Por: P. Diego Cano, IVE
Kahama, Tanzania, 16 de abril de 2021

Luego de estos meses de vacaciones, meses de grandes gracias y de disfrutar de la familia, los amigos y los patrios lares, estoy regresando a la misión en Ushetu. Tengo mucho que agradecer a Dios de todo lo que he vivido con mi familia, con la familia religiosa en San Rafael, y con tantos amigos en tantos lados, con quienes he compartido momentos inolvidables. Pero creo que los agradecimientos serán dados mejor particularmente.

Después de dar el último abrazo a la familia, en especial a mi madre y mi hermana, comencé mi largo regreso a la misión. Quiero contarles cómo ha sido… aunque sea un poco largo, pues mucha gente me ha preguntado eso cuando nos hemos visto, con interés de cómo es la travesía para ir y volver. Primero, el viaje en bus a Buenos Aires. Pude tener la gracia de celebrar la misa en el camarín de la Virgen de Luján, y un buen rato de oración a sus pies. Esta visita ha sido en especial consoladora, pues ante su imagen experimentamos el gran consuelo que Ella brinda a los misioneros. Sabemos que nos acompaña y ayuda. Allí le pedí a la Madre y Patrona de la Congregación que bendiga nuestra Familia Religiosa, pero de manera especial a nuestra misión, a los padres y hermanas, y le pedí por muchas vocaciones, y por tantos y tantos proyectos que tenemos en tierras tanzanas. Le pedí mucho a la Virgen por las vocaciones para nuestros institutos, por los que están y por los que vendrán.

Comencé mi viaje en avión desde Buenos Aires, y el vuelo hasta Etiopía duró dieciséis horas en total, contando también una parada en Brasil, que nos llevó un poco más de una hora. Lo novedoso de este viaje es que en Etiopía nos esperaba una noche de hotel, que nos pagaba la línea aérea, pues teníamos trece horas para el vuelo siguiente, de Addis Abeba a Dar es Salaam, la capital de Tanzania. Yo tenía mis serias dudas de salir del aeropuerto en un lugar que no conozco, y en verdad que dudaba sobre todo de la organización “etiópica”. Cuando me entregaron en mano el voucher del hotel, ya comencé a pensar la posibilidad. Y finalmente al bajar del avión vi que la mayoría de los pasajeros se dirigía hacia la zona indicada para ir a los hoteles. Fui siguiendo el grupo, y en verdad que estaba bastante bien indicado. Una vez más, como otras tantas, el pasaporte argentino en tierras africanas despierta admiración… y te dicen: “¡Argentina! ¡Messi! ¿Conoces a Messi? (en tono de broma)” Aunque no parezca, estas expresiones ya me dejan tranquilo. Te devuelven el pasaporte con una sonrisa cómplice. Allí afuera del aeropuerto esperaban los mini buses para los distintos hoteles. Les cuento que muchas veces la sotana no es directamente entendida como lo que es, y por eso un hombre de seguridad me miró y me saludó con mucho respeto con el saludo de los musulmanes: “Salam malecum”. En el hotel, cuando me registraba, me preguntó el conserje, “¿Porqué estás vestido así?” Inmediatamente entienden cuando les digo que soy sacerdote católico, y misionero. Me llama la atención que no reconozcan la sotana, pues Etiopía es un país con mayoría cristiana, y entre los cristianos, mayoría ortodoxos.

Lo que pude hacer apenas me acomodé en la habitación, fue celebrar mi primera misa en Etiopía, y me alegré de poder hacerlo pidiendo alguna vez poder tener misión en estos lugares. Lamentablemente me sentía muy mal de la garganta, con alguna infección, y no pude quedarme ni cinco minutos para escribir algo. Además que el viaje había durado dieciséis horas, más las horas de espera en los aeropuertos, y las seis horas de diferencia horaria… no quería más que aprovechar un poco la cama, pues al día siguiente había que madrugar. Al día siguiente, segunda misa en Etiopía, en la habitación del hotel. Cuando estaba terminando golpean la puerta avisando que en diez minutos salíamos hacia el aeropuerto. Buena la organización etiópica… en un rato estábamos allí, para control de pasaporte. Aquí me sucedió algo que ahora me causa gracia, pero no tanto en el momento, porque el policía de migraciones comenzó a mirar de arriba a abajo mi pasaporte. Resulta que es nuevo, “0 km” como se dice, porque lo hice en los días de las vacaciones. Lo miraba y remiraba, y le pregunto cuál es el problema, a lo cual responde: “Es nuevo. ¿No tiene el viejo?” “No, porque ya estaba lleno de sellos, y por eso hice el nuevo”. Fue a consultar con una “jefa”. Regresa, me pide una cédula, y le doy el documento de identidad, y me dice “también es nuevo”. “¡Claro, los saqué a ambos juntos, pasaporte y documento!” Finalmente, luego de dar vueltas el pasaporte mil veces, abrir cada hoja, rasparlo con las uñas, y qué se yo qué más… me lo devolvió y me dejó pasar. Nunca pensé que el pasaporte nuevo sería problema… antes me miraban el pasaporte viejo y me llamaban la atención… en fin.

