Por: P. Diego Cano, IVE

 

Mazirayo, parroquia de Kangeme, Kahama, Tanzania,17 de mayo de 2020.

Claro que valió la pena. Aunque en el momento es difícil de darse cuenta, porque se ven más los problemas que los beneficios que se han buscado. ¿qué me estoy refiriendo? Les cuento la historia mejor, desde el principio. Ya estábamos en la etapa final de la época de lluvias… eso pensábamos nosotros. No nos preocupábamos, porque ya no se esperaban muchas lluvias fuertes. Dividimos las visitas a las aldeas, y a cada sacerdote le toca salir una o dos veces por semana, en este tiempo de pascua, para celebrar bautismos de catecúmenos y de niños.

Al padre Víctor le tocó ir a la aldea de Kalembela, que está relativamente cerca, a unos siete kilómetros de la casa parroquial de Ushetu. A esta aldea la atienden desde hace tres años, los novicios y seminaristas. Es un lugar donde hay muchos paganos, a pesar de estar tan cerca de la misión. Los caminos son muy malos, rodeados de arbustos, y muy pocas huellas marcadas. Es muy fácil perderse en medio de la foresta entre miles de senderos que se bifurcan. Allí partió el P. Víctor ésa mañana.

Al mediodía cayó una lluvia torrencial, como no habíamos visto en casi todo el tiempo de lluvias. Mucho tiempo cayendo mucha agua, «a baldazos» como se dice. Yo me acordaba del P. Víctor, pero como la aldea no era tan lejana, esperaba que no tuviera ninguna dificultad. La capilla ya está construida y tiene techo de chapas, así que aún la ceremonia se podría hacer con lluvia. Luego de la siesta, me preparo los mates, la lluvia seguía pero más calmada, me siento a leer junto a la ventana, y disfruto de la tranquilidad de un día fresco de lluvias. Sin embargo, siempre lo decimos nosotros en la misión… cuando estamos tranquilos, no hay que decirlo demasiado fuerte. Recibo una llamada del P. Víctor de que se había quedado enterrado con la camioneta, al comenzar el regreso. Tal vez podía ir con la otra camioneta como para ayudar a sacarla rápido, sería cosa de cinco minutos pensaba yo. No me llevé ni los mates porque esperaba volver pronto. El lugar a dónde íbamos no tenía tampoco señal de comunicación móvil, por estar entre pequeñas lomas y sin ninguna antena cerca. Seguía lloviendo con poca intensidad.

Tuve que esperar a que llegara uno de los seminaristas en la moto para poder guiarme manejando por adelante. Llegamos a donde estaba el P. Víctor, y un grupo de gente ayudándole en los trabajos. La camioneta se había ido enterrando cada vez más, por el agua que brotaba desde abajo. Miramos un poco por dónde convenía que la tiráramos. Así que luego de deliberar pasé manejando hacia adelante, hago marcha atrás para acercarme a la otra camioneta, y me quedé empantanado también. Fue tal cual como decía, una cuestión de cinco minutos. Ya teníamos dos vehículos enterrados. No quisimos porfiar en sacarla a esta segunda camioneta, porque se iba a enterrar más. Se siguió intentando con la primera, pero inútilmente. Poner piedras, usar los gatos mecánicos para tratar de levantar la rueda, poner ramas, poner tablones, excavar, empujar, usando la doble tracción, etc. No había caso. Seguía lloviendo, estábamos chapoteando en el barro y el tiempo iba pasando.

Le avisamos por mensaje de texto al P. Jaime que viniera con el auto, que también tiene tracción en las cuatro ruedas. Es más pequeño, pero ya alguna vez lo habíamos usado para sacar una de las camionetas uno tiempo atrás. Nuevo proceso para poder esperar que el P. Jaime llegue, porque para todos necesitamos guías para ir a Kalembela. Uno de los hermanos que había hecho apostolado el año anterior, lo guió con la otra moto de la parroquia. Llega el auto cuando ya casi no quedaba luz, e intentamos una última chance. Empujando, traccionando, tirando con el auto… nada. Ya casi de noche decidimos que tenemos que regresar al otro día, porque había mucho cansancio, seguía lloviendo, y no se veía nada. Los seminaristas se quedarían a cuidar los vehículos durante la noche. Nos subimos al auto, y al intentar salir, se nos entierra el auto. Ya estábamos fritos, pensamos. Los tres padres allí, y los tres vehículos empantanados, y de noche.

No nos quedaban muchas opciones, y el P. Víctor se ofreció quedarse con los seminaristas. Con el P. Jaime podríamos volver en la moto de la parroquia. Pero encomendándonos a Dios y la Virgen y los santos, porque si no reconocíamos el camino de día, mucho menos de noche y con la luz de la moto. Había que intentarlo, o quedarnos a dormir en los vehículos todos. Gracias a Dios al P. Víctor y los seminaristas, una familia que tiene la casa cerca del lugar les ofrecieron cena, y un lugar para dormir a los que se quedaron. Con el P. Jaime comenzamos a regresar movidos por la intuición, las huellas no se veían, cuando comenzábamos a ver que el camino se estrechaba, o que ya no parecía ni un sendero de motos, volvíamos… pero sin ninguna referencia.

Cuando no hay sol es muy fácil comenzar a dar vueltas, y perder la orientación. No sabíamos para dónde íbamos. En un momento ya sabíamos que no estábamos en el camino correcto, pero regresar sería más complicado, porque no sabíamos dónde nos habíamos desviado. Seguimos adelante, y gracias a Dios vimos una luz roja de una antena. Al menos un lugar «civilizado». En las primeras casas que encontramos frenamos para preguntar, pero de verdad que es un peligro, porque de noche, en el campo, la gente no se anima a salir ante la llegada de cualquier extraño. Gracias a Dios nuevamente, nos atendieron, y nos «ubicaron»… ya sabíamos dónde estábamos. Un lugar conocido, pero a casi cinco kilómetros de la parroquia. Nos habíamos desorientado un poco. Ya en el camino conocido, era cuestión de llegar a la casa nomás, mojados y embarrados.

A fin que al otro día tuvo que ir con la moto, el P. Jaime, para llevarles un poco de agua caliente y algo para el desayuno a los que se quedaron allá. Cuando regresaba a la parroquia, la moto se les rompió. Gracias a Dios, fue cerca de la casa y pudieron llegar. Después me llevaron a mí en la otra moto, para ayudar a traer alguno de los otros vehículos cuando se los pudiera sacar. Al llegar veo una gran cantidad de gente y el P. Víctor trabajando un montón. Allí sí fue cuestión de poco tiempo, entre que había dejado de llover, y que había mucha más gente, salió el primer vehículo, la camioneta que se había quedado enterrada primero. Luego salió la otra. Y sacar el autito fue casi un chiste, ya que entre tantos que había, y siendo gente de mucho trabajo en el campo, por poco se ponen el auto a los hombros. ¡Ya estaban los tres vehículos rescatados!

Les dimos las gracias a los que nos ayudaron, y como eran muchos, les prometimos una pelota de fútbol, a lo que respondieron con aplausos. Al domingo siguiente cumplimos nuestra promesa. La gente de la casa, muy generosos, nos volvieron a invitar para tomar un desayuno, a las once de la mañana.

Y ahora, me pregunto de nuevo… ¿Valió la pena todo esto? Claro que sí. El P. Víctor ése día había hecho ocho bautismos, celebró la misa, confesó. En fin, hizo apostolado, misionó. Cuando ya estaba por regresarse en ése día de la lluvia, le piden que vaya a bautizar a una viejita que era pagana. Ella había pedido el bautismo aunque toda su familia eran paganos, todos sus hijos paganos. Nadie la podía llevar a la iglesia. Y allí fue hasta su casa el P. Víctor, con mucho sacrificio, y por caminos totalmente desconocidos. Bautizó a esta viejita con el nombre de María, ante la mirada asombrada de toda la familia de paganos que no habían visto nunca un bautismo. Cuando ya regresaban de su casa fue cuando en un terreno totalmente «movedizo», se quedó la camioneta.

A veces es difícil ver que todo eso valió la pena… sobre todo cuando tras un intento y otro no hay como sacar el vehículo, sigue lloviendo, se hace de noche, hace frío, los pies metidos en el barro chirle, la ropa mojada, y el cansancio. Pero ciertamente que valió la pena. Recuerdo ahora la anécdota de San Francisco Javier, quien en el Japón, en medio de miles de dificultades y sacrificios, sin ver frutos de tanto esfuerzo, al bautizar un bebé que había sido abandonado y estaba muriendo, le dijo a su compañero: «Este bautismo valió la pena todos nuestros sacrificios para llegar hasta aquí». Y también lo pienso de toda nuestra vida misionera, y de todos los misioneros de la Congregación. Vale la pena todo sacrificio. Vale la pena dejar todo. Vale la pena padecer carencias, enfermedades, abandono, pobreza, y hasta la muerte, con tal de salvar un alma. Y todo porque también valió el sacrificio de Cristo, ¡tanto sacrificio!, y ¡qué sacrificio!, para salvar un alma, la mía, la tuya, la de María.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE