…»aunque en las batallas el alférez no pelea, no por eso deja de ir en gran peligro, y en lo interior debe de trabajar más que todos; porque como lleva la bandera, no se puede defender, y aunque le hagan pedazos no la ha de dejar de las manos. Así los contemplativos han de llevar levantada la bandera de la humildad y sufrir cuantos golpes les dieren sin dar ninguno; porque su oficio es padecer como Cristo, llevar en alto la cruz, no la dejar de las manos por peligros en que se vean, ni que vean en él flaqueza en padecer; para eso le dan tan honroso oficio. Mire lo que hace, porque si él deja la bandera, perderse ha la batalla»… (Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección, capítulo 18, 5).

Gracias al trabajo que algunos de nuestros religiosos realizan cada semana para transmitirnos tan hermosamente algunas de las noticias de la familia religiosa en el mundo entero, es que, probablemente todos tenemos muy presente esa expresión clave de nuestra consagración religiosa, por la que, nos hemos comprometido, a través del cumplimiento de nuestros cuatro votos, a «no ser esquivos a la aventura misionera»[1] .
En nuestra comunidad contemplativa, se nos ha hecho costumbre, denominar «aventura misionera», a todo desafío, grande o pequeño que se nos presenta a diario al desempeñar cualquier tarea, trabajo u oficio. Tales aventuras son habituales, existen y tienen muchísima realidad, pero por lo general, debido a su insignificancia y pequeñez, no merecen ninguna crónica.

Creo que todos, sin excepción, hemos podido experimentar, y cada día experimentamos esa Providencia Divina, paterna, tierna y delicada en nuestra vida diaria. Y es que, como muy bien lo hemos formulado de modo solemne, nos hemos comprometido a no ser esquivos a ir por los caminos por los que Dios nos quisiere llevar. Y Él mismo se encarga de hacernos fácil y llevadero el yugo (aunque puede ser que por momentos no nos parezca así) Y esto atañe a todos los religiosos de nuestra familia, no sólo a los misioneros.
Muchas, muchísimas veces el considerar nuestra realidad de servidoras contemplativas, no podemos menos de alegrarnos profundamente, agradecer, entusiasmarnos, ofrecernos. No es una gracia menor el hecho de ser «contemplativas misioneras» y tener hermanos y hermanas en tantos y tan diferentes frentes, que están arriesgando sus vidas, su salud, sus fuerzas, su ingenio, su empeño, su…todo por la causa del Evangelio.
Esto nos compromete y nos obliga. ¡No podemos «ser esquivas a la aventura misionera»! Aunque, sí, se trate de nimiedades, de «nonadas». Nuestras pequeñas aventuras, -debido a la vocación que, sin merecer, nos ha sido dada; debido, sobre todo a que somos pertenencia de la Virgen,- pueden, por obra de Nuestra Celestial Madre y Reina, ser transformadas, embellecidas y redoblar su valor, para la gloria de Dios y por el bien de las almas.

Bien vale la pena entregarse a estos pequeños combates diarios. Basta ver los frentes que ocupan nuestros misioneros, reconocer la grandeza de las intenciones encomendadas a nuestras comunidades contemplativas, enterarse de las necesidades y batallas de la Iglesia en el mundo… Bien vale la pena, pero tal empresa supera ampliamente todas nuestras capacidades humanas. Por eso necesitamos el sostén de las oraciones de los demás miembros de nuestra familia religiosa. Necesitamos que pidan también para nosotras, las contemplativas, la gracia de que nunca seamos esquivas a la aventura misionera que generalmente no se nos presentará de manera extraordinaria, brillante y esplendorosa, sino más bien, escondida tras la sencillez de las pequeñas cosas de todos los días.
Que la Virgen, Madre y Reina de nuestra familia religiosa y de cada una de nuestras almas consagradas, nos acompañe, sostenga y conceda la gracia de no rechazar jamás ninguna dificultad o desafío que Dios en su Providencia tenga dispuesto para nosotros. ¡Que Ella nos ayude y enseñe a «no ser esquivos a la aventura misionera»!
¡Viva y reine la Virgen! ¡Viva la misión!
Hna. María de la Unidad, contemplativa en Francia.
[1] En nuestra fórmula de profesión leemos, en el tercer párrafo: «Por eso, comprometo todas mis fuerzas para no ser esquiva a la aventura misionera, para inculturar el evangelio en la diversidad de todas las culturas, para prolongar la Encarnación del Verbo “en todo hombre, en todo el hombre y en todas las manifestaciones del hombre”asumiendo todo lo auténticamente humano, para ser como otra humanidad de Cristo, para realizar con mayor perfección el servicio de Dios y de los hombres». (Const. 257)





