Por: P. Diego Cano, IVE

26 de julio de 2022

Le preguntaban al P. Llorente, gran misionero jesuita en el Polo Norte, si compartía él la afirmación de que para ser misionero no era necesario cruzar los mares e ir a la misión. Entonces respondía el P. Segundo: “Mi respuesta es efectivamente afirmativa. Para ser misionero, no tiene que venir a lo que llamamos frente misional donde la mayoría no conoce a Jesucristo.”

“En el capítulo 10 de la Epístola a los Romanos leen esas almas los siguientes versículos: «Todo el que invoque el nombre del Señor, se salvará. Pero, ¿cómo van a invocar a Aquel en quien no creyeron? ¿Y cómo van a creer en Aquel de quien no han oído hablar? ¿Y cómo van a oír si no se les predica? ¿Y cómo se les va a predicar si no se les envían predicadores? Por eso está escrito: qué preciosas son los pies de los que evangelizan la paz; de los que evangelizan el bien».

Cada vez que leen esto esas almas se mesan los cabellos al menos metafóricamente y no atinan con la solución del problema. Quieren venir; no pueden venir; todo está perdido.”
Sin embargo, luego de planteado el “problema”, el misionero del polo Norte apura la respuesta: “Todo bautizado es por el mero hecho un misionero. Esas almas buenas que se afligen porque no pueden venir a Misiones, que no se aflijan. Formamos todos un cuerpo de combate con vanguardia y retaguardia. Los misioneros forman la vanguardia.”

“Presuponiendo que están en gracia viven unidas a Cristo como los sarmientos a la vid y tienen parte activísima en la circulación de la sangre divina por todo el cuerpo místico.
Injertadas en Cristo producen sazonados frutos de redención, conversión, santificación y salvación de innumerables almas; unas más y otras menos según el grado de unión que tengan con Cristo.

Basta con que todo lo hagan por amor de Dios; y mientras más desinteresado y fino sea ese amor, más ricos serán los frutos espirituales que producen.
El andar, comer, vestirse, dormir, peinarse y cortarse las uñas hecho todo por amor de Dios y en unión íntima con Jesucristo produce tres frutos riquísimos que son: gloria a Dios, santificación personal, y conversión de almas apartadas de Dios. Para Dios no hay distancias.”

Y, resumiendo aquél precioso artículo, termina por concluir: “Poco a poco nos vamos reponiendo del asombro que causó la proclamación de Santa Teresa del Niño Jesús patrona universal de las misiones; ella que jamás vio más indios que los pintados en los libros, vivió encerrada en un convento de Francia y murió tísica en la enfermería del convento entre cuatro paredes blancas.”

“Más aún, esas almas de la retaguardia tienen la gran ventaja de que, como no ven con los ojos a los que se convierten y se bautizan, se mantienen siempre en humildad creyendo que no hacen nada y que son siervos inútiles y sin provecho; y esa humildad roba el corazón a Dios.”

“En cambio el pobre misionero que ve las ovejas descarriadas y las trae e introduce en el redil, corre un peligro gravísimo de albergar en el alma cierta vanagloria que le hace perder mucho mérito a los ojos purísimos de Dios.”

“Las conversiones se deben a la gracia. Ésta se da de ley ordinaria al que la implora con oraciones, lágrimas, actos de amor, sacrificios, obras buenas ofrecidas con pureza de intención y sobre todo con sufrimientos unidos a los de Cristo.”

Escribía Santa Teresita del Niño Jesús a un misionero:
“Me siento feliz de estar especialmente asociada a uno de los misioneros de nuestro adorable Jesús, estoy segura de que mi celestial Esposo suplirá mis pobres méritos (sobre los que no me apoyo en lo más mínimo) y de que escuchará los deseos de mi corazón, fecundando su apostolado. Me sentiré verdaderamente feliz de trabajar con Usted por la salvación de las almas.

Le pido a Dios que sea, no solamente un buen misionero, sino un santo totalmente abrasado de amor a Dios y a las almas. Y le suplico que me alcance también a mí ese amor, a fin de poder ayudarle en su labor apóstolica. Y ahora que se va a la misión:… Adiós. Estaré siempre unida a usted por la oración, y pido a Nuestro Señor que no me deje nunca gozar mientras usted esté sufriendo. Incluso quisiera que usted estuviese siempre consuelos y yo las pruebas. Tal vez sea egoísmo…, pero creo que no, porque mi única arma es el amor y el sufrimiento, y su espada la palabra y los trabajos apostólicos.

Por último no olvide que en el silencio del monasterio un alma ruega sin cesar al Divino Prisionero del amor por el éxito de su gloriosa empresa.”

Por lo tanto, a todos los que leen estas crónicas, les animamos a ser misioneros de deseo… y a salvar almas a granel en nuestra misión de Tanzania, y en todas las misiones de la Congregación y de la Iglesia.

¡Bienvenidos, misioneros de deseo! Gracias por sus oraciones y sacrificios unidos a Cristo por la gracia.

¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano, IVE