Por: Hna. Maria Mater Unionis, SSVM

Fairbanks, 20 de diciembre de 2022

Querida Familia Religiosa,

            Acá en Alaska estamos envueltos en una profunda noche, son veinte horas de oscuridad cada día… y hoy por primera vez tuvimos los esperados cuarenta grados bajo cero. Y también me pareció muy significativo que un día como hoy, hace noventa y cuatro años atrás, entró en el noviciado jesuita en Los Gatos, California, USA, José Prince, el primer jesuita esquimal.

La «triste» noticia

La semana pasada Jenny, una de las señoras de la parroquia, mamá de ocho hijos, me vino a decir con cara de asombro y con tono grave y de pesar, poniéndome una mano en el hombro: «hermana, prepárese… pues… la semana que viene… vamos a tener cuarenta grados bajo cero…». Después de mi breve festejo con gritos de «¡woohoo!», le dije: «¡esperaba este momento por más de diez años!» Ella me miraba confusa, dijo que quería prepararme antes para que yo no me asustara por el frío, y me preguntó: «¿Qué? ¿Más de diez años esperando por cuarenta grados bajo cero?».

            Le expliqué que la primera vez que escuché sobre las Misiones en Alaska yo tenía unos doce o trece años y desde entonces siempre la tuve presente. Cuántas veces había leído y releído las crónicas del gran Padre Segundo Llorente donde hablaba de esos cuarenta grados bajo cero, de la oscuridad y el frío… y ahora me tocaba sentirlo en la piel.

            Sin dudar ni poder dudar, nuestra Familia Religiosa fue el instrumento fiel usado por Dios en mi vida de gracia, en en el descubrimiento de mi vocación, y mi vocación misionera, como José Prince. Y como él también yo, no sabiendo como agradecer a Dios tanto bien que me había hecho, he querido dar a Dios lo más que le puedo dar: mi vida en esta Familia Religiosa. Les comparto un poco de la historia de José.

Holy Cross

En 1888, cerca de la aldea Koserefsky y a las orillas del majestuoso río Yukon, se fundó la misión de Holy Cross, la segunda en el norte de Alaska. El Padre Aloysius Robaut, SJ, fue su fundador, y escribe que cuando él llegó ese lugar era «un perfecto desierto». Con ayuda de otros dos hermanos jesuitas empezó a construir la primera cabaña, pero antes de que la hubieran terminado llegaron tres hermanas de Santa Ana con Anutka Neumann, una niñita que sería la primera alumna de la escuela.

            Como iban llegando más y más niños de todas las aldeas, la escuela de Holy Cross pasó a ser un internado y como seguían llegando cada vez más niños, se fueron construyendo más casas. En 1902, seis hermanas de Santa Ana, cinco hermanos jesuitas y dos sacerdotes también jesuitas atendían a cuarenta y dos niños y cuarenta y seis niñas. Allí aprendían de todo: religión, cultura, arte, trabajos manuales… Nos cuenta el P. Segundo Llorente:

«No ha faltado quien haya creído excesiva tanta instrucción a niños que han de vivir de la caza y de la pesca o extrayendo mineral en un ambiente tan vacío de cultura y nobles ideales como pictórico del más crudo y abyecto materialismo. A esto respondemos, con el insigne publicista uruguayo D. José E. Rodó, que “dar a sentir lo hermoso es obra de misericordia” y que “el que ha aprendido distinguir lo delicado de lo vulgar, lo feo de lo hermoso, lleva media jornada adelantada para distinguir lo malo de lo bueno”»[1].

            De esa escuela/orfanato sigue diciendo que, aunque contaba con la presencia de «una docena de blancos, hijos de mineros europeos y yanquis, los demás son todos esquimales huérfanos» [2] y que cuando crecían y se iban, «lo ordinario es que se casen pronto, y lo más ordinario es que tomen por mujeres a las jóvenes del orfanato con quienes se educaron» y más adelante: «estos matrimonios son el sostén de los Misioneros de las tribus, sus catequistas gratuitos, los defensores en público de su fama calumniada; son su gozo y su corona» [3].

            Pero ese hermoso árbol que era Holy Cross todavía estaba por regalar a los jesuitas su fruto más precioso.

El primer hijo de la nieve

José Prince nació el 8 de diciembre de 1908 de padres paganos, en una choza de hielo en San Miguel, en las costas del Estrecho de Bering, y fue bautizado por uno de los sacerdotes rusos ortodoxos, que por allí habían quedado después de que Rusia vendió la colonia a los Estados Unidos.

               Cuando José tenía diez años pidió ser recibido en la Iglesia Católica y fue bautizado sub conditione por el P. Ruppert, S. J., quien le envió, con permiso de su mamá, en calidad de huérfano de padre, a Holy Cross en el otoño de 1918. Al principio el niño era muy tímido, pero pronto José Prince se hizo amar en la comunidad por su gran alegría.

