Estas fueron otras de las palabras que nos dijo el Card. McCarrick cuando nos visitó en nuestro monasterio en el pasado mes de diciembre.

Pienso que viene bien para reflexionar en estos tiempos en los que vemos y oímos los calamitosos efectos de la guerra, especialmente en Medio Oriente, donde tenemos, misioneros y misioneras de Nuestra Familia religiosa por quienes rezar, y muchos hermanos que sufren el flagelo de la guerra.

El Card. McCarrich, es de esos hombres que como se dice “no dan puntada sin hilo”, fruto de la caridad, que busca el bien donde sea y como sea, aprovechando a tiempo y destiempo, todos los medios, por lograr la instauración del Reinado En el transcurso de la merienda que tuvo con los monjes, hablando de la dramática situación en Medio Oriente, especialmente en Siria, nos dijo con tono sereno y bajo: Sean hombres de paz,… ustedes deben ser constructores de Paz, pero recordó, elevando el tono de voz,  el mundo necesita de la Paz de Cristo, …de Cristo en las almas y en la sociedad.

 

En el momento pensé que sólo nos pedía oraciones por la paz, pues él mismo afirmó que es una situación humanamente sin solución, aunque también dijo que los hombres debemos trabajar y pensar cómo lograr esa paz; pero en realidad, lo que nos estaba pidiendo era que fuéramos nosotros hombres que vivan en paz, para entonces darla al mundo. ¿Cómo hacer para corresponder al pedido del Cardenal?; ¿qué puedo hacer desde mi lugar por lograr la esperada paz en el mundo? Primero, tener nosotros paz, vivir en paz.

El pedido que nos hizo encierra una realidad muy profunda y adecuada para nosotros los contemplativos, y puede ayudar a comprenderlo el siguiente escrito del gran místico del S XX, San Rafael Arnaíz Varón, Monje trapense, a quien el Beato Juan Pablo II, lo propuso como modelo de los Jóvenes, en la Jornada Mundial de la Juventud en Santiago de Compostela, el 20 de agosto de 1989.

San Rafael Arnaíz Varón, mientras gozaba de la paz del Claustro del monasterio de San Isidro de Dueñas, Palencia, su hermano Luis se hallaba al frente de batalla en la Guerra civil Española.

Durante el adviento de 1936, escribe:

¡Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”! Palabras de Dios y que el hombre olvida. Faltan pocos días para el advenimiento del Dios de la paz…, y estamos en guerra”. Llevo una temporada en el monasterio sin saber nada de lo que en el mundo ocurre. Solamente sé que aun dura la guerra, y que el fin no se ve. Solamente a Dios pertenece. En esta paz del Monasterio me acuerdo muy a menudo de los que luchan y mueren en los frentes. El Príncipe de la Paz va a llegar para ellos y para mí, y para el mundo entero. Muy similar a la situación que nos toca vivir hoy en 2013.

Un mes más tarde, un día como hoy, pero del año 1937, San Rafael escribió comentando estas  palabras del Kempis:

 “Pues de cualquier suerte que ordenase mi paz, no puede estar mi vida sin batalla ni dolor”

“Así es, hijo; pero no quiero que busques tal paz que carezca de tentaciones y no sienta contrariedades” 

San Rafael había comprendido que la paz sin tentación, sin lucha, es una paz mundana, es una paz que se busca para descansar, para no sufrir, busca la paz sensible…, esa paz que el mundo pinta en un claustro bañado de sol, con cipreses y pájaros, con un dulce sonar de campanas y voces melodiosas en artesonados coros de madera entonando salmos. Esa paz sin tentaciones y sin Cruz, en que la vida es una sonrisa de  desprecio al mundo y una mirada tranquila en Dios…

Escribe San Rafael, aquel 20 de enero de 1937: “¡Qué equivocados andamos a veces los que buscamos la verdadera Paz de Dios! ¡Qué humanamente pensamos lo que es la paz! ¡Cuánto egoísmo encierran a veces nuestros deseos de paz…, pero es que la que buscamos muchas veces no es la paz de Dios…, sino la del mundo!” Sean constructores de Paz, pero de la Paz de Cristo… nos pidió el Cardenal.

Sigue el Santo Rafael:

“Había en cierto Monasterio un novicio, ni muy piadoso ni muy disipado; cumplía con regularidad su Regla y no se metía con nadie…, mi más más, ni menos menos. Este novicio era feliz; tenia lo que  él llamaba mucha paz”.

“Efectivamente en todo esto hay paz…pero no es verdadera”.

“La paz de aquel novicio…, era el cebo de Dios”

“Aquel novicio ya no es novicio; Dios le quiere mucho, mucho más de lo que él se figura; aquel novicio Dios le quitó la salud…, (le descubrieron la diabetes sacarina, que lo llevó a muerte) le hizo ver que las campanas a veces tienen grietas y suenan mal… que el sol a veces se oculta, y que enmudecen los pájaros…, le cambió el paisaje, le mandó la Cruz…” “¡Cuánto quiere Dios a aquel novicio que cantaba coplas a la Virgen mientras trabajaba en el campo!… ya no tiene fuerzas para trabajar…, pero sigue cantando coplas!…

Llegaron las pruebas, las tentaciones… a veces le pesa la Cruz… pero llega Cristo y me dice: “Ahí está la paz”

Si seguimos al autor de la imitación de Cristo, vemos que nos dice:

“Antes, cuando fueres ejercitado en diversas tribulaciones y probado en muchas contrariedades entonces piensa que has hallado la paz”.  (L III, C. XII.)

Fray Rafael, dirá en la misma carta: “hoy bendigo desde el fondo de mi alma a ese Dios que tanto me quiere y me lo demuestra porque me quiere como está Él…, clavado en Cruz, besando sus llagas y acompañándole en sus agonías…” Me quiere con mis miserias, mis pecados, mis lágrimas y mis alegrías… me quiere en esa paz que dice Kempis, que no es la dulzona y tranquila de un claustro con sol…”

       La paz de mi alma es la paz del que nada ni de nadie espera… solamente el deseo de vivir unido a la Voluntad de Dios es lo que el alma en el mundo espera, y la espera tranquila, es con paz, a pesar que el aun no ver a Dios es un triste penar,… ¡Gran consuelo es tener Cruz… no hay mejor paz que la que proporciona el sufrimiento!…

Y más adelante dice el Kempis;  “El que todo lo redujere a uno, éste es un artífice de la paz, una fuerza, a una alegría…aún está ausente…

Esta frase es la clave para interpretar el significado del pedido del cardenal. Eso es lo esencial de nuestra vocación contemplativa, unum necessarium, reducir todo a uno, al Uno, al Dios Uno y Trino, dedicar toda nuestra vida a conocer y amar y hacer conocer y amar a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, quien por su encarnación y muerte en la cruz derribó el muro que nos separaba, trayéndonos la verdadera Paz, haciendo la paz. (Cf. Ef 2, 14). Este es el modo de ser hombres de paz, y así entonces podremos darla a un mundo convulsionado y confundido como en el que nos toca vivir.

San Rafael Arnaíz escribía: “dichoso quien busca la paz en el sacrificio, en el dolor, en la vida penitente, dichoso el que busca la paz en las llagas de Jesús. Sólo el que a sí mismo renuncia y toma cada día su Cruz, encontrará lo que busca… pero no en la tierra, que sólo produce abrojos  y espinas, pues aunque es verdad que también en la tierra hay flores…, son flores de tierra que no satisfacen a los amadores de Cristo.

Que Dios nos conceda a todos trabajar por la Paz, y hacernos así objeto de la Bienaventuranza de los que por ella trabajan, el ser verdaderos hijos de Dios.

monasterio, vida contemplativa

3 Comentarios

  1. Entré en esta página buscando material para un ejercicio del Curso que sigo. No encontré nada de lo que me pide la consigna, pero encontré justamente la lectura que yo necesitaba. ¡Muchas gracias!

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