Por: P. Marcelo Molina, IVE

Limatambo, Perú

Confieso que he dudado mucho en escribir esta crónica, por el hecho de que la naturaleza misma de estos escritos ―las crónicas― son más bien de un carácter narrativo de lo que los misioneros vivimos en nuestras misiones: concretamente, apostolados y/o actividades pastorales que realizamos y que consideramos como convenientes de contar, para edificación de los demás. Y así, hablar del “despacho parroquial” es un tema que puede no tener nada de novedoso en el marco de estas publicaciones. Pero tomé la decisión de escribir de este tema que, repito, no tiene nada de novedoso, escribiendo desde la perspectiva personal que día a día experimento en este minúsculo recinto de mi parroquia. Ruego a Dios que pueda ser de provecho.

¡Aclaro! Se trata de una crónica, esta vez, “sin fotos” propias de esta misión…; es muy difícil que nos saquen una foto mientras estamos atendiendo a los fieles en el despacho; perdón, sabrán entender ustedes.

Todos los días tengo que estar en el despacho parroquial, especialmente por las mañanas, porque los fieles acuden diariamente al mismo por diferentes motivos: encargo de misas, consultas sobre los “requisitos” para el Bautismo o el Matrimonio, certificados (en Perú el certificado de Bautismo es documentación obligatoria para ciertos trámites civiles). Ante esta afluencia de fieles, pero sobre todo ante el carácter del por qué vienen, me he planteado el hecho de que tengo dos opciones (quizá haya otras más): o atiendo a los fieles como si yo fuese un administrativo más que sólo se reduce a informar sobre requisitos, a poner mi firma, a anotar en una agenda, y todo esto de una manera impersonal… o actualizo en todo momento la realidad de que, ante todo, soy sacerdote, y que mi función principalísima es regir sobrenaturalmente, santificar y enseñar. Por pura gracia de Dios, opté por este segundo camino, para intentar ser fiel a lo que se me ha encomendado el día de mi Ordenación sacerdotal.

Y así opté por la praxis de que sea yo el primero que atienda, sobre todo, las consultas sobre el Bautismo y el Matrimonio, mientras se pueda, por supuesto:
― ¿Cómo es su nombre?
― ¿En qué puedo ayudarle?
― ¿A quién quiere bautizar? ¿cuántos años tiene el niño/joven/adulto por el que pide el Bautismo? ¿Es usted el/la que se quiere casar?
― ¿Quiénes serán los padrinos?
― Ah ¿es usted el que quiere bautizarse/casarse…?

Y toda otra pregunta que los buenos y experimentados párrocos ya sabrán mejor que yo.
Puedo ver con mucho gozo que esa “atención” en el despacho se convierte en un verdadero diálogo que no pocas veces ha llevado a los fieles a descubrir que lo que piden no son simplemente “requisitos”, sino Sacramentos que los han de conducir a una auténtica vida cristiana y a la vida eterna. Y así ¡cuántos han aceptado recibir una formación inmediata adecuada! Una joven de diecisiete años, a quien las Servidoras que trabajan aquí han preparado concienzudamente para el Bautismo y la Primera Comunión, hoy es uno de nuestros fieles de misa dominical, de Confesión frecuente, y que pronto comenzará su preparación para el Sacramento de la Confirmación; en cuestión de números es muy poco: una sola persona; pero desde la lógica sobrenatural de la misión ―la que realmente cuenta― es un alma en gracia, que vale más que todo el universo creado.

Al menos, puedo dar fe de que muchas personas se han retirado del despacho parroquial con ese sentimiento de que aquí “lo hemos tratado bien”; todo esto que dije hasta ahora lo aplico también al párroco, el P. Nicacio, quien goza de “buena fama” entre sus fieles por la caridad con que siempre los recibe y atiende. Y esto de que se vayan con este sentimiento positivo no es cosa de poca monta, sobre todo teniendo en cuenta que la dimensión fundamental de nuestra formación sacerdotal, la humana, tiende a forjar en nosotros personalidades cuyas virtudes humanas sirvan de puente y no de obstáculo entre Dios y las almas.

He comprobado cómo el trato caritativo, pastoral, considerando que el que tienes al frente es un “hijo de Dios”, es un verdadero frente de apostolado que el sacerdote, sea párroco o no, no debe subestimar. Es una verdadera puerta a lo sobrenatural. Es un cualificado paso a la evangelización de la cultura, cuyo fin, entre otras cosas, ha de ser transformar esta civilización humana en una civilización del amor, por la comunicación de la caridad de Cristo que todo pastor debe procurar.

¡Hasta la próxima!

P. Marcelo Molina, IVE
Misionero en el Cusco