Servidoras-Cuidando-Enfermos
Por: María del Cenáculo, SSVM

 

¡Una de mis primeras historias!, con una reflexión para compartir….

El dolor y el sufrimiento se convierten en el pan nuestro de cada día, aquí en el Hospital y esto puede hacernos perder de vista los frutos que ese dolor y sufrimiento traen a las personas y a nosotras mismas como esposas de un Cristo Crucificado por amor… Entiendo que no es fácil de comprender… pero nuestro querido San Juan Pablo Segundo lo explicaba de modo magistral: “El dolor y la enfermedad forman parte del misterio del hombre en la tierra. Ciertamente, es justo luchar contra la enfermedad, porque la salud es un don de Dios. Pero es importante también saber leer el designio de Dios cuando el sufrimiento llama a nuestra puerta. La “clave” de dicha lectura es la cruz de Cristo. El Verbo Encarnado acogió nuestra debilidad, asumiéndola sobre sí en el misterio de la cruz. Desde entonces, el sufrimiento tiene una posibilidad de sentido, que lo hace singularmente valioso. Desde hace dos mil años, desde el día de la pasión, la cruz brilla como suprema manifestación del amor que Dios siente por nosotros. Quien sabe acogerla en su vida, experimenta cómo el dolor, iluminado por la fe, se transforma en fuente de esperanza y salvación[2].

Si vivimos el dolor iluminado por la fe, se trasformará en fuente de esperanza, y yo agregaría: ¡en constantes milagros de conversión!

Debemos estar atentos a que el dolor no entristezca nuestra alma y no oscurezca los verdaderos milagros que Dios obra cada día en las almas que nos toca visitar en el lecho del dolor… ya que Él nos prometió: “El SEÑOR le dará fuerzas en el lecho del dolor; ¡convertirá su enfermedad en salud[3]!”

Les cuento un hecho que me sucedió… Cada día vamos a visitar los distintos pabellones o salas de enfermos. Un día a mí me tocó visitar el pabellón donde están las personas que están operadas o por operarse. Se me acercó una de las Doctoras de guardia y me dijo que fuera a ver al Sr. Hugo que estaba muy delicado y que lo iban a operar en las próximas horas. Fui a su cuarto y él me recibió bien, pero en la conversación me dijo, que si bien había sido católico en el pasado, se había hecho Testigo de Jehová, porque no había encontrado en la Iglesia respuestas a algunos cuestionamientos que tenía… Siguió nuestra conversación y luego me dijo que a pesar de haber sido Testigo,  antes de su muerte él quisiera recibir a un sacerdote y confesarse… Seguimos conversando, le traté de explicar algunas dudas que tenía y le dije que iba a rezar por él y que le dejaría una estampita; pero me dijo que no quería de la Virgen, solo quería de Dios. Le regalé una estampita con una oración y le ofrecí buscarle al sacerdote…

Más tarde nos llamaron porque estaban por operar a Don Hugo y él nos pedía que por favor fuera un sacerdote. Como no encontrábamos a ningún sacerdote que pudiera venir inmediatamente, fui yo, recé un ratito con él, le dije que le pidiera a Dios perdón por todo lo que podría haberlo ofendido y que le agradeciera todo lo que le había dado en su vida, le coloqué agua bendita y rezamos juntos un Padre Nuestro, Ave Maria (¡oración que me respondió!!!) y Gloria.  También lo animé a encomendarse a la Virgen, que, si bien él estaba alejado, Ella como buena Madre no se olvida de sus hijos. Y para mi sorpresa, me lo aceptó, y ahí lo dejé, pues ya lo estaban preparando para la operación. Seguimos buscando un sacerdote que lo asistiera y justo antes de entrar a la operación llegó el sacerdote. Hugo se confesó y recibió la Unción de los Enfermos!…  Después de la cirugía estuvo muy grave en terapia intensiva, y lo seguimos visitando. Esto fue una gracia y un milagro de Dios, mientras estuvo en terapia lo encomendamos constantemente San José.

Como esta historia, tenemos a diario muchas. No debemos dejar de admirarnos de la Obra de Dios, de la Virgencita y de San José en las almas! Nosotras debemos ser fieles instrumentos que les llevemos los dones de Dios a sus corazones y a sus vidas.

Pedimos Pidamos a María Santísima y al Glorioso San José que intercedan ante Jesús para que obre lo que hacía en Tierra Santa…“Su fama se extendió por toda aquella región; y traían a El todos los que estaban enfermos, afectados con diversas enfermedades y dolores, endemoniados, epilépticos y paralíticos; y El los sanaba… [4]”.

Nos encomendamos a sus oraciones.

María del Cenáculo


[1] (Mt 11,28-30)

[2] San Juan Pablo II – Homilía del 11 de febrero de 2000

[3] (Sal 41, 3)

[4] (Mt. 4, 24)