“Voy a pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra” —dijo santa Teresita antes de su muerte. Y así podrían  decir todos los santos, ya que solo con el ejemplo de su vida nos hacen tanto bien a nosotros, la iglesia peregrina, animándonos siempre a aspirar a la santidad.

El 25 de junio de 1917 en Vilnius, capital de Lituania, la Iglesia proclamó beato a Teofilius Matulionis, arzobispo y mártir lituano.

En este gran acontecimiento,  la comunidad de Servidoras presentes en Lituania, tuvimos la gracia de participar junto con un grupo de jóvenes de nuestros apostolados y muchas personas de toda Lituania reunidas para esta ocasión, entre los cuales se encontraban la presidente actual de Lituania con su familia y el presidente anterior, muchas personas del gobierno y de cargos importantes, numeroso Obispos y peregrinos de Lituania, Letonia, Polonia, Bielorrusia, Ucrania, Rusia y Estados Unidos.

Durante la Santa Misa, en la cual tuvo lugar la beatificación, y hasta el final del día se sintió fuertemente una alegría sobrenatural entre los presentes, que se veía en los ojos, palabras y espíritu de las personas.Lituania_Beatificación_Teofilius_Matulionis

Esta alegría se reflejó hermosamente en los discursos de la presidente de Lituania y de algunos obispos. Se notaba una unidad de espíritu entre las distintas y desconocidas personas, causada por esta alegría. En estos momentos pensábamos: “Ciertamente no hay nada más grande y nada más importante, que el hombre pueda alcanzar que la Santidad”. Nos alegrábamos porque un hermano nuestro llegó a esta gran meta: la Santidad, a pesar de tantas dificultades. Con su ejemplo nos da testimonio de que nada nos puede separar del amor de Cristo: “ni tribulación, ni angustia, ni persecución, ni hambre, ni desnudez, ni peligro, ni espada, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 8, 35.39). “Al contrario en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Rm 8, 37). El Beato Teofilius Matulionis con su vida da testimonio de que el amor no tiene límites y que nos eleva sobre todas las dificultades y sufrimientos. Desde el cielo nos invita y anima a seguir su ejemplo.

Con estas líneas quisiera contarles sobre este gran hombre de Dios: Teofilius Matulionis, su ejemplo de amor y confianza en Dios, su fidelidad al Señor y su beatificación.

La beatificación de Teofilius Matulionis fue presidida por el prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, su Eminencia Cardenal Ángelo Amato. Fue la primera beatificación que tuvo lugar en Lituania, a la que precedió una intensa preparación, promovida por la Conferencia Episcopal Lituana, por medio de distintas actividades y a través de los medios de comunicación, de modo que todos supiesen de la persona de Teofilius Matulionis, su vida y su santidad. Esto fue de muchos frutos, suscitando el amor a la persona del nuevo beato, infundiendo el deseo de seguir su ejemplo en muchas personas. Un ejemplo claro es la señora Roma Zajančkauskien, quien dedicó 17 años de su vida a la causa de beatificación de Teofilius, después de los cuales con inmensa gratitud afirma que los años transcurridos en el trabajo de la investigación de la vida del beato Teofilius, la hicieron crecer mucho en su fe, caridad y fervor. Podemos experimentar esta verdad tan hermosa de que los santos aun después de su muerte continúan haciendo el bien en la tierra, atrayéndonos al Señor.

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El Beato Teofilius Matulionis nació en el año 1873 en el noroeste de Lituania, en el pequeño pueblito de Kuriskis (actualmente diócesis de Panevezys), en una familia de granjeros. Cuando tenía cuatro años falleció su madre. En la hora de la muerte ella dijo: “A mis cuatro hijos los encomiendo al Sagrado Corazón de Jesús”.

Desde su infancia Teofilius tuvo una gran devoción al Sagrado Corazón de Jesús. En distintos períodos de su ministerio sacerdotal, la Divina Providencia le encomendó la pastoral de las iglesias dedicadas al Sagrado Corazón.

A los 18 años, Teofilius descubrió su vocación sacerdotal. Entró en el seminario de San Petersburgo (Rusia). El 4 de marzo de 1900, día de san Casimiro, patrono de Lituania, recibió su ordenación sacerdotal. Los diez años siguientes trabajó en Letonia. Ya desde los primeros años de su ministerio fue un pastor muy fervoroso, especialmente en la difusión de la profundización y devoción al sacramento de la confesión entre sus fieles, dando ejemplo con la gran devoción con que él mismo administraba este sacramento. Atraía muchas almas hasta de parroquias lejanas, lo que con el transcurso del tiempo floreció en muchos frutos de virtudes cristianas en dichas almas.

Por ser firmemente fiel a Cristo, su Evangelio y la misión encomendada por Él, por ser siempre un hombre interiormente libre, el padre Teofilius se opuso a los órdenes injustas, anticristianas y antihumanas de la Rusia imperial primero, y después del comunismo. Fue trasladado a Rusia, a San Petersburgo, donde transcurrió 16 años de su vida, dedicado a la pastoral de muchas almas de distintas nacionalidades, y otros 16 años los pasó en las cárceles y en el campo de concentración en las islas de Solovetsky (primer campo de concentración en el mundo) con duros regímenes y condiciones inhumanas. En 1929, clandestinamente, fue consagrado obispo.

Lituania_Beatificación_Teofilius_MatulionisEn 1933, Lituania tuvo un breve período de independencia (1918-1940) e hizo intercambio de prisioneros con la Unión Soviética. Entre estos prisioneros estaba también el obispo Teofilius, quien pudo regresar de este modo a su patria, donde se dedicó a distintos trabajos pastorales en la ciudad de Kaunas, ayudando al obispo de la diócesis de Kaunas. En 1943 fue nombrado obispo ordinario de la diócesis de Kaišiadorys (sud-este de Lituania), que guió por tres años, hasta ser tomado nuevamente prisionero y ser perseguido hasta los últimos días de su vida. Falleció en 1962 a causa de una misteriosa vacuna, inyectada sin previo aviso por una desconocida enfermera. Ese mismo año, algunos meses antes de su muerte, el papa Juan XIII nombró a Teofilius Matulionis Arzobispo, invitándolo a participar del Concilio Vaticano II, invitación a la que no pudo acudir.

Mons. Teofilius Matulionis fue una persona de profunda fe y vida espiritual, muy afable en el trato, atento a cada persona y a sus preocupaciones, indulgente y misericordioso con las debilidades humanas, de claros y firmes principios y con grande sentido del humor. Todo eso atraía y admiraba a los que lo conocían.

En su diócesis difundió de un modo especial la devoción al Sagrado Corazón, animando a rezar más por la paz y por la patria, a la penitencia, a luchar por la unidad y sacralidad de la familia, a luchar contra el alcoholismo; a cumplir con los pedidos de la Virgen Maria en Fátima. Fue también muy devoto del recién naciente culto a la Divina Misericordia, que para Teofilius fue una continuación de la adoración del Sagrado Corazón (santa Faustina vivió en Vilnius entre 1931 y 1936, cuando tuvo las apariciones de nuestro Señor que le pidió que haga pintar el cuadro de la Divina Misericordia).

A pesar de todos los años de prisión, trabajos forzados, tratos crueles e inhumanos y persecuciones, Teofilius Matulionis siempre conservó una gran paz y caridad hacia todos, incluso hacia sus perseguidores y una admirable confianza en Dios.

En distintas ocasiones de amenazantes peligros solía decir: “Nadie nos hará nada sin la permisión de Dios. Estamos en las manos de Dios”. Muchas veces consolaba a los compañeros de la prisión, recordando las palabras de san Pablo: “Sabemos, además, que Dios dispone, todas las cosas para el bien de los que lo aman” (Rm 8, 28). En sus cartas desde las prisiones, frecuentemente escribía: “Se cumpla Tu voluntad”. En una foto que envió desde la deportación, escribió una nota que tituló “Prisionero de la libertad”, en donde Teofilius Matulionis aceptaba todo lo que le sucedía como voluntad de Dios y por eso lo elegía, de este modo, siendo prisionero de los comunistas, sin embargo, siempre fue libre en el amor de Dios.

En las circunstancias más difíciles de su vida, sabía ver todos los dones de Dios y dar gracias por ellos. Un ejemplo de esto fue una ocasión en que se llenó de alegría por pasar algunos días de prisión junto con un amigo sacerdote, expresando su agradecimiento con el canto del Te Deum.

En su primera deportación dijo: “Cuando pienso cuán misericordioso es el Señor que encuentra a los suyos incluso en los bosques, tundras, en la medianoche… ¡Le estoy agradecido de todo corazón! ¡Qué bien que dispuso la Providencia que nosotros, hermanos sacerdotes, estemos allí, donde están los fieles. Donde las ovejas, allí los pastores”.

Fue admirable su caridad y respeto hacia los enemigos. Sabía ver cosas buenas incluso en las personas, que le causaron mucho sufrimiento.

A uno de sus interrogantes nocturnos dijo: “Pobres de ustedes, cómo sufren a causa mía, interrumpiendo el descanso nocturno por tener que interrogarme”.

Siendo Obispo, escribía pedidos al gobierno comunista pidiendo la libertad; una vez un sacerdote le preguntó para qué escribía ya que estaba claro que sus pedidos no serían tomados en serio, a lo que Mon. Teofilius respondió que sabía que sus pedidos no serían considerados, pero que a él le correspondía actuar en modo noble y justo, escribiéndoles.

Cuando por primera vez fue condenado a trabajos forzados en el campo de concentración de las islas Solovetski, donde en un principio los comunistas deportaban sobre       todo a sacerdotes y cristianos, al llegar el todavía Padre Teofilius, cuentan sus compañeros de la prisión que los prisioneros se alegraron mucho al verlo, pues ya era conocido por su caridad exquisita, paz inquebrantable y fuerza interior, conocían su santidad. Hasta su partida al cielo esta misma santidad continuó suscitando admiración y consuelo a muchas almas y causando temor en los enemigos.

Todos los sufrimientos de Teofilius Matulionis no lograron marcar su alma con sombra alguna de amargura o resentimiento, al contrario, dieron prueba de su fidelidad al Evangelio de Jesucristo, y de un auténtico amor al Señor y su cruz.

Uno de los oyentes de los discursos de Teofilius Matulionis en Boston escribió: “Escuchando sus relatos, te da la impresión de que el sufrimiento es necesario para el hombre, porque le ennoblece si el hombre se deja conducir por la amorosa mano de la Providencia. Las leyes, prisiones, sus jefes, sus compañeros de prisión, los trabajos, las incapacidades y enfermedades solo son instrumentos en las manos de la Providencia, como si fuera una tabla de ajedrez, donde las figuras las mueve la mano de Dios”.

En 1990 comenzó el proceso de beatificación y en 2016 la Santa Sede reconoció oficialmente su martirio.

¡Bendito sea Dios que nos llama a su vida sobrenatural, a la eterna felicidad, a la santidad!

¡Bendito sea Dios en sus santos, que son como perfumes de su inmensa caridad, misericordia y santidad, que con sus ejemplos nos invitan a aspirar a esta felicidad!

Hna. Maria Dovire

Comunidad “Nuestra Señora Puerta de la Aurora”, Lituania.

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