Hemos podido visitar a varias familias iraquíes que se encuentran refugiadas en Jordania.

Actualmente hay 9000 cristianos refugiados en este país, algunos de ellos esperan desde hace más de dos años que la ONU les asigne un país donde puedan establecerse y reiniciar sus vidas. La mayoría de estas familias proviene del norte de Irak, de Mosul, pero hay también de Bagdad.

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Jordania ofrece asilo a quienes huyen del flagelo de la guerra, actualmente hay tres millones de refugiados en este país, la mayoría en campos de refugiados. Pero Jordania no puede ofrecerles la posibilidad de trabajar, pues es un país pequeño con problemas de desempleo y pocos recursos (Jordania ya acogió en el pasado refugiados palestinos que sí se han incorporado a la sociedad jordana y hoy en día representan un 30 % de la población).

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Los cristianos no van a campos de refugiados. La Iglesia los ayuda a establecerse en distintos barrios o Parroquias, y les dan ciertas ayudas para que puedan afrontar los gastos de alquiler y de sustento de sus familias. Caritas y el Patriarcado Latino de Jerusalén intentan socorrer sus necesidades pero evidentemente no llega a abarcar a todos ni a cubrir todos los gastos.

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A través de un sacerdote italiano que colabora con el Patriarcado y que ayuda a los refugiados, Don Mario Cornioli, pudimos visitar varias familias y llevarles ayuda.

Al visitarlos se puede apreciar la fe y fortaleza de estas personas que lo han abandonado todo, que han salido un día antes o durante el arribo mismo de ISIS a sus ciudades o pueblos. Se puede ver el sufrimiento en sus rostros, por haber tenido que desprenderse de todo lo que poseían y por la agonía de la espera e incertidumbre que significa este tiempo en Jordania.

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Aquí tienen un lugar donde estar pero para ellos está prohibido trabajar, por lo que permanecen en sus casas sin hacer nada. Esto supone un gran sufrimiento, sobre todo para los padres de familias, que ven acabarse las pocas divisas que trajeron ya hace más de un año y sin tener aún ninguna noticia de un próximo destino definitivo donde establecerse en el mundo.

Varios países de los que recibían a iraquíes han cerrado sus puertas, el único país que aún les ofrece asilo es Australia.

Es conmovedor y edificante escuchar sus relatos de la partida de Irak y cómo afrontan la situación presente. La mayoría de las familias vienen de una situación económica media o buena, eran profesionales, aquí se han visto reducidos a la supervivencia. Otras familias ya eran pobres en sus países, y aquí lo son mucho más. En general aquí alquilan un pequeño departamentito, a veces compuesto de una habitación, pequeña cocina y un baño (letrina). Otros de situación más holgada tienen tal vez dos o tres habitaciones, donde viven muchas veces los abuelos, los padres, tres o cuatro hijos, en total entre siete u ocho personas. Los departamentos están vacíos, algunos colchones por tierra, unos mecheros para cocinar, una estufa, y los que mejor están tienen algunos sillones.

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Jordania es un país caro para ellos y se les hace muy difícil pagar el alquiler de dichas habitaciones. Así una señora joven que está aquí con su marido e hija de tres años, me decía que no podían seguir en la vivienda que se encontraban pues la humedad los sofoca, la letrina y piso se inundan por el agua que brota de abajo e invade toda la casa, etc., ella me decía: “¿de dónde vamos a sacar para pagar los 100 DJ (120 euros) de alquiler? Mi marido tendrá que trabajar por fuerza”. Cuando nos mostraba sus pertenencias, tres colchones, unas valijas con un poco de ropa, la estufa que les regalo un sacerdote para el invierno, y unas hornallas para cocinar, nos decía: “esto es todo lo que tenemos, ¡Dios es generoso! Estamos en un lugar en paz”.

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En otra casa, el padre de familia, al contar recordando con rostro encendido la hermosura del norte de Irak, nos decía: “si no fuera por la fe no podríamos soportar esto”.

Para algunos de ellos esta es la segunda emigración, varios emigraron en tiempos de la guerra del Golfo desde el sur de Irak al norte, y ahora por segunda vez en sus vidas se han visto obligados a abandonar todo y empezar de nuevo. Se percibe en todos ellos grandes sufrimientos pero al mismo tiempo gran serenidad, cuentan con simplicidad lo que han vivido, a veces con un rostro bañado en lágrimas pero no se quejan.

Se percibe también el miedo y cómo han sido afectados los niños. Algunos miran silenciosos con rostros tensos, otros –según nos cuentan los papás- se tapan a la noche los rostros para dormir o se esconden entre las cobijas por el miedo. También ellos sufren este asilo sin poder rehacer sus vidas. Algunas parroquias ofrecen clases, dos o tres días a la semana, para que los niños de las familias refugiadas puedan enviar a sus hijos, pero solo para mantener o reforzar lo que han aprendido, ellos no partirán de aquí con un diploma que les sirva para continuar los grados de las escuelas donde vayan. En la misma situación se encuentran los jóvenes. Todos paralizados por la “espera”. P. Mario Cornioli para poder apalear mínimamente esta situación ha organizado cursos de costura, de cocina, de carpintería, etc., para que puedan ocupar el tiempo en algo.

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Aquí como en Irak, la vida de estos cristianos gira alrededor de la Parroquia, allí van ahora en busca de ayuda, allí se reúnen para rezar, actualmente cuentan con un sacerdote caldeo que los asiste y celebra la Santa Misa dominical, y a su vez es la Iglesia quien vela por ellos.

Después de algunas visitas decidimos llevar ayuda a las familias más pobres, y quisimos hacer partícipes de esta iniciativa a nuestras niñas y jóvenes de nuestros Hogares en Anjara. Ellas quisieron no sólo ayudarnos a preparar y cargar el vehículo con la mercadería, ropa, etc. que llevamos, sino que además quisieron preparar regalos para los niños y familias en particular de las que les habíamos hablado; las más pequeñas han decido hacer una colecta con sus ahorros para la próxima vez que los visitemos.

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Quiera Dios que la riqueza de la fe que estos cristianos tienen en sus corazones enriquezca y encienda la fe de los países que los acojan.

María de la Contemplación

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