Por: P. Paulo Colombiano, IVE
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Celebrar un año de sacerdocio es una inmensa alegría, más aún en el día de nuestra querida Madre, la Virgen de Luján, que hace un año recibió seis hijos sacerdotes más en nuestra provincia de Brasil. Considero mi primer año de sacerdocio como un parto, sí -un parto- con sus dolores, sus alegrías y sobre todo por el orden sacerdotal que recibí hace un año y que ahora estoy aprendiendo a vivir.
Después de nuestra ordenación, permanecimos en Brasil exactamente nueve meses a causa de la pandemia. Aprovechamos ese tiempo para estudiar y, mientras tanto, me destinaron al noviciado. Estuve ocho meses ayudando en la formación de los novicios y en el acompañamiento vocacional de cientos de chicos que querían conocer el IVE. Recién al llegar, el maestro de novicios tuvo sus merecidas vacaciones. Junto con los bedeles, organizamos los primeros Juegos Florales en el Noviciado, el Convivium, las mensuales, la noche heroica, etc. Todo fue de mucho fruto, gracias a Dios.
Al volver el Maestro, seguimos «el horario»… que por cierto es apasionante: misa, adoración, confesiones, clases, apostolados, trabajo, fútbol en la cancha de once, viaje cultural, etc. Pude aprender de nuevo a enamorarme de las cosas sencillas y cotidianas de la vida religiosa y pude profundizar aún más en el estudio del carisma, de los votos y de nuestra consagración a María Santísima con los cursos que tuve que dar a los recién llegados y a los que se acercaban con inquietudes vocacionales.
Después de todos los años en el seminario, poder volver al noviciado y ver ese primer ardor típico de los novicios en la entrega total a Dios y al Instituto fue muy edificante para mi ministerio «en gestación», que apenas comenzaba a tomar forma. Estoy muy agradecido por el ejemplo de los novicios. Han sido ocho meses en los que ha podido aumentar mi amor, cada vez más grande, por la vida religiosa en el Instituto, hasta el punto de que cuando estaban a punto de cumplirse los nueve meses, por fin podía decir que «había nacido para la Misión».
Mi «Aventura Misionera» comenzó mucho antes de llegar a mi destino: Roma. Ya en Brasil hice mi primer intento de viajar, pero con las fronteras de Italia cerradas a nuestro país, fue imposible. En mi primer intento, ya tenía las maletas en el avión, pero todo fue cancelado… el mismo día me despedí de los novicios en la misa por la mañana, por la noche estaba de vuelta dando las «buenas noches» contando mis desventuras… Falsa alarma.
Después de mucho «pelearla» encontré la manera de viajar y como «todos los caminos llevan a Roma» hice una maniobra a través de Ucrania (porque todos los demás países europeos no recibían a los que habían pasado por Brasil).
Llegué a Ucrania exactamente nueve meses después de mi ordenación: el 8 de febrero de 2021, ¡puedo decir que allí nací para la misión! Y eso fue realmente un nacimiento, porque fue como si me expulsaran del vientre seguro de mi querida patria brasileña y me lanzaran al mundo, a la misión. Y cuando nace un bebé, lo normal es: «llorar». Fueron 14 días en un país totalmente diferente. Ya sea por el idioma, o por el clima bajo cero con nieve y hielo (un susto – para un brasileño que creció en el sol y la playa, la nieve no es nada agradable). Llegué a Kiev y sólo pude creer que todo lo que veía era nieve cuando sentí las bajas temperaturas (-13ºC). Tras largas horas de tren, crucé el país y fui recibido en nuestro noviciado de Ivano Frankivsk. Todo era diferente. Ni siquiera la liturgia (bizantina) me era familiar. Lo que fue realmente consolador fue, primero, la llegada de mi compañero, el Padre Jonas; segundo, la forma en que fuimos acogidos por nuestra Familia Religiosa, por todos los sacerdotes del IVE y las Hermanas Servidoras. Realmente somos una familia con » padres » y «madres» en los 5 continentes. Después de muchas aventuras en Ivano Frankivsk, llegamos a conocer todas nuestras diferentes casas de misión. (Es impresionante ver cómo se aplica nuestro carisma en esta misión). Después de un poco más de nieve y más nieve y unas cuantas horas más en el tren, finalmente tomamos el vuelo a Roma. El 22 de febrero, día de San Pedro, el padre Jonas y yo llegamos a la ciudad eterna. No como turistas, sino como misioneros.
Al día siguiente de mi llegada, me fui directamente al Angelicum, las clases ya habían empezado hacía una semana. Y si antes yo era un bebé nacido para la misión, ahora me sentía como un niño en su primer día de clase. En Roma todo es aprendizaje, aquí resuena la frase «Novitius sempre ero». Empezando por las lenguas. En la liturgia: italiano; en los estudios: también inglés; en la comunidad: español. La «Aventura Misionera» por aquí ha tomado un nuevo ritmo (que se nota cada semana), y también me doy cuenta de que hay mucho que hacer. La meta siempre parece inalcanzable, pero lo que nos ayuda es poder convivir con los otros sacerdotes «mayores» y aprender de ellos. Puedo decir que ahora estoy empezando a «tomar alimento sólido» y si queremos ofrecer una obra magnánima a Dios debemos priorizar nuestra fidelidad diaria. Es estar con María Santísima en nuestro fiat, siempre dispuestos a cumplir la obra que el amor y la gracia de la Santísima Trinidad ya ha iniciado en nosotros. Dios no espera menos de nosotros que lo que esperaba de sus apóstoles.
Concluyo citando Los Hechos de los Apóstoles (27:23): «No tengas miedo, Pablo. Es necesario que comparezcas ante el César. Así que, amigos, ¡ánimo! Confío en Dios que sucederá como me han dicho«.
P. Paulo Colombiano, IVE

Portugués
Nascemos para a Missão
Celebrar um ano de sacerdócio é uma alegria imensa, ainda mais no dia de Nossa Mãe amada, a Virgen de Luján que há um ano recebia mais 6 filhos sacerdotes em nossa província do Brasil. Eu considero meu primeiro ano de sacerdócio como um parto, sim – um parto – Com suas dores, suas alegrias e, principalmente, pela ordem sacerdotal que há um ano recebi e recém agora aprendo como viver.
Depois de nossa ordenação ficamos no Brasil por exatos 9 meses devido a pandemia. Aproveitamos esse período para estudar e, nesse meio tempo, fui destinado para o Noviciado. Foram 8 meses ajudando na formação dos noviços e no acompanhamento vocacional de centenas de rapazes que queriam conhecer o IVE. Logo que cheguei, o mestre de noviços teve suas merecidas férias. Junto aos bedéis, organizamos os primeiros Jogos Florais no Noviciado, Convivium, mensais, noite heróica, etc. Muito fruto. De volta o Mestre, seguimos “o horário”… que por sinal é apaixonante – Missa, Adoração, confissões, aulas, apostolados, trabalhos, futebol na “cancha de onze”, viagem cultural, etc. Pude aprender uma vez mais a me enamorar das coisas simples do dia a dia da vida religiosa e pude aprofundar ainda mais no estudo do carisma, votos e de nossa consagração a Maria Santíssima com os cursos que deveria dar aos recém chegados e vocacionados. Depois de todos os anos de seminário poder voltar ao noviciado e ver esse primeiro ardor típico dos noviços na entrega total a Deus e ao Instituto é edificante para este meu ministério “em gestação” que recém começava a tomar forma. Sou muito grato ao exemplo dos noviços. Foram 8 meses que pude gerar em mim um amor cada vez maior a vida religiosa no Instituto a ponto tal que quando estava para completar-se 9 meses finalmente posso dizer que “nascemos para a Missão”.
Minha «Aventura Misionera» começou bem antes de chegar a meu destino – Roma. Já no Brasil fiz minha primeira tentativa de viagem, mas com as fronteiras da Itália fechadas ao nosso país, era impossível. Da primeira vez eu já tinha as malas no avião e tudo foi cancelado… no mesmo dia que me despedia dos noviços na Missa pela manhã, a noite estava eu de volta dando os «boas noites» contando minhas desventuras… Alarme falso.
Depois de muita «pelea» encontrei uma forma de viajar e como «Todos os caminhos levam a Roma» fiz uma manobra passando pela Ucrânia (porque todos os demais países da Europa não recebiam quem tivesse passado pelo Brasil).
Cheguei na Ucrânia quando cumpria exatos 9 meses de ordenação – no dia 8 de fevereiro de 2021 posso dizer que aí nasci para a Missão! E isso foi realmente um parto porque foi como se eu tivesse sido expelido do útero seguro de minha amada pátria brasileira e lançado fora para o mundo, para a missão. E quando um bebê nasce, o normal é: “chorar”. Foram 14 dias em um país totalmente distinto. Seja pela língua, seja pelo clima abaixo de zero na neve e no gelo (um susto – para um brasileiro que cresceu no sol e na praia a neve não é nada agradável). Cheguei em Kiev e só pude acreditar que tudo o que via era neve quando senti na pela as baixas temperaturas (-13ºC). Depois de longas horas de trem, atravessei o país e fui recebido em nosso Noviciado de Ivano Frankivsk. Tudo era distinto. Nem mesmo a liturgia (bizantina) era um consolo. O que foi realmente consolador foi: primeiro a chegada de meu companheiro Pe. Jonas; em segundo lugar a forma como fomos acolhidos por nossa FAMÍLIA RELIGIOSA por todos os padres do IVE e as Irmãs Servidoras. Realmente somos uma família com «padres» e «madres» nos 5 continentes. Depois de muito se aventurar em Ivano Frankivsk, conhecemos todas nossas várias casas de missão, (Isso sim não tinha nada de distinto, era tudo igual. É impressionante ver como se aplica nosso carisma nessa missão). Depois de um pouco mais de neve e mais neve e mais algumas horas de trem, tomamos o voo enfim para Roma. No dia 22 de fevereiro, cátedra de São Pedro chegamos a cidade eterna, Pe Jonas e Eu. Não a passeio, mas à missão.
Logo no dia seguinte à minha chegada fui direto para o Angelicum, as classes já haviam começado há uma semana. E se antes eu era um bebê que nascia para a missão, agora me sentia um menino em seu primeiro dia de classe. Em Roma tudo é aprendizado, aqui ecoa a sentença “Novitius sempre ero”. A começar pelos idiomas, na liturgia: Italiano; nos estudos: também o inglês; na comunidade: o espanhol. A “Aventura Misionera” por aqui tomou um novo ritmo (o qual vocês podem perceber a cada semana), e percebo também que há muito o que fazer. A meta parece sempre inatingível, porém o que nos ajuda é poder viver com os outros padres “maiores” e aprender deles. Posso dizer que começo agora a “tomar alimento sólido” e se queremos oferecer uma obra magnânima a Deus devemos priorizar nossa fidelidade diária. É estar com Maria Santíssima em nosso fiat, sempre a disposição de cumprir a obra que o amor e graça da Santíssima Trindade já tem começado em nós. Deus não espera menos de nós do que esperava de seus apóstolos.
Tenho ainda muitas coisas a dizer-vos, mas eu não sou capaz de as compreender agora.Termino parafraseando São Paulo nos Atos 27,23: «Não temas, Paulo. É necessário que compareças diante de César. Por isso, amigos, coragem! Eu confio em Deus que há de acontecer como me foi dito.»
Pe. Paulo Colombiano, IVE





