Por: P. Diego Cano, IVE

Kangeme, Tanzania, 10 de septiembre de 2023

Recuerdo que cuando tenia dos años de sacerdote, y estaba transcurriendo mi segundo año como misionero, en Ecuador, un hombre que estaba haciendo filmaciones en la zona de Gualel, y con el que compartí varios viajes para poder mostrarle un poco la parroquia, me preguntó qué cosas eran las que me llamaban más la atención de mi vida como misionero, ya que estaba dando mis primeros pasos. En esa ocasión, recuerdo que le respondí algo sobre lo que estaba en esos días pensando mucho, y que puedo resumir así: que me impresionaba mucho que el sacerdote está siempre presente en los momentos más importantes de la vida de las personas. Porque estamos presentes en el nacimiento, por razón del bautismo; presentes en las Primeras Comuniones y Confirmaciones; presentes en el momento tan importante de formar una familia, con el casamiento; y presentes, finalmente, en el momento de la muerte, junto al enfermo por el sacramento de la Unción, pero también junto a la familia, por las misas y funerales.

Creo que esa crónica no tendrá muchos lectores, ni se compartirá tanto, sobre todo por el tema de la misma, pues se trata de la misa de funeral de la niña de quien les conté en la crónica anterior. Siempre son mejor recibidas las crónicas de los campamentos de niños, bautismos, fiestas patronales y misiones populares… pero creo que no debo dejar de describir el funeral de Daniela, pues nos puede enseñar mucho, y sobre todo que nos ilustrará sobre la realidad que nos toca evangelizar en estas tierras.

En la crónica anterior les había pedido que recen por Daniela, la niña de tres años a quien me pidieron que fuera a visitar, y que se encontraba sufriendo mucho, en la parte terminal de un cáncer en la cabeza, ya diseminado por todo el cuerpo. Les pedía que recen, y muchos me escribieron que lo estaban haciendo, para que se cumpla la Voluntad de Dios, y que según ella Daniela pudiera encontrar alivio en sus dolores. Lo mismo para su familia, especialmente para su mamá. Las oraciones se han hecho sentir, en verdad. Pues a los dos días de aquella crónica, Daniela pasó a la eternidad. El catequista me pidió que fuera para el funeral, si era posible. Por gracia de Dios pude hacerlo.

Pero la verdad que el funeral en aquellas partes de la parroquia me llamó mucho la atención. Ya sabemos que esa zona es muy pagana, pero cuando llegan momentos como éste, uno cae más cuenta de qué significa eso. Llegué a la casa, que les describí en la crónica anterior, pero esta vez había mucha gente, todos los amigos, y vecinos que vienen para la ocasión. Muchos vienen a acompañar de verdad, pero otros vienen por obligación, pues es tradición que todos deben participar, de lo contrario deberán pagar una multa.

Fuera de la casa, bajo la única sombra que había, debajo de un pequeño árbol de mangos, estaba el grupo de los hombres. En algún lugar se veía un grupo de algunos más jóvenes, jugando a las cartas y haciendo bromas. Esta zona, como es una de las más alejadas, el idioma que predomina, es la lengua de la tribu, el sukuma. Ya eso nos pone muchas veces en el clima de estar en un lugar más extraño, pues poco entendemos de esta lengua. No es que ellos no hablen swahili, lo hablan perfectamente, pero entre ellos se relacionan casi únicamente en sukuma.

Ingreso al patio de la casa, pasando por una puerta baja en la pared que hace de medianera, o mejor dicho de cerco. No es común que las casas cierren el patio, pero algunas veces se dá. Me agacho para pasar por esta puerta, y en el interior del patio se encontraban todas las mujeres, algunas preparaban la comida, y la mayoría sentadas en el piso de tierra, hablando en voz baja. Este grupo contrasta con el de los hombres, pues allá afuera se escuchan conversaciones y risas. Al ingresar al patio me dirigí hacia el lugar donde estaba conectado un parlante y habían puesto música… “para alegrar”. Ya me había llamado la atención al llegar, desde afuera se escuchaba, bastante fuerte. Le dije que mejor en ese momento no se pusiera música, en todo caso después, cuando todo termine, que mejor había que respetar el duelo y el dolor de la familia. No tuvieron ninguna dificultad en quitar la música.

Luego comenzamos los preparativos para la misa, allí en el patio. Hacía mucho calor, y todos se agrupaban en las sombras de los pequeños techos, en la sombra del muro, debajo de algunos pequeños árboles, etc. Yo escogí el lado donde comenzaba a dar la sombra del muro y de un árbol, y calculando para dónde seguiría corriendo la sombra, allí pusimos la mesa baja que haría de altar. Comenzamos a poner las cosas de misa, y me dicen que todavía no había llegado el cajón. Pensamos en empezar igual la misa, pues no sabíamos cuánto se podrían demorar, ya eran las cuatro de la tarde, y estábamos en una aldea de las más alejadas. Además, la misma gente desea que termine temprano para poder regresar a sus casas antes de que se haga de noche.

Comenzamos con unas oraciones dentro de la casa, y luego se trajo el cuerpo de Daniela, que estaba completamente envuelto en un lienzo blanco, recostado sobre su colchón. Varios hombres trajeron el colchón y lo dejaron junto al altar.

Allí se realizó la misa, y en estas ocasiones es una excelente oportunidad para predicar sobre la Vida Eterna, y las postrimerías. Sobre todo porque la mayoría del auditorio es pagano, y por lo tanto tal vez es la primera vez que escucha estas cosas. Llama la atención el silencio que reina en esos momentos, y como mucho miran muy atentos. Pero lo que me llamó la atención era el muy pequeño grupo de gente que “rezaba”, es decir, que eran católicos y por lo tanto podían responder a las oraciones. Tampoco eran tan seguros al momento de responder, y los cantos dejaban ver que todavía les falta mucho de las tradiciones que sí hemos visto en aldeas donde el cristianismo está más arraigado. Pero allí estaban, y daban muy buen ejemplo de fe.

Sin embargo, lo que más me llamó la atención, aunque en otras oportunidades también sucede, aquí se marcaba mucho la diferencia, entre los que estaban rezando, y los que estaban afuera. Estaban “afuera” en todo sentido, pues estaban del otro lado del muro, no se había trasladado el gran grupo de hombres al interior del patio, sino tan solo cuatro o cinco de ellos, los familiares más cercanos. Adentro del patio se rezaba y cantaba, afuera se conversaba y se reía. Un contraste muy notable, entre los cristianos y los paganos. Si bien todos en respeto, pero destacaba un gran claro-oscuro, entre la fe y los que ni siquiera se preguntan qué hay después de esta vida.

Al momento del ofertorio llegó el cajoncito, y entonces se trasladó con mucho respeto su cuerpo, quitando el colchón de en medio, y poniendo el féretro delante del altar. Terminamos la misa y nos dirigimos hacia el lugar donde sería enterrada, en el lugar donde están los demás miembros difuntos de la familia. Es común que cada casa tenga un pequeño cementerio familiar, pero en los cristianos destaca que las tumbas están cuidadas y con alguna cruz. Los paganos a veces ni siquiera ponen alguna señal, y con el tiempo hasta se borran las tumbas de la superficie. Al comenzar a caminar, para recorrer los apenas cien metros que nos separaban, los hombres comienzan a cargar el cajón, y frecuentemente comienzan a caminar muy rápido, casi corriendo y atropellándose. Esto suscita movimientos torpes, algunas risas, comentarios. Algo que siempre me cae mal, y entonces me pongo al frente de la procesión, detrás de la cruz, para poder llevar el ritmo de la caminata, mientras rezamos o cantamos, y también para ir pidiendo más silencio y respeto. Es un modo de evangelizar el que los paganos vean cómo rezamos los cristianos en estas ocasiones.

Finalmente, luego del sencillo entierro, con el rito de la bendición de la tumba, poner tierra todos, y bendecir y colocar la cruz, se termina este acto de misericordia. Les agradecemos a todos por estar presentes, y les pido a los católicos que nos quedemos a hacer un canto a la Virgen antes de separarnos del lugar. Este sencillo acto suele ser muy emotivo y ejemplificador para muchos. Sabemos de algunos paganos que se han movido a convertirse y comenzar a rezar, pues dicen que quieren tener un entierro como ese.

Al regresar ése día me puse a pensar un poco en lo vivido allí, y veía que el paganismo en general manifiesta desinterés por la muerte, y se la desacraliza, o ni siquiera se quiere pensar en ella. Evitando los duelos, los entierros, y recuerdos. Pienso en todo paganismo, el de hace muchos siglos, y el de ahora; el de estas tierras de misión, y el de occidente también. Con sus diferentes matices, pero con los rasgos en común de no pensar en lo sagrado, y de no pensar en la eternidad.

Aquí la fe trae siempre gran consuelo, en medio del dolor. Los cristianos quedan muy agradecidos, y creo que la gente en general también. Saludé a los hombres en sukuma, cuando me despedía, y respondieron todos a coro, alegres de que el “mzungu” diga algo en sukuma. Son las pocas palabras que sé, los saludos y nada más.

Antes de subir al auto, vino Leticia, la mamá de Daniela, para agradecer, y estaba muy dolorida, pero se la veía también muy tranquila. A todos nos llena de alegría haber despedido así a un ángel, que debe estar intercediendo por todos nosotros, especialmente por aquellos que la ayudaron durante su vida, por su madre que le dio la vida y la cuidó, y por todos los que la atendieron en sus enfermedades y dolores. Nos queda la alegría de saber que esté descansando, en paz, y que los dolores de esta vida ya hayan pasado para ella.

Gracias a ustedes por leer hasta aquí, una crónica no tan “popular”. Es así el trabajo del sacerdote, debemos estar presentes en los momentos más importantes de la vida de los hombres, en los momentos trascendentales, como éste. Y es bueno considerarlo, y también meditarlo. Por eso fueron estas palabras.

Dios los bendiga.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE