Homilía del Card. Angelo Sodano,

Decano del Colegio Cardenalicio,

en la S. Misa para el Capítulo General

del Instituto del Verbo Encarnado

(Montefiascone, Viterbo, 1 de julio 2016)

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Hermanos y Hermanas en el Señor, os saludo de todo corazón, iniciando por los venerables obispos presentes, Mons. Lino Fumagalli, Pastor de esta querida diócesis de Viterbo, Mons. Fabio Fabene, Subsecretario del Sínodo de los Obispos, Mons. Domenico Scotti, Obispo de Trivento en Molise, y Mons. Juan Antonio Martínez Camino S.J., Obispo Auxiliar de Madrid.

Un motivo particular nos ha convocado hoy en esta espléndida Iglesia: el común motivo de invocar los dones del Espíritu Santo sobre nuestros queridos Religiosos del Instituto del Verbo Encarnado, reunidos aquí para su Capítulo General.

También yo he venido con gusto desde Roma, para unirme a vuestras oraciones, para que abundantes gracias desciendan sobre esta querida Familia Religiosa, reunida en oración como los Apóstoles que un día lejano se encontraron reunidos con María en el Cenáculo de Jerusalén, a la espera de Pentecostés.

Nos abren el corazón a la oración las dos lecturas que han sido proclamadas. Ambas han hablado de la obra del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia.

  1. La primera lectura nos ha hecho revivir la escena de Pentecostés, descrita en los Hechos de los Apóstoles. Hoy nos parece ver a los Apóstoles reunidos con María, a la espera del Espíritu Santo. Nos parece además escuchar aquel estruendo, aquel fragor fortísimo. Es el soplo de un viento gallardo que hoy parece pasar también sobre esta iglesia, como si indicase la fuerza del Espíritu que está a punto de alcanzarnos. He aquí el milagro de Pentecostés: son los Apóstoles los que empiezan a anunciar el Evangelio de Cristo en lenguas diferentes, según los dones que el Espíritu Santo les daba. ¿Y qué anuncian los Apóstoles? Anuncian las grandes maravillas de Dios (magnalia Dei, dice el texto latino). Son los mismos Apóstoles quienes difunden la Buena Noticia, con tanto entusiasmo que algunos de los presentes llegaron a decir: “están llenos de mosto”! En realidad, la gracia de Dios acompañaba profundamente la obra de los Apóstoles, como lo muestra el primer fruto de Pentecostés: fueron tres mil los bautizados.
  1. El Evangelio nos ha propuesto el sermón de Jesús en la última Cena, durante el cual Él anunció el envío del Espíritu Santo, que tenía que sostener a los Apóstoles y que les habría consolado en sus pruebas. Es por esto que desde este momento el Espíritu Santo es denominado también como “el Consolador”, “el Paráclito” en el término griego. Es ésta una promesa que todavía hoy infunde tanta serenidad en todos los creyentes. En realidad, el Espíritu Santo está presente en la vida de cada uno de nosotros, como lo está en la vida de la Iglesia en general.
  1. En el Credo, de hecho, hemos dicho: “Creo en el Espíritu Santo, que es Señor y dador de vida”, o como dice el texto latino: “Credo in Spiritum Sanctum Dominum et vivificantem, creo en el Espíritu Santo vivificante. Ciertamente, la presencia vivificante de Dios en el mundo entero es multiforme. Tenemos en primer lugar la presencia cósmica de Dios en el mundo, que por Él ha sido creado y por Él se mantiene. Tenemos la presencia eucarística de Cristo en la Sagrada Eucaristía, que nos sostiene en el peregrinar terreno hacia la Casa del Padre. Tenemos también la presencia espiritual del Espírito en cada cristiano y en la Iglesia entera. Es esta presencia que da fuerza a todo creyente, una presencia que ha ya dado a la Iglesia en cada época un ejército grandioso de mártires y de santos. Es esta una presencia que sostiene particularmente a los Pastores de la Iglesia a lo largo de los siglos y que los sostendrá hasta el final de la historia humana.
  1. Es para rejuvenecer a la Iglesia que todavía hoy actúa en ella la fuerza misteriosa del Espíritu Santo. Nos lo ha recordado recientemente, en nombre del Papa Francisco, la Congregación para la Doctrina de la Fe, en un hermoso documento “La Iglesia rejuvenece” (cfr. L’Osservatore Romano, 15 junio 2016). En tal documento se nos recuerda que en la Iglesia, junto con los dones jerárquicos, el Espíritu Santo le envía también numerosos dones carismáticos, que contribuyen a la edificación de la comunidad cristiana. Precisamente por esto, nosotros podemos ver hoy en el Instituto del Verbo Encarnado, como en la Congregación de las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará, uno de estos dones carismáticos que pueden contribuir en la difusión del Reino de Dios en el mundo de hoy. Por esto la presente celebración eucarística quiere también ser una oración por ambos Institutos, para que sean fieles a la misión que hoy la Iglesia espera de ellos.

En realidad, cada uno de nosotros, “lleva un tesoro en vasijas de barro”, como lo recuerda el Apóstol Pablo (2 Cor 4, 7). Debemos entonces pedir siempre al Señor que nos envíe su Espíritu Santo para que nos ayude a ser fieles a nuestra vocación y a perseverar en ella, recordando la advertencia dada un día por el Señor a los Apóstoles: “el que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc 9, 62).

  1. En conclusión, se ensalce hoy en modo coral nuestra oración: “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu Amor”. Sí, ven, Espíritu Santo y enciende el fuego de tu amor en todos los Religiosos y Religiosas aquí presentes, para que sean en el mundo de hoy dignos testigos den Evangelio de Cristo. Así sea.

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