Por: P. Diego Cano, IVE

 

Ushetu, Tanzania, 20 de abril de 2020

Queridos amigos de nuestra misión de Tanzania, espero que estén muy bien. Estamos llegando al final de la época de lluvias, y es una época hermosa, que a mí me encanta. La naturaleza revive, todo se ve verde, los cultivos animan el alma y el cuerpo, miles de pájaros de distinto tipo cantan después de la lluvia, y el ánimo de la gente muestra también esta alegría de que tenemos agua… y cosecha. Por el lado del trabajo misionero, este tiempo trae algunas dificultades, como las vías destrozadas, ríos que se llevan parte del camino, regiones a las que no se puede llegar, la camioneta enterrada en el barro, actividades que se suspenden, gente que no puede llegar a la iglesia en un día de lluvia torrencial, y tantas cosas que ustedes se pueden imaginar. Pero son cosas propias de la misión, y con un poco de buen ánimo, siempre se puede sobrellevar, ofreciendo a Dios esos sacrificios por el bien de las almas.

Hoy es un día lluvioso y hace minutos nomás tuvimos un aguacero muy lindo. Lo disfrutamos sobre todo porque al ser un día de descanso, estamos en la casa. Si nos tocara una lluvia así en el camino de visita a aldeas lejanas, singnificaría una cuota más de sacrificio. Pero hoy es un motivo de más alegría. Creo que la mayoría de ustedes, que están en estos momentos en sus casas por causa de la cuarentena, añorarían tener la posibilidad de poder salir al campo, hacer un paseo a la montaña, comer algo junto al río. El tiempo de estar en casa, me imagino, les ha dado oportunidad de rezar más, de leer algunas cosas, de conversar más con la familia, de hacer actividades más espirituales y en algunos casos, dedicarse al arte… que siempre necesita momentos de tranquilidad y reflexión.

Hoy estoy en casa y disfrutando de esta lluvia, me he acordado de todos ustedes. Rezamos unos por otros. Pero aprovechemos a rezar y leer también, y a los que Dios les conceda, también a producir en el plano espiritual. Hoy me encontré casi por casualidad con una hermosa proesía escrita por un sacerdote de nuestra Congregación del Verbo Encarnado, el P. Marcelo Javier Navarro, IVE. Él publicó un hermoso libro en el año 2007 con el título de «Poesía Sacra», y tuvo la atención de regalármelo, porque somos amigos de hace mucho… compartimos muchos años del seminario. Hoy me dí el gusto de volver a leer una poesía que siempre me atrajo, y le agradezco. Expresa mucho de lo que vive y alienta a un misionero.

Se las comparto, y que la disfruten ustedes también. Tómense el tiempo… son pocos minutos, y hoy se mide el tiempo en minutos… aunque la cuarentena nos ha obligado a reposar, y dar más tiempo a estas cosas.

No quiero agregar muchas fotos, porque no es el motivo de hoy… va una foto de el jueves pasado, bendiciendo a la parroquia con el Santísimo Sacramento.

Un abrazo.

¡Firmes en la brecha!

Quemar las Naves

En puerto de mis trabajos
las naves quiero en el fuego
consumirse totalmente
y el viento lleve los restos.
No quiero volver los ojos
a la orilla y ver la barca
esperando mi regreso.
No quiero tener en anclas
la tentación y el deseo.
No quiero tener el alma
pronta para mal regreso.
Quiero que se quede libre
siempre hacia Horizontes Nuevos:
¡Siempre mirar adelante!
¡Siempre los ojos al Cielo!
¡Nunca atrás, siempre adelante!
¡Nunca tierra! ¡Siempre Cielo!
¡Siempre un amor sobrehumano!
¡Nunca, nunca amor terreno!
Que haya lágrima en los ojos
pero no escoria en el cuerpo,
para limpiar mis pecados,
no para volverlos nuevos.
¡Quemar las naves y basta
pues en la entrega está el premio!
Quiero calentarme al fuego
que mis naves hoy consume;
quiero palpar la certeza
en las cenizas, que es cierto,
que se han quemado mis naves
y que vivo porque he muerto.
Esta empresa Sangre lleva,
lleva Sangre Redentora,
busca en la Sangre la hora
de quedar purificado.
Partir de todo y dejar
atrás tantas cosas buenas
¡es alegría, no es pena!
Pues el que las naves quema
no vuelve mares atrás
porque ha destrozado velas.
Llegar y no quemar naves
es dejar la puerta abierta
a desandar horizontes
de otra tierra, siempre vieja.
Es volver a usar las velas,
las mismas que nos trajeron
por estas grandes empresas
y que otros vientos nos vuelvan
a otra tierra, nunca nueva.
No quemar las naves es
darle las velas al viento
y hacer de nosotros tales
indignos de todo intento.
No quemar las naves es,
estar vivo y estar muerto.
No estar muerto y estar vivo
que eso, eso sí que es otro cuento:
el haberse muerto al mundo
y estar vivo para el Cielo.
No quemar las naves es
gran miseria y gran tormento
y tentación permanente:
la de alejarse del Puerto.
No quemar las naves es
estar vivo y estar muerto.
Es veleidad, es locura,
es temeridad, es viento,
es tristeza, es amargura,
es vanidad, es tormento.
Es la Nada, es la miseria,
es el llanto, es cautiverio.
Es sequedad en el mar,
es la sal de los que han vuelto
los ojos hacia el pasado
por no creer en el Cielo.
No quemar las naves es
no ser y no querer serlo.
Es la peor desolación
y el peor remordimiento.
¡No quemar las naves es
NUNCA HABER LLEGADO A PUERTO!

(P. Marcelo Javier Navarro, IVE)