Por: P. Bernardo Ibarra, IVE

Queridos todos,

           Esta última parte de las Crónicas sobre las Islas Salomón es más bien una reflexión escrita en tres breves partes. Son, a decir verdad, tres buenas noches que pude predicar en nuestro seminario de Lipá.

            Espero que les sean de alguna utilidad.

  1. Un privilegio único

El P. Segundo Llorente fue un gran misionero. Pasó más de 40 años en Alaska yendo de un lugar a otro, visitando chozas, pequeños pueblos y ciudades. En medio de crueles y feroces tormentas, incesantes nevadas y viajes interminables, este sacerdote jesuita conquistó el mundo ártico para Nuestro Salvador. Y aunque sufrió lo indecible, aun así, dijo y repitió muchas veces que la vida misionera es un privilegio.

“La vocación misionera es una gracia especialísima, un como regalo inmerecido, que Dios hace al misionero y por el cual exige pruebas de amor y fidelidad, que tal vez no le hubiera exigido si no le hubiera escogido para misionero”[1].

La vida misionera es una gracia extraordinaria que Dios da a ciertas almas, a las que viste con el honor y el deber de extender su redención hasta los más lejanos rincones de la tierra. De aquí que nadie merezca ser misionero, porque nadie merece hacer la más alta y noble de todas las obras, que es la salvación de las almas.

“Un auténtico misionero del Verbo Encarnado sabe que ha sido elegido, tomado de entre los hombres para la más honorable misión de ‘ser instrumentos de salvación’. Porque está convencido de que ‘no trabaja por algo efímero o fugaz, sino por la obra más divina entre las divinas, que es la salvación eterna de las almas’”.

* * *

Estas cosas las había escuchado muchas veces, pero después de ir y pasar un mes en nuestra maravillosa misión de Waguina, en las Islas Salomón, puedo decir que estas palabras se me grabaron más vivamente; ser un misionero es un privilegio… una gracia inmerecida.

Durante las tantas veces que viajé a través de ese mar de azules oscuros, claros y turquesas, me di cuenta de que no merecía estar allí llevando a Cristo a esas personas, llevando los sacramentos y la Iglesia entera a esas almas que viven en hermosas casuchas dispersas por islas paradisíacas. Sentí que el trabajo que se me había encomendado estaba más allá de mis capacidades o, mejor dicho, que implicaba un honor y una distinción totalmente únicos, muy especiales y particulares, que yo no merecía en absoluto. Cuando celebré la misa en Tecos o en Sarana o cuando bauticé al recién nacido Paul en Beniamina, no caí en la cuenta, quizá, de que cumplía las palabras de Jesús literalmente, porque él nos ordenó bautizar y predicar el Evangelio a todas las naciones hasta los confines del mundo… Y toda esa inmensa zona de la provincia de Choiseul es exactamente el finis terrae.

Cuando Jesús pronunció estas magníficas palabras: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda la creación» (Mc 16,15), seguramente que pensó en la isla de Waguina, donde el Océano Pacífico abre su pecho y abraza la inmensidad y la soledad de los mares eternos, mezclando así sus azules con los azules del cielo. ¿Quién puede decir que merece cumplir las palabras de Jesús tan literalmente? ¿Quién puede creerse lo suficientemente preparado para predicar la palabra de Dios, enseñar el catecismo o administrar los sacramentos? ¿Quién puede decir que es capaz de ser el embajador de Dios ante esa simple pero robusta gente de Kiribati? ¿Puede alguien decir con razón que merece ser enviado a la misión, a las Islas Salomón?

A San Pablo se le profetizó que sería la luz de los gentiles y que traería la salvación hasta los confines de la tierra (Hechos 13, 47). Lo hizo, con sus escritos y enseñanzas, y llegó a la Península Ibérica. Pero nosotros lo hemos hecho mucho más literalmente… ¿Alguien tiene derecho a tal honor?

La vida misionera es una aventura, no sólo para el cuerpo sino también para el alma, cuyos beneficios redundan en favor de la gente, pero también, y muy especialmente, en favor del propio misionero, porque la fe se fortalece cuando se la da a los demás. En efecto, el misionero tiene innumerables oportunidades de crecer en santidad con prontitud y facilidad, porque el hecho mismo de cumplir con los deberes de la vida misionera, hace que el camino al cielo se allane de manera increíble.

¡Qué gran privilegio tiene el misionero! Es la niña de los ojos de Dios, porque a la vez que tiene el Cielo a la mano, lleva en sus hombros una empresa extraordinaria.

María fue una misionera extraordinaria… a ella le pedimos que estemos a la altura de la tarea encomendada.