Aquí en el inmenso aeropuerto de Addis Abeba, punto neurálgico de conexiones para todo África, se ve un mar de gente, aún en estos tiempos de tantas restricciones para viajar. Es allí mientras sacábamos nuestras pertenencias de la máquina de control de equipaje de mano, veo que dos mujeres tenían rosarios, y una de ellas tenía una medallita de la Virgen de Luján. Le muestro mi pasaporte, y con una visible alegría me preguntó: “¿Sos argentino? ¿Sos sacerdote? ¡Qué bueno!” Ahí en pocos segundos me contó que estaban yendo con su amiga a una misión en África, que sinceramente en este momento no recuerdo por ser un nombre muy extraño y no pude registrar. Son del movimiento de Schoenstatt, y van a ayudar como voluntarias. Intercambiamos dos o tres palabras y sobre todo los datos, para poder contactarnos después. Recuerdo sus nombres, Cristina y Candelaria. Las invité a visitarnos en Ushetu y se pusieron felices. Cristina es médico y cuando me escuchó hablar con tanta dificultad por el mal estado de mi garganta, ahí nomás me dio antibióticos, y analgésicos, y para mí fue un regalo del cielo. Les bendije una imagen de la Virgen de Luján que llevaban para la misión… y así como nos encontramos tan de repente, nos despedimos de la misma manera, pero prometiendo mutuas oraciones.

El vuelo desde Addis Abeba hacia Tanzania tenía una parada en Malawi, que no sé si alguno de los que viajaban a Tanzania lo sabía. El avión iba con su capacidad completa. Me llamó la atención el aeropuerto de Malawi, en Lilongwe que es la capital… parecía enclavado en medio de la nada. La parada nos llevó más de una hora, y en el aeropuerto no se veía más avión que el nuestro. Finalmente arribamos a nuestro destino final… ¡Tanzania! Gracias a Dios luego de un viaje tan largo, al escuchar hablar en swahili me parece estar en casa. La gente aquí es muy amable y cuando me ven vestido de sotana y hablando en swahili, se alegran mucho. El policía de migraciones me preguntaba en qué parroquia estaba, y al escuchar que en la diócesis de Kahama, se alegró y me conversaba de que conocía Kahama y algunas parroquias (que de hecho me las nombró con patrono y todo). Toda esta conversación en las ventanillas de migraciones.

Otra alegría al llegar a Tanzania fue recibir las valijas perfectamente. Es casi un milagro, luego de un viaje tan largo, y con tantas paradas, y cambios de avión. Muchos de ustedes saben que en mi equipaje viene la imagen del Santo Cura Brochero. Es una imagen de tamaño natural, pero que se desarma, y por eso la pudimos meter en las dos valijas. Cuando pasamos las valijas por el scanner, la pregunta era casi obligada: “¿Qué lleva ahí adentro?” Pues en el scanner se veía una cabeza, manos y pies en posiciones increíbles. Un poco se sonrió la mujer policía cuando le dije resumiendo: “Soy sacerdote católico. Y aquí adentro llevo una imagen de un santo”. Por respuesta obtuve una sonrisa y un «ok».

Llegar a Dar es Salaam es llegar al calor sofocante de una ciudad de la costa de África. Pero más llamaba la atención que desde el aeropuerto ya no se veía a nadie usando barbijo. Y el taxi que me llevaba hasta mi alojamiento pasaba por esas calles caóticas de Dar es Salaam, con motocicletas cruzando delante de los autos haciendo zigzag, miles de bicicletas, gente que cruza las calles por donde quiere, vendedores ambulantes en cada semáforo, miles de pequeños negocios en las veredas… atascamientos a causa de malas maniobras de los conductores, los policías tratando de ordenar el caos… misión imposible. ¡Esto es África! Aunque no parezca, lo extrañaba. Es raro, pero sobre todo me pasaba en mis caminatas por mi ciudad natal en los días de vacaciones… me parecían calles desoladas, en comparación con nuestras ciudades africanas.

Todavía me quedaba el viaje hacia Kahama, desde donde estoy escribiendo ahora. Cuando bajé del avión, me dispuse buscar una moto-taxi para ir a la ciudad, pues los taxis-auto son bastante caros. Estaba atando mi valija de mano en la moto (las otras valijas grandes, con la imagen del Cura Brochero, las he enviado por bus), cuando se detiene un auto y me invita a subir. Acepté gustoso y agradecido. Era un matrimonio cristiano, de la iglesia Luterana. Me llevaron hasta el alojamiento en la ciudad. Nos despedimos prometiendo mutuas oraciones. Esto es Tanzania, la gente es muy amigable y atenta.

Dios mediante, mañana busco las maletas que vienen por bus, y las hermanas me vienen a recoger en la ciudad, para que hagamos el viaje en camioneta hacia la misión… ¡de regreso a Ushetu!

Me gustaría solamente expresar un pensamiento que se me ha venido a la mente en estos días, al despedirme de la familia otra vez. Y despedirse “otra vez”, tiene su importancia, pues si bien los misioneros ya hemos salido a la misión un día, y nos costó dejar a los nuestros, para ir a lugares lejanos… esa entrega se repite, y de manera muy especial, cada vez que nos despedimos. Es decir, no basta con una vez, sino que esa entrega se debe renovar, y una ocasión para hacerlo es cada vez que terminamos las vacaciones, y damos el último adiós a los nuestros. Tal vez alguno piense que cada vez es más fácil, pues estamos acostumbrados al pasar ya tanto tiempo en la misión. En cambio yo creo lo contrario, que cada vez es más difícil. Dar el último abrazo a la mamá, a los hermanos, a los parientes y amigos… el corazón se estruja, y se renueva la entrega de todas las cosas a Dios. Sólo los motivos sobrenaturales nos dan el ánimo para esto… sabemos que Cristo nos ha llamado, nos anima a dejar todo por Él, “padre, madre, hermanos, hijos, casa, campos…”, es decir todo. Pero sabemos que nos llama a “Ir por todo el mundo y predicar el evangelio”. Y a quienes se pongan fielmente a su servicio promete estar con ellos “Todos los días hasta el fin del mundo”. Nos ha dejado a su Madre para que sea nuestra, al decirle desde la cruz: “Ahí tienes a tu hijo”; y finalmente nos promete la alegría del premio… “el ciento por uno en esta vida, y después la vida eterna”. Todo esto debemos recordarlo y renovarlo de tanto en tanto, y una ocasión para hacerlo, son las despedidas de la patria y de los seres queridos.

Nosotros dejamos la familia, pero ellos deben consolarse de saber que estamos haciendo lo que Dios nos pide, y que somos realmente felices haciendo lo que hacemos. Me animo a decir que somos los más felices del mundo, y esta felicidad no la cambiamos por nada. Y nuestro deseo es que todos se consuelen al saber que la alegría del misionero es muy grande y muy profunda. Y a la vez puedo citar las palabras del P. Llorente a sus padres: “Yo sé que ustedes, que me enseñaron a amar a Jesucristo, se alegrarán de que Él llame a un hijo de ustedes para esta empresa y se avergonzarían de que se acobardase ante las dificultades”. “Si supieran lo bueno que estoy y lo alegre que paso la vida, se alegrarían ustedes también”. “A mí me gustaría pasar todos los años una semana en casa, y me cuesta estar separado de ustedes, pero a Dios no hay que servirle a medias; yo en casa no soy necesario, en cambio lo que estoy haciendo por aquí es necesario”. “Al fin, todos iremos a juntarnos en el cielo: ustedes por haber cumplido con su obligación, y yo por haber cumplido con la mía”. “Al fin y al cabo siempre queda una eternidad para estar juntos”.

Y lo que ha escrito el P. Segundo Llorente, nosotros no podemos expresarlo mejor.

¡Viva la misión! ¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE