Por: Daniel R. Muñoz

 

Estimados amigos de nuestra misión. Quiero compartirles aquí una crónica que escribió un voluntario que estuvo con nosotros en el mes de junio del corriente año. Le agradezco a él la gentileza de escribir su experiencia, porque me parece muy bueno poder ver la misión con los ojos de alguien que viene por primera vez. Les agradezco a los cuatro voluntarios, pues nos trajeron un cargamento de cosas, con mucha generosidad. Y sobre todo les agradezco la amistad y buenos momentos que pasamos juntos en la misión en aquellos días. Inmensamente agradecido por los trabajos, y la cantidad de juegos que hicieron para nuestros niños, que disfrutaron a más no poder. Siempre estarán en nuestro recuerdo, pero sobre todo, en nuestras oraciones.
Dios los bendiga a todos ustedes.

P. Diego Cano IVE

Aquí, pues, los dejo con el relato de Daniel Muñoz, un voluntario en Tanzania…
—-‐———–

San Rafael, Mendoza, Argentina, octubre de 2023.

Cuando te enfrentas a un acontecimiento grande y bello no sabes cómo describirlo y encontrar las palabras e imágenes para poder transmitir aquellas impresiones que te conmovieron.

Admiro a quienes escriben y pueden mover el corazón de quienes son sus lectores.
Ya entrado en años y al experimentar una vivencia como ésta, entrelazo un montón de recuerdos de mi niñez que me permiten gozar aún más plenamente lo vivido. Asistí en mi escuela primaria al Colegio Don Bosco en la provincia de San Luis, allí, los Salesianos nos infundían amor por las Misiones, apadrinábamos a un niño africano, elegíamos un nombre, rezábamos por él y pedíamos por sus familias. También nos inculcaban el amor por la naturaleza y las aventuras llevándonos a campamentos, caminatas por las montañas, pesca y juegos.

El entorno familiar fue muy importante, en especial mi padre, que nos transmitió ese amor por la aventura y los deportes. Me quedó muy grabada una anécdota que nos contaba él: que muy cerca de su casa cuando era niño pasaba el tren y muchas veces imaginaba le hubiese gustado subirse a algún vagón con su muda de ropas y viajar por el mundo. Hoy veo que esto a mí me sucedió, acompañado por mi hermano gemelo Mario multiplicamos vivencias y amontonamos recuerdos.

Vimos y encontramos en forma muy especial la huella de Dios en muchos lados; montañas, pájaros, flores y mariposas, e increíbles bellezas que pudimos retratar ya que la fotografía fue otra pasión que nos acompañó toda la vida.

Nunca como en éste viaje había tenido tantos percances, antes y después del mismo, primero sufriendo porque creímos que nos habían estafado con los pasajes que luego de muchos reclamos y cartas documento nos fueron confirmados diez días antes de la fecha estipulada para la partida, causando nervios, incertidumbre y preguntas. Al regresar, gravemente enfermo por haber contraído malaria… pero en el medio de esos extremos esa bella y profunda experiencia que fue el Voluntariado en esa Misión en Tanzania.

Hace como cinco o seis años que leo las crónicas del Padre Diego Cano en tierras africanas y desde entonces que anidaba las ganas de conocer y vivenciar aquellas anécdotas que narraba.

También, como en todos los viajes, deseaba fotografiar y traer imágenes de otras culturas y paisajes, algo que por aquellas lejanías tendríamos con sobrados argumentos.

Me interesaba sobremanera ver a aquellos hombres que dejan todo para entregar sus vidas por otros; preguntarles sobre el destino humano, sus problemas actuales. ¿Cómo hacen para aceptar con valor y serenidad aquellos desafíos? Deseaba conocer las circunstancias, su Fe, su Confianza en Dios, su Oración. ¿Cómo se han liberado de sí mismos entregando todo a los demás? ¿Qué descubren en sus silencios? ¿Cuál es el origen de sus lágrimas y la razón de sus sonrisas?… A todas nuestras preguntas tuvimos respuestas profundas que nos conmovieron e hicieron brotar lágrimas en más de una oportunidad.

Integramos este voluntariado Horacio Villarroel, Mario, Verónica y Daniel Muñoz; tres Profesores de Educación Física y una princesita. Todos dispuestos para ayudar en los campamentos o en tareas que fuesen necesarias.

Siete valijas, más nuestras mochilas fue la carga de un hermoso desafío. Yerba mate, dulce de leche, caramelos, elementos deportivos y juegos, libros, y lo más importante: una imagen de Nuestra Señora de Luján, fuente y manantial de gracias que derramará en tierras Tanzanas. Ella abrazará penas y alegrías, y consolará a quienes la invoquen. Lo hacemos también nosotros para que con su maternal protección nos ilumine y bendiga en el viaje de nuestras vidas.

Así llegamos a Dar el Salaam, la ciudad más importante y centro comercial de Tanzania. Tuvimos la suerte de que el Padre Diego desde allí nos pudiese acompañar hasta llegar a Ushetu en un viaje en colectivo que no olvidaré nunca… Dieciocho horas con música a todo volumen, parando seis minutos cada cinco horas, sin baño, ¡pero bueno!, era parte de ese todo… ¡Estábamos en África! Agregamos también la barrera del idioma, muy complejo si no hubiésemos tenido traductores de lujo.

Despuntaban ante nosotros las primeras imágenes de este continente, con sus colores, música, paisajes, miserias y virtudes, su profundo problema del agua, sus primitivas formas de trabajar, su clima, su sencillez y humildad, sus comidas… y una vez más ver que en donde el cristianismo penetra, eleva al hombre pero especialmente a la mujer. El abnegado trabajo de estos sacerdotes y monjas son el verdadero pilar para que una sociedad pueda crecer y cimentar la cultura del amor y del trabajo.

A nuestra llegada terminaba el primer campamento de niños de los cuatro que se iban a realizar en aquellos días. Ciento cincuenta varones aproximadamente, al ver el vehículo en que llegaba el Padre Cano corrieron con inmensa alegría a abrazarlo, bailar y cantar a su alrededor, rostros felices que rodeaban a ese misionero que por ellos da su vida. Inmensa emoción nos dio aquella demostración de cariño y proximidad… compartimos el último almuerzo de esos niños allí, con entrega de premios y despedida, cada uno volviendo a su aldea feliz de haber compartido unos días de oración, juegos y aprendizajes. Nosotros sorprendidos de ver el orden de todos ante cada indicación, sus humildes vestimentas, especialmente el calzado, la mayoría usa ojotas y alguno que otro anda descalzo. Lo más llamativo y que me impresionó todos los días, es su amor por la música y el baile, algo que llevan impreso en su ADN que aflora en todo momento y ante cualquier circunstancia.

Luego de una placentera siesta nos despiertan las voces de un hermoso coro que ensayaba para la ceremonia de Corpus Christi. Un regalo al oído y al alma. Luego fuimos a colaborar para elaborar un inmenso cáliz y hostia que las hermanas habían dibujado en el piso frente a la iglesia, y así esperar la procesión con el Santísimo previo a la Santa Misa del Domingo. Gran cantidad de gente en el día de Corpus, muchísimos niños, algo común en toda Tanzania, colorido y gracia en las vestimentas, varias niñas cargando a sus hermanitos en sus espaldas; todo muy curioso para nosotros. Luego finaliza todo con un gran almuerzo comunitario.

A las 6 de la tarde partimos hacia Kangeme. Nos esperaba la experiencia de jugar con niños africanos. El camino salpicado por todas parte con muchos chicos, gente transportando bidones con agua, plantaciones de maíz, girasol y tabaco; de vez en cuando mujeres aventando arroz, chivos y cebúes arriados por las calles, combis públicas transitando a gran velocidad y motos por esas huellas que son un verdadero “cross country”, en fin, pinceladas de algo nuevo para nosotros. Pozos piedras y arenales y un camino sinuoso hasta llegar.

Compartimos seis días con ciento treinta niños en Campamento, donde los vimos jugar y divertirse con poco, con una tapita, un cartón, un globo, un palo colgado de una soga haciendo de columpio, un camión con acoplado hecho con cajitas de cartón y sus ruedas con tapitas de gaseosas… y qué decir si le dabas una pelota. Una vida simple, sencilla, trabajando desde muy pequeños, cuidando animales, ayudando en las tareas agrícolas, transportando agua o leña, caminando kilómetros y kilómetros bajo un sol abrasador.

El campamento comenzaba sus actividades a las 6:30 de la mañana sin parar hasta la noche: oraciones, santa misa, charlas, juegos, comidas, alegría permanente, catequesis. ¡Nos admiró la resistencia que tenían! No entendíamos su idioma, pero sí sus sonrisas, sus miradas inocentes, sus abrazos. Allí vi que los ángeles también son negritos. Nunca una queja, siempre dispuestos a luchar por sus equipos ya que el campamento se dividía en cuatro grupos, los cuales rivalizaban para ver cuál era el mejor. Al final del día y ante cada fogón, expresaban su ánimo, con cantos, bailes y juegos para que luego ya agotados, ir a descansar. El viernes tuvo lugar el almuerzo con entrega de premios y despedida. Así termina el campamento de Kangeme.

Nuestro próximo destino sería la aldea de Mazirayo. Allí nos dividen las tareas: Mario y Horacio permanecen trabajando en el campamento; Domingo (voluntario de Chile) y a mí, nos piden ir a la aldea de Ubagwe a pintar la capilla “San Roberto Belarmino”. Un arduo trabajo que se pudo realizar en tan pocos días. Esto nos permitía gozar de manera única los bellísimos atardeceres, y los fogones de aquel hermoso campamento. Al ir y volver de esta aldea aprovechábamos para recorrer despacio el camino y conocer mejor las particularidades de estas poblaciones.

El día viernes, encontradas emociones nos abrazan, habían finalizado estas inolvidables vivencias que llevaremos por siempre en nuestras vidas, pero nos quedaba una segunda parte: el Parque Nacional Serengueti, verdadero paraíso terrenal, cuna de los más grandes y diversos animales del mundo, nos parecía un sueño ir allí y gozar de aquellas vistas y poder ver elefantes, jirafas, leones, hipopótamos, cocodrilos, cebras y pájaros tan cerca y libres… no era un circo, tampoco un zoológico: era el jardín de Dios, pudimos retratar repetidamente toda esa inmensidad y belleza, el mundo salvaje de la sabana. Agradecemos profundamente a Dios por habernos permitido esto, y a los padres Diego y Víctor por la logística y compañía en la seguridad total que todo esto no hubiese sido posible sin ellos.

Finalizada esta visita estuvimos tres días en Mwanza junto al lago Victoria y de allí nuestra última etapa en la Isla de Zanzíbar; lugar espectacular, igual o mejor que el caribe, coloridos impresionantes, bellísimas playas, marcado contraste de riqueza y pobreza y otra idiosincrasia en su gente por la gran influencia del turismo y sus creencias religiosas. Igualmente nos sentimos seguros y disfrutamos al conocer otra cara de un hermoso país como Tanzania donde gracias a Dios viven en paz.

Para finalizar, les comparto esta reflexión. En una entrevista realizada a dos de los mejores montañistas de la era moderna, Peter Habeler y Reynhol Messner, que luego de hacer cumbre en el Everest sin la ayuda de oxígeno y de haber conocido la belleza de las montañas más imponentes en el mundo; les preguntaban qué habían sentido al pisar la cumbre más alta del planeta y ellos respondieron: “nos quedamos atónitos, nos quedamos mudos, nos embargaba la emoción, solo podíamos mirar, admirar y fotografiar”.

Es la misma admiración y emoción que sentimos nosotros ante tantas cosas bellas, sólo que no podría fotografiar el sentimiento, la entrega, el sacrificio, los estados emocionales de aquellos sacerdotes y religiosas que se entregan cada día a la humanidad en las aldeas y pueblos lejanos como esta bella Tanzania.

Allí recordaba las palabras de San Juan Pablo II cuando decía que África era el continente de la esperanza. Ciertamente que una nación abierta a la vida, y que pese a sus dificultades no mata a sus niños, Dios la bendecirá abundantemente. Pensaba que es necesario que hombres y mujeres, consagrados y laicos, trabajen y apoyen a estos pueblos, materialmente y con oraciones, y así las realidades serían otras.

Fui a África y pude traerme fotos de los leones del Serengueti, y repito nuevamente, no pude traerme las fotos del esfuerzo y garra de aquellos leones misioneros que luchan cada día por un mundo mejor.

Vivirán siempre en nuestros corazones y en el mejor recuerdo de nuestras aventuras, y por supuesto en nuestra oración de cada día.

Daniel R. Muñoz

Voluntario en Tanzania