  1. Todo para todos

Tecos es un lugar espléndido. Es uno de esos pequeños archipiélagos que rodean la asombrosa isla de Waguina y que están hechos de pequeños islotes y atolones. El mar allí tiene tantos colores como niveles de profundidad y está canalizado por las tantas islas que han sido plantadas por Dios como al azar.

Muchas familias viven en Tecos en casas dispersas. Plantan y cosechan algas marinas. Y en la más grande de todas estas islas, la gente construyó una capilla. No tiene nombre y está construida en la parte más alta de la isla, que no llega ni a los 20 metros sobre el nivel del mar. Desde la capilla la vista es increíble: el azul del mar, el verde de las islas y el sol ardiente, que lo llena todo con sus rayos.

La última vez que tuvieron una misa fue… bueno, en realidad no lo recuerdan. Dicen que el Padre Stanis, el párroco anterior, iba a veces a decir misa allí, pero de eso han pasado años. Por todo esto, entonces, decidimos celebrar una misa allí. Y lo hicimos, el 7 de noviembre del 2019 a las 3 de la tarde.

Al llegar con los monaguillos y las tres mujeres que serían el coro, me di cuenta de que la gente me había estado esperando desde hacía rato. Ellos habían preparado todo lo que tenían allí: una mesa con un mantel… No tenían nada más. El resto lo trajimos nosotros.

Empezamos la misa, y como siempre, desanudaron sus gargantas con un sinfín de hermosísimos cantos. El sermón lo tenía ya listo: predicaría sobre la parábola de la oveja y la dracma perdidas, cosa que me daría pie para hablar del amor que el Sagrado Corazón nos tiene. Comencé la homilía explicando lo que acababan de escuchar en el Evangelio: el pastor sale en busca de la oveja descarriada, aunque todavía tiene 99 otras. Y les volví a narrar cómo la mujer encuentra su moneda perdida. Pero mientras les hablaba, me di cuenta de que no me entendían. Con sus caras, de alguna manera, me preguntaban: “¿Oveja? ¿Qué es eso?”. Aclaré, entonces e inmediatamente, que la oveja es un animal del que la gente toma el pelo para hacerse abrigos. ¡Peor! No tienen idea de abrigos… para ellos esas cosas son sólo en las películas, si es que las han visto.

Pero Dios es tan bueno que justo en ese momento me dio una gran idea: «No hables de ovejas, habla de peces». Así que les dije: «Imagínense que están pescando solos con una red muy grande». Bastó decir estas palabras para que sus ojos se abrieron tan grandes como los de la lechuza. Y continué diciendo: “Imagínense que están pescando solos con una red muy grande, y tienen tanta suerte de atrapar 100 pescados. Están solos y mientras sostienen los dos extremos de la red con sus manos, tiran de ella hacia el barco. Y estando en tan difícil trance, de repente, un pez salta de la red y escapa. ¿Qué harían ustedes?”.

Todos me miraron y me respondieron con sus expresivos ojos de Kiribati: “Por supuesto que lo dejaré escapar”. Y les volví a preguntar: “¿Quién de vosotros irá a por ese pez que se escapó, dejando a los 99 solos?”. Recién ahí entendieron la parábola: “eso sería una locura… una locura total”.

Y estaba tan inspirado que volví a contar la parábola de la dracma: “¿Quién de ustedes se sumergirá 40 metros en el mar para buscar una moneda perdida de 50 centavos? ¿Pondrían el compresor, los tubos y arriesgarían sus vidas simplemente por una moneda de 50 centavos?” Y de nuevo, me respondieron con sus ojos: “eso sería una locura… una locura total”.

Y concluí el sermón diciéndoles: “Esta locura es la que Cristo tiene por nosotros. Somos la moneda perdida en el profundo mar, somos el pez que se escapa, y Jesús está tan loco que va detrás de nosotros gastando gasolina, tiempo y recursos, y dejando de lado otros 99 peces, sólo para atraparnos”.

* * *

Ese día aprendí una importante lección, que San Pablo ya la enseñó: «Me he hecho todo para todos, para salvar a algunos por todos los medios posibles» (1 Cor 9,22).

Una cosa que el misionero debe estar siempre dispuesto a hacer es ajustarse a ciertas circunstancias, costumbres y formas de hacer las cosas para que el mensaje evangélico llegue a la gente. Y aunque estas cosas puedan ser repugnantes para su gusto e inclinación natural, debe hacerlo, de todos modos, para que así el Evangelio pueda impregnar en la gente. Por eso San Juan Pablo II decía: “El Misionero debe renunciar a sí mismo y a todo lo que hasta ahora consideraba suyo, y hacerse todo para todos”[2].

