Por: M. Maria Porta Coeli, SSVM

Querida Familia Religiosa:

Desde nuestra misión en Stykkishúlmur, Islandia, les mandamos una pequeña crónica con algunas reflexiones acerca del Vía Crucis que rezamos el tercer viernes de Cuaresma con nuestros parroquianos.

Mientras lo rezábamos, me pasó varias veces por la cabeza el siguiente pensamiento: «Estamos locos». No es un pensamiento muy común durante el rezo de un Vía Crucis, pero, en aquella ocasión, considero que fue simplemente reconocer la realidad.

Este año, el Párroco de la misión en Stykkishólmur, empezó a hacer los viernes de Cuaresma el Vía Crucis «Extremo». Esto significa rezar afuera, caminar distancias largas para vencerse a uno mismo y ofrecer un gran sacrificio, algo personalmente difícil, en reparación por los pecados y por amor.

Aquel tercer viernes de Cuaresma nos trajo un día de gluggaveđur. Esta palabra islandesa se traduce como «clima de la ventana» (glugga = ventana, veđur = clima) y significa que hace mucho sol, pero también mucho frío; entonces, mejor disfrutar el clima desde la ventana de tu casa. En los días de gluggaveđur, todos evitan estar afuera, aún por poco tiempo. Puesto que la calefacción en Islandia es muy buena y barata, esto no resulta tan dramático, y, contando con autos, uno puede fácilmente evitar el estar afuera casi por completo y disfrutar la belleza de Islandia desde la ventana.

En esa ocasión, el Vía Crucis «Extremo» tuvo lugar en Grundarfjörđur, un pequeño pueblo de la parroquia, a unos treinta minutos en auto desde nuestro pueblo de Stykkishólmur, en la península de Snaefellnes. Empezamos el Vía Crucis en el puerto y en la introducción, el Padre nos invitó, a nosotros los «locos por Cristo», a aprovechar este momento para ofrecer el sacrificio del Vía Crucis en unión con la Cruz de Cristo, recordándonos que teníamos la oportunidad de ofrecer algo verdaderamente valeroso. Era solo el comienzo y ya estaba congelándome entera. Entonces pensé: ¿Voy a poder aguantar una hora así? Esto no se hace en Islandia… Estamos locos.

Seguimos al Padre, quien tenía puestos la sotana, el roquete y la estola y cargaba una cruz de 2,5 metros, llevando nosotros cruces pequeñas mientras caminábamos por las calles del pueblo. En cada estación, el Padre ofrecía una pequeña reflexión acerca del amor de Cristo Crucificado, de no cansarnos de pedir perdón por nuestros muchos pecados y confiar siempre en la misericordia de Dios, que nos quiere perdonar. Alentados por las palabras del Padre y meditando el Amor de Dios manifestado en la Pasión, encontrábamos la fuerza para seguir y también para querer seguir, querer caminar, rezar, cantar, meditar y ofrecer tantos sacrificios al tiempo que perdíamos la sensación en nuestros pies, manos y narices. ¡Bienaventurados los locos por Cristo!

Otro aspecto a destacar fue el tema del respeto humano. El Vía Crucis «Extremo» era muy público. Caminábamos en medio del pueblo, donde todos se conocen. Fuera de nosotros, nadie estaba afuera. Solo dos chicos nos pasaron, uno en bicicleta y una niña en scooter electrónico. Sin duda, estuvieron los dos en la calle solo cinco minutos en total, lo mínimo necesario para llegar a casa y refugiarse. Todos estaban en sus hogares, disfrutando el gluggaveđur, en el interior, con la calefacción prendida y desde donde podían vernos a nosotros y a nuestras cruces y escuchar los cantos y oraciones. Indudablemente pensaron: «Están locos». Y tenían razón. ¿Quién va a rezar afuera en gluggaveđur? Solo los locos por Cristo.

De nosotros habla el Directorio de Espiritualidad: «¡Bienaventurados los locos por Cristo! Se los llevará de aquí para allá, se reirán de ellos y los tendrán por torpes, atrasados y, aun, débiles mentales: de ellos es el Reino de los Cielos. ¡Bienaventurados los locos por Cristo!, porque se han despojado a sí mismos y están ante Dios con toda su candidez. ¡Bienaventurados estos locos por Cristo!, ninguna sabiduría del mundo podrá jamás engañarlos. Es la locura del amor sin límites ni medidas».[1]

Al terminar, después de una hora, viendo las caras tan determinadas y serias del comienzo, me sorprendió ver cómo se habían transformado en sonrisas. El aire se llenó con las risas y palabras de acción de gracias que nuestros fieles dirigían al Padre. Le agradecían por haber tenido la oportunidad de contemplar la Pasión, rezar el Vía Crucis y ofrecer algo de valor a Dios. Sus rostros radiantes mostraban una alegría completamente sobrenatural: imposible alegrarse por haber estado una hora sufriendo el frío, si no fuese por entender lo que significa sufrir con Cristo y por amor. Reinaba una alegría profunda que el mundo y el confort no pueden dar. ¡Bienaventurados los locos por Cristo!

Pedimos oraciones por estos parroquianos, para que los Vía Crucis «Extremos» sean de mucho fruto espiritual, para que crezcan en amor y confianza en la Divina Misericordia y sean verdaderos apóstoles en estas frías tierras, dando testimonio «loco» del fuego de la fe, esperanza y caridad que llevan dentro, lo único que es capaz de dar sentido a la vida humana, al sufrimiento, y que nos da la bienaventuranza aquí y por toda la eternidad.

¡Qué gracia ser misionera de la Familia del Verbo Encarnado aquí en Islandia, donde existe la oportunidad de saborear la bienaventuranza de los «locos por Cristo»!

¡Viva la Virgen y viva la Misión!

M. Maria Porta Coeli y hermanas de la comunidad Santa Bárbara,

Stykkishólmur, Islandia

[1] Nº 181