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El pasado 17 de mayo tuvimos la fiesta en honor de S. Rita, de la cual quiero hacerlos partícipes por medio de esta crónica, ya que gracias a la colaboración de muchos de ustedes pudimos celebrar a la Santa de los imposibles como se lo merece.

Gracias a que las actividades se vienen repitiendo a lo largo de muchos años, todo salió muy hermoso, y pensamos que las bendiciones que Dios derrama en ese día son tan abundantes como los rayos del sol que nos acompañaron en esta oportunidad. Fue un día hermoso, vivido junto a Dios, sus santos y unidos a una muchedumbre de hombres, mujeres y niños por una misma fe, y devoción.

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Fue un día hermoso, porque la fe de muchos se transformó en obras que exigen un gran sacrificio. Me refiero, no sólo a los peregrinos que vienen caminando con la imagen de la Santa, sino de todos aquellos que de una manera u otra trabajaron en la liturgia, en la cocina, en la preparación del locro, pasteles, tortas fritas. Mucho, mucho sacrificio ofrecido como oración a Dios.

Fue un día hermoso porque se lo vivió en un clima de gran familia.

Les manifiesto un poco las impresiones que tuve durante ese día.

En primer lugar la procesión. Este año tuvo un marco especial. El hecho que no haya hecho tanto frío hasta esta altura del año, hizo que muchos árboles conservaran sus hojas, en una variedad de amarillos y verdes, ocre y rojos que ni el mejor pintor del mundo podría lograrlo. La creación se unía a la fiesta. Los álamos altaneros, como alfiles parecían hacerle guardia de honor a la Santa Patrona. Al paso de la imagen, los sauces con sus ramas lloronas parecía que querían  tomar gracia de ella, imitando las numerosas manos que acarician la santa. Las cortaderas a lo largo del camino, con sus peinados penachos, cual espadas elevadas en alto homenajeaban a la Patrona. El agua de las acequias, en pequeños saltos quería superar el bordo como quien espía por arriba de una tapia para ver qué es lo que pasa en la polvorienta calle de Los Coroneles. Algo importante sucede. ¡Ah!, festejan la Santa del lugar. El cielo luce un diáfano azul penetrado por los rayos del sol sanrafaelino. Como telón de fondo, allá a lo lejos, la Cordillera de los Andes con sus blancos picos, cuales ponchos de nieve, se distinguían con los ponchos rojos, grises y marrones que vestían los gauchos de a caballo, las alas de sus sombreros, las boinas de otros, en un apretado paso con el chasquido de las herraduras sobre la tierra, marcaban el ritmo a la vez que escoltaban la imagen. El flamear de banderas Argentinas se confundía con el azul del cielo y el blanco de las nieves eternas, y  el amarillo y blanco de las banderas papales con el amarillo de los árboles. Ellos  fueron algunos de los testigos de  un acontecimiento hermoso que se repite año a año. ¿Qué más? La piedad de los niños, el humo del incienso, el perfume de las flores… y al llegar, el repiquetear de campanas hacía silencio para dejar oír la banda de música que recibe con solemnidad la imagen de la Santa, las banderas de ceremonias, lo fieles a un lado y otro del ingreso, lágrimas que brotan de los ojos corren por las mejillas como expresión de la fe, de la gratitud, pañuelos en alto, aplausos, vivas,… qué quieren que les diga, ¡es hermoso!.

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Esto lo que vemos con los ojos corporales, ¿quién nos diera ojos de fe para profundizar en el corazón de cada peregrino? Sin tanta poesía, y con mucha simplicidad podríamos decir, mucha fe confiada, mucha gratitud, mucho amor a la santa. Siempre me llama la atención la fe sencilla de esta gente. Devociones populares, sí, pero no por eso menos buenas. Manos entrecruzadas, labios entonando el himno de la santa, el rezo del santo rosario con meditaciones muy hermosas de San Juan Pablo II, introducían cada misterio, sacerdotes confesando. Y llegó la Misa, muy solemne. La carpa abarrotada. Allí, antes de recibir a Jesús sacramentado, el P. Cima en la predicación, con un lenguaje muy claro, nos dijo que Santa Rita nos enseña que todos debemos y podemos ser santos, y de este modo corresponder al llamado del Señor: “Sed Santos como vuestro Padre celestial es Santo”. Todos llamados a la santidad, los niños, los jóvenes, los casados, aunque tengan por esposa una bruja, o por esposo un brujo (risa de los fieles) ¡pueden ser santos!, ya que el esposo de Rita fue un hombre de malas costumbres, bebedor, dado a las mujeres, pero que por la gracia de Dios que nunca falta y la caridad y paciencia de Rita, murió reconciliado con Dios. Se puede ser santo aun cuando los hijos no sean obedientes; se puede ser santo en la viudez, como lo demuestra S. Rita después de la muerte de su joven esposo y hasta su ingreso al monasterio de las Agustinas en Cascia. También los religiosos estamos llamados a ser Santos. “¡Sí queridos hermanos, la santidad que Dios nos pide es posible para todos!”. Este fue esencialmente el mensaje que nos dejó el predicador, a quienes muchos agradecieron por lo hermosa predicación que nos dio.

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Luego tuvimos el almuerzo, la carpa fue chica, a pesar de las ochocientas sillas alquiladas y los  tablones, todo fue poco, por lo cual la previsión de algunos y el ingenio de otros, hicieron que por donde caminaras encontrases mesas de camping o mesas improvisadas  con tarimas, tablones y hasta alguna que otra puerta. Nos divertimos en familia con un hermoso fogón y el bingo hasta la cinco de la tarde, que dimos por culminada la jornada que había comenzado a tempranas horas de la mañana.

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Que Dios bendiga a todos los que rezaron por los frutos de esta fiesta, a todos los que colaboraron con especies, dinero, trabajo.

Que Santa Rita, los colme de bendiciones.

Hasta el año próximo, el domingo 22 de mayo de 2016, con el mismo programa de actividades.

P. Pablo y monjes de Los Coroneles.

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