la mula abajó la cabeza y se arrodilló delante del Sacramento del Cuerpo de Cristo. ¡Increíbles como ciertas son las cosas que les suceden solo a los santos! Como esto debe movernos a tener una auténtica alegría y entusiasmo, fruto de una fuerte relación de fe con Dios que ha decidido permanecer con nosotros de forma muy humilde, escondiéndose en un trozo de pan a diferencia de un mundo triste y superficial, que no conoce la alegría sobrenatural de Cristo, que «debe fluir simplemente de considerar que Dios es, que Cristo es: ¡Ánimo que soy yo, no temáis! (Mc 6,50)”[3].
¡Viva Cristo Rey!
Novicio Riccardo Pacchin, IVE

[1]Directorio de Espiritualidad IVE, 290.
[2] Directorio de Espiritualidad IVE, n. 244.
[3] Directorio de Espiritualidad IVE, n. 396.





