Por: Seminario Beato Miguel A. Pro, Perú
Cuando salimos de Arequipa con destino a Chipayas, no sabíamos que nos esperaba un viaje de más de 24 horas, tampoco que íbamos a estar en el santuario de la Virgen del Socavón pidiendo por los frutos de esta semana de misión, pues el misionero al salir a su destino solo debe tener en claro que: “Mientras exista un lugar en la tierra sin adorar al que nos vino a salvar la tierra no tiene fin”
Martes 20 de agosto.
Después de armar el equipaje nos dirigimos al terminal terrestre a tomar el autobús que nos llevaría hasta la frontera de Perú y Bolivia teníamos unas 11 horas de viaje por delante donde tuvimos tiempo para ver un par de videos de aventura misionera, rezar vísperas y dormir para tomar fuerzas para el día siguiente.
Miércoles 21
A eso de las 7 de la mañana llegamos a la frontera donde dejamos el suelo Peruano para pisar el territorio Boliviano sin ninguna novedad, parecía que ya estábamos un poco más cerca del lugar de misión, después de pasar la frontera tomamos una “Combi” (un mini autobús) y podríamos decir que este hecho fue algo providencial pues el Señor Rene (conductor de la Combi) se ofreció a trasladarnos al saber que éramos religiosos, antes habíamos intentado y la mayoría de conductores se negaban a llevarnos o lo hacían por un precio muy alto, tuvimos 3 horas de viaje hasta el alto de la paz y en el trayecto podíamos ver a lo lejos los altos picos nevados de la cordillera de los Andes que nos hablaban de la omnipotencia divina y parecían acariciar el cielo, después de llegar al alto de la paz tomamos un autobús con dirección a Oruro la ciudad más cercana a Chipayas, el autobús tuvo algunas complicaciones, se reventó una llanta que tuvieron que cambiar y el viaje de solo 3 horas se transformó en uno de seis.
A los Pies de la Virgen del Socavón
Llegamos a Oruro a eso de las 5 de la tarde, nos recibió el P. Leonardo Salinas Párroco en Chipayas, él tuvo la idea de mostrarnos al Santuario de Nuestra Señora del Socavón pues no podíamos irnos de Oruro sin rezar a los pies de la imagen de Nuestra Señora y pedirle por los frutos de la misión a la Virgen patrona y protectora de los mineros. Después de pedirle a la Virgen por la misión emprendimos el viaje a Chipayas, una pampa casi interminable de cuatro horas nos guio hasta nuestro destino, llegamos a Chipayas a eso de las 10 de la noche el pueblo parecía estar en medio de la nada, pero sabíamos que está lleno de almas por las cuales Cristo derramo su sangre.
Al llegar tuvimos la Santa Misa en la cual pedimos la gracia de que más almas se acercan a Cristo en este tiempo de misión.
Seminaristas del Seminario Beato Miguel A. Pro
Perú






