Por: P. Rodrigo Fernández, IVE

Una mujer sacerdotal en Chacllanca

Madre, esposa, maestra y misionera

 

El fin de una Misión Popular es buscar la conversión de los pecadores, como dice San Alfonso, que vuelvan a la iglesia los que se alejaron de ella y renovar el fervor de los creyentes. Todo esto lo hemos vivido muy de cerca en la misión que acabamos de realizar en Pampaconga, del 11 al 22 de diciembre pasado. Esta Santa Misión fue muy esperada por todos nosotros, ya que desde hace varios años no se realizaba una similar, con la participación de tantos religiosos, seminaristas, hermanas y laicos. En total éramos unos 35 misioneros.

Pampaconga

Pampaconga es una de las 45 comunidades que atienden nuestra familia religiosa desde la Parroquia de Limatambo, en Cuzco -la primera Parroquia del IVE fuera de Argentina- y cuenta con dos anexos (dos centros poblados aún más pequeños): Concahuaylla y Chacllanca. En algunas de las zonas más altas de estos lugares, aún no hay energía eléctrica y muchas de las personas ancianas solamente hablan quechua.

Al pensar en cuántas almas aún quedan por evangelizar, por atender espiritualmente, por confesar, darles los sacramentos y sobre todo decirles que Dios está dispuesto a perdonar sus pecados, sale a gritos desde lo más hondo del alma misionera el “rogate”… ¡Señor te rogamos que envíes operarios a tu mies!

 

Y el Señor escucha: de Pichanaqui a Chacllanca

En el anexo de Chacllanca tuvimos la gracia de conocer a una de esas respuestas que Dios da a las oraciones pidiendo por sacerdotes y misioneros.

Su nombre es Nancy Morón y ella misma se presenta como “directora de la institución educativa de Chacllanca N° 50139”. Sin embargo, luego de verla en acción, uno se da cuenta que es mucho más que eso, ya que es una mujer que vive donándose a los demás. Nancy es madre de dos hijos, esposa desde hace 30 años, catequista, misionera, consejera y enamorada de la Virgen de la Merced.

Ella trabaja desde hace 18 años en esta escuela “unidocente”, en donde un solo profesor debe cubrir todos los cursos para todos los grados. Tan solo el considerar el tiempo de perseverancia aquí, en una escuela que no ofrece “una línea de carrera” según estándares mundanos, nos revela que estamos ante una maestra de vocación. Para graficarlo aún más, les contamos que Nancy vive en el Cuzco y que -desde hace 18 años- debe viajar una hora y media para llegar a la entrada de Chacllanca, desde donde baja a pie unos 20 minutos hasta la escuela.

Aun así, con mucha seguridad ella dice que esta escuela se encuentra “a la puerta de su casa”. Ya que recuerda los tres años que estuvo en la selva de Huancayo -Pichanaqui- en donde su vocación de mamá y de maestra se fortaleció en medio de los sufrimientos. No tanto por la dificultad de tener que caminar nueve horas desde la carretera para llegar a su escuela, sino por estar alejada de su familia. Durante esos tres años solamente pudo volver a Cuzco cada seis meses para ver a su primer hijo.

Maestra en una escuela consagrada a la Virgen de la Merced

Una noche soñó que una mujer muy bonita la invitaba a entrar en su casa, “blancona y chaposita” recuerda, invitación que ella aceptó con gusto. Al día siguiente, su esposo la llama contándole que había obtenido su traslado a Chacllanca. Así es como luego de esos tres años de fortalecimiento, la profesora Nancy llegó a su nueva escuela. Pero lo que más la impactó al llegar fue encontrar la imagen de la Virgen de la Merced, con un rostro como el de aquella mujer que había visto en sueños. Por ello, Nancy asegura que fue la Virgen quien la trajo.

La impresión que da esta pequeña escuela consagrada a la Virgen de la Merced es de un orden tranquilo, limpieza, alegría y un ambiente muy cordial entre alumnos, profesores y papás. De hecho, Nancy considera que esta es su casa y los niños son sus hijos. “No podría dejar a mis hijos”, asegura. Por ello, cuando entró en vigor la ley para que las clases sean solamente virtuales, al ver que sus pequeños alumnos no aprendían bien dejándoles solo fichas, prefirió ir a ver a sus niños al menos dos veces a la semana.

Está tan pendiente del desarrollo integral de sus alumnos que, cuando se percató que no estaban viendo cosas adecuadas para su edad en las tablets que el Estado regala, ella decidió retenerlas en la escuela para que los niños las usen solamente cuando asistan a clases.
Todo esto se resume en aquello que Nancy misma tiene como lema y que recuerda constantemente a las maestras que llegan para ayudarla: el centro de la educación son los niños.

