Por: Mary Altar of Sacrifice, SSVM

                                                        La Eucaristía es la prueba suprema del amor de Jesús.                                                          Después de esto, no hay nada más que el Cielo mismo.

  San Pedro Julián Eymard

Querida Familia Religiosa,

Por mucho tiempo quise escribir una crónica sobre el apostolado tan hermoso de visitar a los enfermos y llevar la Comunión aquí en Papúa Nueva Guinea. Ahora, en este tiempo de Cuaresma y Pascua, hemos sido testigos, una vez más, de la eficacia de los sacramentos y el amor escondido de Jesús en la Eucaristía, y queremos compartirlo con ustedes.

Somos privilegiados de tener contacto diariamente con el amor y misericordia de Dios en la Santa Eucaristía, pero muchas veces la sublimidad de este milagro supera nuestro entendimiento. La Eucaristía es el ejemplo íntegro del humilde anonadamiento de Cristo. En la Encarnación, Dios se hizo hombre y por su amor, en la Eucaristía, se hace presente para permanecer siempre accesible a nosotros, dándosenos a comer físicamente y espiritualmente, y dándonos las gracias que más necesitamos. Esta realidad tan misteriosa se hace tangible de modo especial cada semana cuando llevo la Santa Comunión a los enfermos y ancianos en la aldea de Lido. Jesús se rebaja hasta el extremo, a situaciones tan miserables y humildes, sólo para unirse a sus amados: los ancianos enfermos, quienes están escondidos para el mundo, con frecuencia encerrados en un rinconcito de una casa caída. A veces, la casa ni tiene paredes… y, aun así, Jesús acude allí cada semana, porque en estos corazones es donde Él encuentra su hogar más esperado. Ante estas situaciones de escasez, los ojos del mundo ven la miseria pura (pobreza, enfermedad, etc.), pero para los ojos de la fe, una se encuentra con un alma fiel, confiada en la presencia amorosa de Dios, queriendo y esperando su encuentro semanal con Él y recibir la fuerza para continuar su peregrinación hasta el Cielo.

A nuestros fieles de Lido se puede aplicar lo dicho por San Pedro Julián Eymard: «¿Acaso no es Nuestro Señor tan manso y humilde en el Santísimo Sacramento como lo era cuando vivía en esta tierra? ¿Acaso no es siempre el Buen Pastor, el Consejero Divino, el Amigo que no cambia? ¡Feliz el alma que sabe encontrar a Jesús en la Santísima Eucaristía, y todas las cosas en la Eucaristía!».

En la parroquia donde hacemos apostolado, no hubo párroco durante casi un año, y por lo tanto los enfermos no han podido recibir los sacramentos de la Confesión y la Unción hasta el reciente nombramiento de nuestro párroco. Puestos ya en contexto, quisiera hablarles de la pequeña historia de Benedict. Este hombre tenía más de noventa años y desde algunos meses estaba en la lista de espera para confesarse y así poder comulgar; ¡llevaba diez años sin hacerlo! Un sábado de Cuaresma, el padre generosamente me acompañó a visitar a todos los enfermos y escuchar confesiones (son alrededor de veinte en distintas partes de la villa). Uno de ellos era Benedict. Una vez fue un soldado con mucha vida, pero ahora era un viejito muy frágil, nada más que piel y huesos. Encorvado y casi sin poder caminar, salió de debajo de su casa y pidió ayuda al padre para recordar cómo confesarse. En este sábado elegido de Cuaresma, Benedict se unió finalmente a su Señor en la Santa Comunión.

 

Pasada una semana, fui a visitar a Benedict para llevarle la Comunión, junto a los demás que también la reciben semanalmente. Esta vez, Benedict no pudo levantarse solo, y fue llevado de debajo de su casa hasta un simple banco donde se acostó para recibir la Comunión. Tenía una infección grave en la cara y no estaba muy consciente. Luchaba por abrir su boca y recibir la Eucaristía por segunda vez en tantos años. ¿Cómo iba yo a saber que este sería su santo viático? Cuando me fui, él se acostó ­­­­en su cama debajo de la casa y nunca más se levantó. Solamente una semana después, el día de Jueves Santo, el sacerdote pudo venir a darle la Unción, pero esta vez Benedict no pudo abrir la boca para recibir a Jesús. Nos escuchó rezar y movía ligeramente sus manos y pies cuando decíamos las oraciones. Terminamos, nos fuimos, y tan solo veinte minutos más tarde, Benedict pasaba a su lugar esperado en el Cielo, reuniéndose con los santos para celebrar el Triduo Pascual. Benedict fue enterrado el Viernes Santo, el mismo día que Nuestro Señor. Siguiendo con la hermosa tradición local, después de la Misa de la Vigilia, todos salen de la Iglesia con las velas encendidas y las llevan a la tumba de algún pariente o amigo que se encuentra en el cementerio justo fuera del templo. Yo estaba muy contenta de poder llevar mi vela a la tumba de Benedict este año, pidiéndole ahora que intercediera por nosotros.

Benedict no fue el único “amigo de la Comunión” que nos dejó durante el Triduo. Magdalena recibió la Unción el Jueves Santo, porque también ella estaba bastante mal con una gran infección. Sin embargo, estaba muy consciente cuando recibió la Unción y la Comunión, y respondía como podía a las oraciones. ¡Resulta que Magdalena se despidió de este mundo durante la Vigilia Pascual!

¡Que sus almas descansen en paz y que intercedan por nosotros! ¡Que podamos tener un amor cada vez más grande por la presencia de Jesús en la Eucaristía!

¡Viva la Eucaristía y viva la Misión!

Hna. Mary Altar of Sacrifice, misionera en PNG