            En 1926 el P. Delón, Superior General de la misión de Alaska en ese tiempo, eligió a José Prince para que fuera el representante de la Misión en el Congreso Eucarístico en California. Después del Congreso él se ofreció para servir de guía al P. Delón en sus viajes apostólicos por la misión alaskeña. Un día el joven de diecinueve años le dijo:

«—Padre, le voy a revelar un secreto.
—Tú dirás.
—¿Y si yo pidiera ser admitido en la Compañía de Jesús?
—Pues no tendrías necesidad de reiterar la petición. Entendámonos, ¿Para escolar o para coadjutor?
—Para coadjutor — contestó Prince.
—Pues desde ahora mismo quedas admitido. Y oye una cosa: hace ya más de un año que me lo venía dando el corazón. Tu jovialidad nace de buen fondo y tu intención es más derecha que un tiro. Hasta me había decidido a proponértelo, si tú no te hubieses adelantado. ¿Te acuerdas de aquel día que te pasaste a la división de los pequeños y te cogió el Prefecto haciéndoles mil judiadas? Pues a un Padre le dio eso mala espina y quiso persuadirme a lo mismo. Y ¡qué cosas!; aquellos compañeros tuyos tan formalitos y juiciosos se han ido a sus tribus, y tú, con tus trastadas, te vas a la Compañía de Jesús. ¿Y qué te ha movido a ser jesuita?
—Padre —respondió Prince—, usted es testigo del cúmulo de beneficios que el cielo me ha dispensado en el orfanato. No sabiendo, pues, cómo agradecer tanto bien, he querido dar a Dios lo más que le puedo dar: mi vida en la Compañía de su Hijo.
—¡Bravo! —le dijo el Padre—, el emperador más poderoso no tiene cosa de más valor. Pasado mañana, cuando lleguemos al Yukón, subes con el trineo a despedirle de tu madre y hermano, y yo bajaré en barca para Holy Cross. Estás una semana con la familia y a ver si en el primer barco de junio zarpas con rumbo a California. ¡Qué contentos se van a poner los novicios cuando te vean entre ellos!»[4]

            José Prince tuvo una despedida angustiosa con su madre todavía pagana que intentaba convencerle a quedarse y él le repetía las razones por las cuales se iba. Y «como aquello se prolongaba mucho y no había esperanzas de un arreglo, saltó Prince al trineo, chasqueó el látigo y los perros se lanzaron a una carrera veloz.
No le culpéis de inhumano, llamadle santo. Las lágrimas que por el camino vertía, testigos eran del amor filial que en su corazón se encerraba» [5].

Perpetuamente hijo de la Compañía

El 20 de diciembre de 1928 José Prince oficialmente entró en el noviciado jesuita. Pronto empezó a quejarse de frío, lo que parecía un chiste, ya era extraño que alguien que había crecido en las crueles temperaturas de cuarenta grados bajo cero, sintiera frío con quince grados positivos en un diciembre californiano. En el invierno de 1929, sufrió un prolongado ataque de gripe, que pronto se convirtió en tuberculosis. La enfermedad fue avanzando y el médico dio un pronóstico de un mes de vida, que se cumplió con exactitud dolorosa.

            En diciembre de 1930, José recibió la noticia de que toda su familia se había hecho católica. El Padre Sifton le escribió diciendo: «la gracia, creo yo, les llegó en no poca medida a través de tus oraciones y tu inmolación a Dios».

            «Hasta los nueve años estuvo siguiendo inocentemente a su madre y hermano mayor en busca de focas y pescado. Luego en Holy Cross, comulgando semanalmente al principio y diariamente al fin. Dos años de noviciado habían coronado la carrera. El Juez era Jesucristo, el amigo de los pobres y de los humildes. ¿Por qué temer? No es, pues, extraño que el P. Superior viese a José Prince llorar de placer y agradecimiento por morir novicio de la Compañía de Jesús».

            El Padre Provincial le concedió que pudiera hacer los votos: el 6 de enero de 1931 se dijo una Misa en su habitación y exactamente a las 20:50 de la noche y de rodillas en la cama, sostenido por un Padre y un hermano, recitó la formula delante de la Sagrada Hostia:

«…Prometo pobreza, castidad y obediencia perpetua en la Compañía de Jesús».

            Segundo llegó a los Estados Unidos en 1930, lo que nos hace pensar que seguramente conoció a otros en la Compañía que habían tratado a José Prince y que su narración de los últimos días de ese jesuita esquimal viene de fuentes ciertas:

            «Prince pasaba el día con el rosario en la mano derecha y el crucifijo en la izquierda. Tuvo palabras de sentimiento al recordar a su madre aún pagana y recordó que desde el cielo negociaría su conversión.

            Al fin perdió el habla, pero no dejaba de pasar las cuentas del rosario, y con una mirada tierna respondía a las jaculatorias que los Padres le sugerían. Así pasó los dos últimos días, hasta que, en un ataque violento de tos, perdió el color y la vista y se durmió en el Señor. Era la madrugada del 8 de enero de 1931. El Padre Superior le puso, mientras expiraba, el crucifijo en los labios y pronunció en voz alta un “Jesuusss” muy prolongado. Pues era Hermano de San Alonso, que le imitase hasta en la manera santísima de expirar.

            No sé si pasaría por el purgatorio; lo que no soy parte a desechar de mí es la convicción de que, al lado de Jesucristo, estaba San Ignacio para recibir en sus brazos al primer hijo de las nieves que sus hijos los Misioneros le enviaban».

            Que la fidelidad y gratitud de José Prince sea modelo para todos los misioneros que estamos y que vendrán a este país de eternos hielos.

Entre el cielo y la nieve,
Hna. Maria Mater Unionis

[1] Aventureros del Círculo Polar, 61.

[2] Aventureros del Círculo Polar, 61.

[3] Aventureros del Círculo Polar, 64.

[4] Aventureros del Círculo Polar, 66-67.

[5] Aventureros del Círculo Polar, 67