Queridos todos:

Con esta crónica quería comentar algo sobre lo que dicen el P. Carrascal y el P. Segundo Llorente, acerca de una característica especial del misionero: la alegría.

En primer lugar, afirma el Padre Llorente: “Es un error imaginarse al misionero medio destrozado por las fatigas, triste, suspirando ayes continuamente y hecho una miseria. Cuando Dios escoge a uno para un oficio, le da todas las ayudas necesarias para desempeñar razonablemente dicho oficio… Dios está con el misionero que lo es por vocación y obediencia y le hace alegre la vida[1].

El Padre Carrascal[2], por su parte, habla acerca de las alegrías del misionero e indica cuáles son algunas de ellas. La primera, única que voy a comentar, es el hecho de haber dejado todas las cosas por Jesucristo. Esto es fuente de gran alegría para el misionero porque como dice él: Nadie, en efecto, como el misionero puede decir que ha dejado tan del todo y para siempre el padre y la madre, hermanos y hermanas por Jesucristo”.

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Es cierto que “todo” lo que hemos dejado es nada en comparación con lo que Dios se dió a sí mismo por nosotros, hasta el punto de morir en la Cruz, pero al fin y al cabo es “todo” lo que tenemos y eso se lo hemos dado. Dice el Padre: “Todo lo que el mundo ofrece; todo lo que el corazón sueña; todo lo que los sentidos bus­can; todo lo que en la vida más nos lisonjea; todo lo que es nombre y gloria, brillo y entusiasmo, «todo». Porque misiones es destierro de la patria y de la familia. Misiones es trabajo rudo y desagrada­ble de roturación. Misiones es soledad. Y es lengua nueva, menta­lidad distinta. Y es seguimiento de pocos. Todo lo hemos dejado”.

Esto, obviamente, no es para agrandarse o para creerse que ya está todo hecho, porque como sigue comentando este misionero, el renunciar a todo por Dios es más bien un don suyo que mérito nuestro, obra de su gracia, y aunque renunciemos a todo siempre quedaremos en deuda con Dios.

Siguiendo con esta idea de la alegría que da al misionero el haber dejado todo por Nuestro Señor comenta el P. Carrascal que el misionero a dejado incluso algo que el Señor, en aquellas palabras del evangelio (cf. Mc. 10, 28ss.) con las que se dirige a quienes lo han dejado todo por Él, no indica explícitamente. Esto es, que el misionero también “a dejado su patria, su lengua y se ha dejado sobre todo a sí mismo.

En esto, me parece, estará la clave de que nuestra alegría en la misión sea verdadera y permanezca. El dejar la patria, la familia, los amigos, etc., ya lo hemos hecho, pero el dejarnos a nosotros mismos es algo que debemos renovar siempre, sin importar el lugar donde nos toque misionar, ni la edad que tengamos. Dejar de lado nuestros pensamientos, nuestros planes, nuestros caprichos, nuestros juicios, nuestros gustos, nuestras comodidades, nuestra propia voluntad para cumplir la de Dios, es algo para trabajar toda nuestra vida de misioneros y, aunque suene contradictorio o medio rebuscado, será siempre una fuente de gran alegría para nosotros.

Renunciándo a nosotros mismos es como alcanzaremos la santidad, si a eso aspiramos, y daremos mayor fruto en la misión también, porque esto significa dejar obrar más a Dios en nuestra alma y menos a nosotros mismos. Por algo será que el padre lo indica, parece no ser un detalle. Es lo que Cristo pide en el Evangelio: renunciate a tí mismo, carga con tu Cruz y sígueme (Mt. 16, 24; Mc. 8, 34; Lc. 9, 23ss.).

San Francisco de Asís en un diálogo con el hermano León decía: La santidad no es un cumplimiento de sí mismo, ni una plenitud que se da. Es, en primer lugar, un vacío que se descubre, y que se acepta, y que Dios viene a llenar en la medida en que uno se abre a su plenitud. Mira, Hermano León, nuestra nada, si se acepta, se hace el espacio libre en que Dios puede crear todavía. El Señor no se deja arrebatar su gloria por nadie. Él es el Señor, el Único, el Santo. Pero coge al pobre por la mano, le saca de su barro y le hace sentar sobre los príncipes de su pueblo para que vea su gloria”[3]. Esto es lo que hace Dios con aquel que descubre ese vacío en sí mismo, con humildad y alegría.

El mismo P. Llorente expresa de algún modo esta idea al responder a una pregunta que le hacían sobre qué era lo que más le consolaba en la misión. El respondía: “Pensar que estoy haciendo la voluntad de Dios, y no como quiera, sino de modo tan singular y providencial; porque haber nacido en un pueblo de León; haber sobrevivido castigos de profesores e inspectores de muchacho; haber sido admitido en la Compañía de Jesús; haberme ordenado de sacerdote con los yankis; haber sido enviado a las lomas del Polo Norte a extender el Reinado de Jesucristo en un ambiente tan extraño, y que me guste tanto esto aunque soy el único Misionero español en esta región del fin del mundo… y esto y otras cosas que no hay para qué enumerar, indican claramente que Dios nuestro Señor me quiso para aquí y que aquí es donde debo vivir entregado en cuerpo y alma a la labor misionera. Este pensamiento es lo que más me consuela en mi vida de misionero”[4].

Él había dejado todo por Jesucristo y se dejaba a sí mismo día a día cumpliendo la voluntad de Dios no ‘como el quería’ sino como Dios lo quería.

Esta alegría, como ya lo dijimos, no es la única que experimenta quien ha venido a la misión, pero es ciertamente muy profunda, gracias a la cual podemos decirle a Cristo, citando nuevamente al P. Carrascal: “en medio de nuestra pequeñez, en medio de nuestras inconsecuencias, en medio de los mil desquites de nuestro eterno «barro mortal»: Lo hemos dejado todo por Ti”.

Me parecía bueno comentar un poco esto para recordar una vez más este hecho tan valioso de haber dejado todo por Cristo, que a la vez es fuente de especial alegría para nosotros.

Dios quiera que tengamos la gracia de mantener siempre vivo el entusiasmo y alegría de servir a Nuestro Señor en tierra de misión, como lo hicieron estos dos grandes misioneros, para dar mayor gloria a Dios y hacer que muchas almas lo conozcan.

En Cristo y María.

P. Esteban Curutchet, Tayikistán.

 

 

 


[1] Cuarenta años en el círculo Polar, P. Segundo Llorente, S. J., Ed. Sígueme, Salamanca 2004, 47, págs. 341.

[2]Si vas a ser misionero,  VI- Las alegrías del Misionero, P. Juan Carrascal, S. J., Editorial SAL TERRAE, Santander, España, 1957.

[3] Sabiduría de un pobre, Eloí Leclerc, Ed. Marova, págs. 129-130.

[4] En las desembocaduras del Yukon, P. Segundo Llorente, S. J., año 1948, pág. 31.

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