Misionera

Desde las primeras visitas que hicimos a esta comunidad -ubicada a 40 minutos del centro misional- pudimos ver tres grandes preocupaciones de esta profesora: que sus niños reciban los sacramentos, que Jesús Eucaristía se haga presente en el colegio y que la Virgen de la Merced sea honrada como se debe. De hecho, recordaba la fecha en que cada uno de sus alumnos había recibido el bautismo y la primera comunión. Una verdadera madre y misionera.

De hecho, contaba que hubo un periodo en que la dirección del colegio fue asumida por una profesora evangélica, quien no facilitaba el que los niños reciban los sacramentos. Sin embargo, la profesora Nancy continuaba pidiendo al padre que vaya a la escuela y continuaba cantando a la Virgen de la Merced, incluso en un aula a puerta cerrada. Un ejemplo su amor a la Virgen es el huayno (música andina) que compuso para los alumnos que se despiden de sexto grado de primaria y normalmente van a estudiar a otro pueblo. En la canción se despiden de su familia, de su casa y de sus amigos, pero que no los van a extrañar tanto como el poder volver a Chacllanca a ver a la Virgen de la Merced.

Este ejemplo contrasta con la tentación al desánimo que podemos tener los misioneros. Ya que, al ver la dureza de las personas para aceptar a Cristo, ver que las condiciones del lugar superan nuestro natural o que no tenemos la ayuda de otro religioso; está la tentación de decir “no vale la pena estar aquí”. Y es que el demonio siempre querrá ahuyentarnos de la misión. Sin embargo, esto no ha sucedido en el caso de la profesora Nancy. Luego de estos 18 años, uno puede ver que vive cada día con una frescura de recién llegada, aunque tenga muchas cruces en el camino. Podemos decir que no es esquiva a la aventura misionera.

 

Mujer sacerdotal

Al recorrer someramente el trabajo y apostolado de la profesora Nancy, podemos asegurar que tiene rasgos característicos de lo que Jo Croissant llama “mujer sacerdotal.
Escribe esta autora francesa:

«El cumplimiento de la vocación de la mujer se realiza en el grado más alto del amor, que es la ofrenda de todo su ser hasta dar la vida. Este sacrificio es un verdadero sacerdocio, el sacerdocio del corazón.» Es así como han transcurrido 21 años de su vida entregada a educar a los más pequeños, haciendo grandes sacrificios por amor a ellos.

Sin embargo, en sus palabras y acciones no encontramos rastro de cansancio o desánimo, sino de mucha alegría, fuerza y optimismo: «Por la ofrenda de su corazón hasta el desgarro, hasta ser traspasada, ella se convierte en la “mujer sacerdotal”, aquella que ofrece tanto los sufrimientos de su corazón, como también todos los sufrimientos del mundo, de los olvidados, los pequeños, los desamparados y los mal amados. En esta ofrenda, ella descubre y transmite la alegría.»

Lo más importante que ella enseña a sus hijos es que deben estar en gracia y amar a la Virgen, es decir, da a luz a Cristo en las almas: «La maternidad de la mujer la pone en relación directa con el misterio central de la historia de la salvación, que es el misterio de la Encarnación. El Verbo se hizo carne en la carne de una mujer. Dios quiso necesitar el cuerpo de una mujer para encarnarse, y se encarna de nuevo en cada nacimiento, cuando viene a habitar el corazón del niño.»

Finalmente, podemos decir que esta maestra está engrandeciendo a la iglesia desde su propia vocación, engendrando hijos para el Cielo y dando a la iglesia futuros santos: «La mujer le entrega hijos e hijas, prepara el corazón de los sacerdotes, da a luz un pueblo de sacerdotes, de profetas y de reyes, y contribuye así a dar a luz a la Iglesia. Podemos sondear por qué la connivencia (acuerdo, complicidad) entre Dios y la mujer, y su misión esencial en la historia de la salvación: Dios hizo de ella su aliada para la felicidad del hombre y, por la aceptación de la gracia, ella derrama la gracia y transmite la bendición.»

 

María y el sacerdocio del corazón

Luego de Cristo, nadie pudo haber vivido tan perfectamente el “sacerdocio del corazón” como lo hizo María Santísima. Ella ofreció incesantemente a Dios todo su ser, desde los días gozosos de la Encarnación y Nacimiento, hasta la noche de Getsemaní y el Gólgota. De esta manera no solo dio a luz a Cristo, sino a todos los renacidos a la gracia; y muestra a toda mujer la importancia de su verdadero rol materno y sacerdotal.

Gracias a Dios, hay muchísimas mujeres que siguen fielmente la vocación de María Santísima y dan a luz verdaderas almas sacerdotales. Con mucha más razón, esto se aplica a aquellas mujeres llamadas a ser esposas del Cordero y madres espirituales.

¡Pidamos a Nuestra Señora de la Merced no ser esquivos a la aventura misionera! Que tengamos la disposición de la Virgen para que una espada traspase nuestra alma, y siendo “ofrenda permanente”, demos a luz nuevos corazones sacerdotales.

P. Rodrigo Fernández, IVE