Ahora bien, este trabajo de hacerse todo para todos implica un amor de amistad con las personas, y como la amistad, según Santo Tomás de Aquino, es «querer y no querer lo mismo»[3], implica también tener en común con ellos tiempo, ideas, sentimientos, deseos y costumbres, siempre que no sean pecaminosos ni conduzcan per se al pecado.

Allí en Waguina, experimenté una vez más la importancia de compartir cosas con la gente, especialmente el tiempo, visitando casas, sentándome con ellos en el suelo o incluso comiendo con la mano. Me di cuenta allí de lo valioso que era para los jóvenes que yo fuera a nadar con ellos al mar o al río y allí bucear o hacer carreras. ¡Cuánto disfrutaban de la presencia del sacerdote en sus actividades de todos los días! Qué gran alegría sienten cuando el misionero les pregunta sobre sus vidas, sus problemas y sus historias personales. Y al hacer esto, el misionero termina siendo muy familiar con ellos… ya no es un extranjero y es amado por ellos, y esto es muy importante. San Francisco Javier, el príncipe de los misioneros, diría a este respecto: «Por amor a Nuestro Señor, os ruego que os hagáis amar… porque no me conformaré con saber que los amáis, sino con saber que sois amados por ellos»[4].

* * *

Esa homilía en Tecos me abrió el alma y me confirmó en la necesidad de condescender con la gente y convertirme en uno de ellos. Sin embargo, esto debe hacerse sólo en la medida en que les ayude a ir a Cristo, porque sería inútil ser uno de ellos si esto termina siendo un daño para el misionero, como puede ser la pérdida de su propia identidad y misión.

Todo para todos implica también grandes sacrificios y mortificaciones, pero es precisamente esa renuncia la que hace fecundo el apostolado.

  1. El Amado de las Naciones

Una de las preguntas más difíciles que puedes hacerle a un Kiribati de Waguina es esta: “¿Cuántos años tienes?”. Normalmente no saben qué decir. Un chico grande[5], que parecía tener por lo menos 20 años, simplemente le preguntó a su madre: “Mamá, ¿cuántos años tengo?” … y la madre le respondió: “Perdí el cuaderno… no lo sé”. Después de discutir un poco, ambos acordaron que tenía 17 años. Para ellos saber su edad no es importante. ¿Qué beneficio te da el saber tu edad? ¿Podrías aumentarla o disminuirla por el hecho de saberla? Recordar tu edad no tiene ningún sentido…

Sin embargo, la mayoría de ellos ciertamente saben su edad, aunque realmente se toman su tiempo para decirlo, y encuentran alguna utilidad en tener este conocimiento básico, como poder entrar en la escuela, o casarse por la Iglesia. Sin embargo, muchos otros no le prestan atención… simplemente viven, o simplemente la adivinan cuando alguien les pregunta. Pero, sorprende en gran manera, que estas personas que no pueden recordar su edad o su cumpleaños, son capaces de retener en su memoria cientos de canciones y versos. Son capaces de cantar durante largas horas sin mirar ningún papel. Recuerdan, con toda naturalidad, largas oraciones y danzas, y son capaces de reconocer cualquier isla y acordarse del nombre de esta, aunque estén a varios kilómetros de distancia. Su memoria es impresionante.

Es aún más impresionante la forma en que cantan estas canciones y recitan estas largas oraciones que han estado en sus memorias durante varias décadas. Lo hacen como si fuera la primera vez que cantan esa canción, o recitan esa oración o bailan esa música. Su entusiasmo nunca se desvanece…

* * *

Sí, su entusiasmo nunca se desvanece… Y esta fue una gran lección para mí. Desde que llegué allí, los escuché cantar canciones a Jesús y María, que luego repetían todos los días. Nadie se irritaba ni se aburría. Cantan como si fuera la primera vez… la cantan con mucho amor. Sus prodigiosas memorias, unidas a un entusiasmo tan único, era en realidad una expresión exterior de su amor por Cristo y por la Virgen María. Cada vez que cantaban esas hermosas canciones me decía a mí mismo: “Esta gente realmente ama a Jesús” … Y con el paso de los días, más oraciones y más canciones eran cantadas y recitadas, y mi convicción de que Jesús es realmente amado por ellos, crecía y crecía.

Todo esto me hizo darme cuenta de algo que había pensado antes, pero que nunca le di demasiada importancia. Me hizo darme cuenta de que Nuestro Salvador es el deseado de las naciones, como el profeta Ageo lo dijo hace mucho tiempo (2,7). Jesucristo es el único que ha sido amado por miles y miles de generaciones de pueblos…, incluso en esas remotas islas. El atractivo y el poder de nuestro Señor es tan asombroso que incluso después de dos mil años, él es la persona más amada del mundo. No importa la cultura, el idioma, la geografía… Él es el deseado de todas las naciones, Él es el Amado.

En esas lejanas islas y arrecifes, como Tecos, Beniamina o Tema… o incluso en Arnavon o Sarana, nuestro Redentor sigue siendo el Deseado, el Amado. Es el más hermoso de los hijos de los hombres (Sl. 45,2). La belleza del mar y de la naturaleza tiene mucho que envidiar a nuestro Señor, porque, aunque él no es visible, de todos modos, es mucho más amado y apreciado que todos los mares y cielos.

Me lo he preguntado miles de veces: ¿Cómo es posible que aquí, en medio del Pacífico, a casi 14 mil kilómetros de Jerusalén, nuestro Salvador sea el rey de los corazones? ¿Cómo es posible que lo alaben y adoren tan vehementemente? ¿Cuál es la razón de tal amor?

La única respuesta que podemos dar, es que Él es el Dios que se hizo hombre por nosotros. Ha muerto por nosotros, se levantó de la tumba e intercede ahora por nosotros a la derecha del Padre. Él es el Dios enamorado… Por eso Él es el Amado de las Naciones. La única razón que le hace ser tan amado es que Él nos amó primero (1 Jn 4,9).

El amor que estos kiribatianos tienen por nuestro Salvador es sólo una respuesta al mayor y primer amor de Él. Por eso el misionero siempre debe tratar de aumentar el amor de Dios en la gente, haciendo evidente y manifiesto que Él nos amó primero, y que su amor es el mayor de todos los tiempos: nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos (Jn 15,13). Y al considerar estas cosas, me di cuenta de que el amor de Dios por esa gente de Waguina, y por cada hombre, es tan grande que debería movernos a no escatimar esfuerzos para hacerlo llegar a las almas. Si Él es el Amado de las Naciones, entonces cada alma es la Amada de Nuestro Salvador. Allí comprendí realmente que cada alma es amada por Dios exclusiva e individualmente y que todas las riquezas del universo y de la redención fueron hechas y conquistadas sólo por esa alma… sí, por esa alma que vive en medio de las dispersas islas de Waguina. Todo esto, entonces, hace de la tarea misionera una empresa de amor, que une al amado con el amante -Jesús con las almas, y las almas con Jesús. ¡Cuánto le agradece Jesús al misionero! Su anhelo de ser conocido y amado por el hombre, a quien ama tan tiernamente, es cumplido y realizado por el misionero. ¡Cuánto agradece el alma al misionero también! Su deseo de conocer y amar a Nuestro Señor es satisfecho por el mismo misionero.

El misionero tiene entonces muchas motivaciones para hacer su trabajo. El solo hecho de considerar el amor eterno que Nuestro Salvador tiene por cada persona y su deseo de ser conocido y amado, debería mover al misionero a sufrir cualquier dificultad por conseguir tan magnífico ideal, el de hacer que Jesús sea conocido y amado por las almas que redimió. De frente a este ideal, ¿qué es estar sin internet o con sólo unas pocas horas de electricidad? ¿Qué es el calor extremo y el sol ardiente? ¿Qué es el ruido de los vecinos y la ineficiencia de la gente? ¿Qué tan pesado puede ser el menú o el idioma? Todas estas cruces son tan ligeras como el aire, si consideramos el consuelo que da el poder llevar a Nuestro Señor a esta gente de Waguina.

* * *

Ahora que estoy aquí, lejos de nuestra isla, recuerdo sus canciones y mi amor por Dios y por la misión aumenta mucho… Y aunque no puedo recordar las letras como ellos, todavía recuerdo que Dios es realmente amado por ellos, y que ellos son realmente amados por Él… Él es el Amado de las Naciones y cada alma es la Amada de Nuestro Salvador.

P. Bernardo Ibarra, IVE

 

 

[1] En el País de los Eternos Hielos, p. 224.

[2] Redemptoris Missio, 88.

[3] De veritate q. 23, a. 8, sc. 2: »Amicitia est idem velIe et idem nolle». Cfr. Sent. IV; d. 48, a. 4, sc. 2.

[4] Cited by Juan Carrascal, Si vas a ser misionero, part IV, chapt. 9.

[5] Es Rafael, el hijo de Ana. Le puse ese nombre porque su nombre de Kiribati era impronunciable para mí.