Querida Familia Religiosa,

            La verdad es que no sé cómo empezar ni qué palabras usar para describir lo que, por gracia de Dios, he podido vivir en nuestra misión de las Islas Salomón. Ha sido un mes muy especial y del todo único. Un mes muy intenso, de mucha alegría y de muchos consuelos. Es difícil describirlo, porque ha sido un mes espectacular, increíble, magnífico… fue, de algún modo (la verdad que bien literalmente), mi primera misión.

            Había escuchado de ella anécdotas, cuentos y demás. Muchos me hacían temerla, o más bien respetarla. Pero cuando llegué allí y viví lo que les contaré, mi percepción cambió totalmente… Y aunque no he visitado muchísimas de las misiones de nuestro querido Instituto, me atrevo a decir que es una de las mejores. Es un orgullo para todos nosotros poder estar en las Islas Salomón, que es literalmente el confín del mundo. El Océano Pacífico se abre de par en par y parece ser infinito. Sus azules se mezclan con los azules del cielo y allí no más que mar y cielo.

            Dividiré esta crónica en cuatro partes:

  1. La primera será este relato de cómo llegué a nuestra misión,
  2. La segunda hablaré sobre el lugar dónde estamos, nuestra parroquia y misión,
  3. La tercera sobre lo que pude hacer allí durante mi breve mes, y
  4. La cuarta será algunas reflexiones alusivas.

La Isla Waguina, donde se encuentra nuestra parroquia

PRIMERA PARTE
Volando a las Islas Salomón

La primera vez que escuché hablar de las Islas Salomón fue cuando se hizo público que nos habían pedido misión allí. Fue en unas Buenas Noches. Estábamos en la capilla de nuestro seminario de Lipa. Apenas terminó el canto a la Virgen salimos derecho hacía el planisferio que cuelga en el pasillo para ver dónde quedaba semejante país.

Quedamos asombradísimos… “¡Está al lado de Papúa!… ¡en el Pacífico!” Estábamos muy entusiasmados con nuestra nueva misión. Y aunque todos pensábamos lo mismo, ningún se animó a decir que ya estaba considerando ofrecerse allí. O por lo menos así lo hice yo.

La segunda vez que apareció el nombre de estas lejanas y paradisíacas islas fue en un video del p. Nieto donde mandaba saludos por la Fiesta de San Pedro y San Pablo. Parece que el video fue grabado allí, ya que lo encabezaba una leyenda que decía: “Desde las Islas Salomón”.

Con el pasar del tiempo, más y más cosas escuchábamos decir sobre estas Islas. Oímos que el primer misionero y fundador de la misión, sería el p. Rubén Quisver que vendría desde la lejana Europa septentrional, que esta misión sería parte de nuestra querida provincia de Sheshán y que quizá alguno de los nuestros iría por un tiempo, etc.

Y así fue todo. Llegó allí el p. Quisver, quien al poco tiempo envío una hermosísima crónica alusiva al momento que vivíamos y que mostraba de lleno lo grandioso de ser misionero del IVE. En seguida algunos de nuestra provincia fueron allá, como los pp. Salvador Curutchet, Miguel Soler, nuestro querido provincial, y mis compañeros Víctor Gálvez y Jasper Santos.

Finalmente fue enviado también allí el p. Humberto Villa quien, luego de más de diez años en Guyana, llegó al Paraíso del Pacífico -como él gusta llamar a nuestra misión- para quedarse allí. Y, por último, yo.

 Bien, ¿cómo se llega a las Islas Salomón? No es tan difícil como podría parecer. Desde Manila basta tomarse un avión a Port Moresby, la capital de Papúa Nueva Guinea y de allí otro a Honiara, la capital de estas islas. Muy fácil. Son alrededor de nueve horas, nada más.

Y viajé las nueve horas. Salí el pasado 11 de octubre de Manila y llegué a Honiara un 12 de octubre. ¿Cómo no acordarse de Cristóbal Colón? Honiara fue para mí lo que América para él. La verdad es que me imaginaba Honiara como una ciudad más chica. Pero ciertamente era más grande. Sus habitantes son todos melanesios. Muchos de ellos tienen esa extraña cabellera rubia que desconcierta con su piel negra y a veces muy oscura.

Aeropuerto de Honiara 

Llegué a Honiara y tuve que esperar como dos horas en el aeropuerto, a que viniese algún cura salesiano a buscarme, como había sido lo acordado. Y lo gracioso fue que al ponerme a preguntar dónde quedaba el Colegio de Don Bosco, la gente no hacía más que señalarme a la distancia… y tenían razón, porque el Colegio no quedaba más que a cinco minutos caminando, y de hecho desde el mismo aeropuerto se veía perfectamente.

Al final pude llegar al Colegio gracias a que una hermana dominica, Teresa, de Samoa, se me acercó y se ofreció a llevarme en auto. Tardamos exactamente dos minutos. Llegué a la casa de los padres que trabajan en el Colegio y salió a recibirme el p. Angelo, que tiene muchos y largos años de misionero en Filipinas, Papúa y Salomón. Estaba feliz de recibirme y me hizo un paseo por Honiara. Visitamos The Holy Cross Cathedral, donde se conmemora la llegada de los españoles, que le pusieron este nombre salomónico a las islas, y el puerto. También visitamos la zona de Tetere, donde los salesianos tienen varios colegios y parroquias, el seminario diocesano, la cárcel, etc. Quedé encantado con Honiara. Mucho para hacer, para trabajar y para misionar. Pero lo mejor de todo fue la visita a Rurete. ¿Qué es Rurete? Bueno… no sabía qué era, ni tampoco lo supe luego de visitar tal lugar. Sólo lo entendí después del mes que estuve en nuestra isla Waguina. Al regresar del mes que pasé en la misión, volví a visitar este lugar y pude decir que lo entendí.

Rurete es, en breves palabras, un asentamiento kiribatiano en Honiara. O sea, es una comunidad de inmigrantes que viven en la capital para poder trabajar y llevar una vida más modernizada, pero no más civilizada. Allí viven varios de nuestros parroquianos que dejaron la isla de Waguina y se mudaron a la capital por un tiempo corto… y a veces muy largo. Allí vi por primera vez una Maneaba, escuché cantos en gilbertés y experimenté cómo vive un kiribatiano. ¿Gilbertés? Sí, ese es el nombre de su idioma, ya que los ingleses dieron el nombre de Islas Gilbert a lo que hoy se conoce como Kiribati. Es una de las tantas lenguas austronesias y una de las pocas que no está en extinción.

La comunidad kiribatiana de Rurete, en Honiara

Aclaremos un poco que nos estamos mareando: las Islas Salomón y Kiribati son países diferentes. Kiribati está situado en el medio del Pacífico y tiene la peculiaridad de ser el único país que se encuentra en los cuatro hemisferios. Un grupo de sus habitantes fue trasladado a las Islas Salomón, a la isla de Waguina. Allí tenemos la parroquia y con ellos trabajamos. Trabajamos con inmigrantes… Por eso el que llega a nuestra parroquia, llega de algún modo a un país dentro de otro. Ahora bien, algunos de estos kiribatianos se mudaron a Rurete, en Honiara mismo.

Aunque la visita a Rurete fue corta, me llenó de expectativas: “Estos son los que mañana mismo voy a ver en nuestra isla”. Les estudié los rasgos y escuché atentamente el gilbertés, que luego se me haría muy familiar y agradable. Palabras como mauri, howara, merurum y sapó me eran extrañas. Ahora no hacen más que recordarme ese fabuloso mes de misión en nuestra isla de Waguina.

Inmigración kiribatiana a las Islas Salomón

El día que siguió era el más esperado: llegaría a la misión. Volví al aeropuerto y esta vez me subí a un avioncito. Éramos 11 pasajeros. El avión podía llevar sólo 16. Me habían dicho que cuando uno sube allí, siente que está volando en un colectivo. ¡Y es verdad! Cuando despegamos y comencé a ver Honiara como si fuese una maqueta, me acordé del p. Segundo Llorente que una vez dijo: «Si quieres aprender a orar, súbete a volar». Y así que comencé a rezar. Pero Dios fue tan bueno, que el viaje fue muy agradable. Me llenó de mucho espíritu misionero.

El solo hecho de mirar esas islas, islotes y atolones desparramados por el océano, como si hubiesen sido sembradas por Dios a la marchanta, me llenaba el alma de deseo de visitarlas todas y de gritar con voz más fuerte que el mismo rugir del mar, que hay un Dios que murió por todos. Sí, que murió incluso por ellos, por esas almas que están como perdidas, que viven diseminadas por esos mares infinitos. Cada alma vale la sangre del Redentor. Él las tasó a semejante precio. ¿Cómo no hacer lo imposible por llevarlos a Nuestro Salvador?

Vista desde el avión

Fue un viaje de placer, ciertamente. Incluso logré dormirme por un rato. Y antes de llegar a nuestro destino, la isla de Kagau, sobrevolamos nuestra isla, la querida Waguina. Y vi lo que había visto detalladamente en los mapas: Beniamina, Nikumaroro, Aririki, Tekaranga, Tengeagea, la escuela primaria y la secundaria más metida en el bosque… y sobre todo la misión. La parroquia, el Jardín de infantes, etc. ¡Qué alegría! Se había hecho realidad llegar al confín del mundo, donde Dios nos dio una parroquia. ¡Cuánto le habrá gustado estar aquí a San Francisco Javier, o a la misma Sta. Teresita! Y Dios quiso dármelo a mí… Un regalo inmerecido. Y ahí mismo me vino a la memoria el tiempo en el Seminario Menor cuando repetíamos las palabras de Pemán: “¡Mientras exista un confín de tierra, sin adorar al que nos vino a salvar, la tierra no tiene fin!”

Vista aérea de Waguina

Mientras pensaba estas cosas, empezamos a descender. ¡Cómo se balanceaba el avioncito! De todos modos, yo casi que no le prestaba atención. Miraba el mar y sus colores innumerables. Miraba los arrecifes a los cuales nos acercábamos más y más, de tal modo que parecía que nos toparíamos con ellos, pero no fue así, porque aterrizamos perfectamente en la hermosísima isla de Kagau, el aeropuerto más lindo que vi en mi vida, aunque ciertamente el más pequeño.

Aeropuerto de Kagau

Bueno, a decir verdad, Kagau no es propiamente un aeropuerto. Es una isla que tiene pista de aterrizaje. Eso es todo. Hay unas casitas de unos caseros también. Una de ellas vendría a ser la terminal. Allí se pesan las valijas -y también al mismo pasajero- y se paga el sobrepeso. Cuando terminó el mes de misión y comencé el regreso a las Filipinas, la nostalgia que me embargaba fue aminorada un poco al tener que pesarme junto con mis valijas. Me dio tanta gracia y me acordé del pasaje del profeta Daniel cuando traduce las palabras escritas en el muro del palacio: “Tekel: has sido pesado en la balanza y hallado falto de peso” (Dn 5,27). Pero en Kagau sería lo contrario: “has sido pesado en la balanza y hallado con sobrepeso”. Pensaba yo que me harían pagar de más por los kilos que conseguí en nuestra misión. Ahí sí que se come bien. Los tiburones, tortugas, peces de arrecife, peces loro, peces-de-leche, calamares, langostas marinas, ostras, almejas de todo tipo y muchos otros frutos de mar junto con el abundante pan, arroz y verduras me habían hecho aumentar algunos kilitos, ciertamente. Así que en Kagau temí pagar
por sobrepeso.

Terminal Única

Entonces, aterricé en Kagau y antes de buscar las valijas me puse a ver si encontraba al p. Humberto Villa. “Debería estar por aquí”, pensé. Pero él no estaba. Cargué con las valijas y bolsos, que no eran para nada livianos. Llevaba muchísimos remedios, ropa, material de apostolado y un largo etcétera. Incluso pude llevar queso, jamón y dulce de leche. Pensaba que me iba a la luna… pero no era para tanto. Cargué con mis bolsos y me dirigí a la costa, pensando que en cualquier momento aparecería la lancha de la parroquia. Pero no hice más que cinco pasos cuando tres jóvenes se me acercaron y, sin decir ni una palabra, me agarraron los bolsos y cargaron con ellos. En seguida me di cuenta que eran nuestros parroquianos. No eran melanesios, sino kiribatianos. La diferencia es muy evidente. En lugar de tener el pelo ensortijado y afro con sus tonos que van del negro al rubio brillante, y una piel oscura, los kiribatianos tiene el pelo lacio y bien negro. Su piel es morena. Son fornidos y corpulentos. Altos y de muy buen aspecto. Pero como siempre, llevan la ropa a la miseria. Agujereada y desteñida… como cosa que no tiene importancia.

Los tres jóvenes, cuyos nombres son Paras, Umea y Baren, me llevaron a su bote. Cargamos las cosas y nos embarcamos. ¡Qué emoción! Subirse al bote y comenzar a navegar por esos mares del eterno Pacífico. Yo estaba felicísimo y lo preguntaba todo. “Esa isla… ¿cómo se llama?, ¿y esto?, ¿y aquello?”. Los tres jóvenes, más el capitán de nuestra pequeña lancha y los otros tres pasajeros-una señora con un bebe y una niña, Ana- me miraban como si fuese un extraterrestre. No por mi aspecto -aunque podría haber sido también- sino por las miles de preguntas que les hice en nuestro corto trayecto de media hora. Habrán pensado que caí de la luna y que por primera vez veía el mar, o algo así. Ellos balbuceaban un inglés inentendible. Luego me dijeron que no es inglés, sino el famoso pidgin, el idioma común que se habla tanto en Salomón como en Papúa. Broken English, lo llaman ellos. Yo lo llamaría apenas English. De todos modos, esto me hizo pensar luego, que, en mi primer viaje en lancha, allá en Oceanía, tuve como compañeros de tripulación a varios políglotas, porque hablan pidgin y gilbertés.

¿Y el p. Humberto? Me había olvidado de que supuestamente él debería haberme buscado. Yo creí que esos jóvenes habían sido mandados por él. Pero no había sido así. Así que cuando cruzábamos esos mares con sus miles azules, vimos pasar a lo lejos el bote de la parroquia en dirección opuesta. Movimos las manos, gritamos, pero todo fue en vano. El p. Humberto iría a Kagau y simplemente se volvería sin haberme encontrado. Después nos reiríamos por nuestro desencuentro.

Después de unos veinte minutos de preguntarlo todo comenzamos a ver a Waguina a nuestra izquierda. La estábamos bordeando. Vi las casas de Tengeagea sobre esa orilla de rocas volcánicas y enseguida el río que nos llevaría dentro de la isla. Lo remontamos y ya estábamos en Waguina. Llegamos a la parroquia.

Llegando a la Isla de Waguina

Un grupo de niños se me acercó, curiosos y cariñosos. Había llegado a la misión del Sagrado Corazón. Bajé del bote y me dirigí a la casa. No había nadie… había que esperar la llave que la tenía el p. Humberto, que supongo que en ese momento estaría buscándome en Kagau. Y mientras esperábamos, me encontré con Michael, el catequista de la misión. Hombre instruido y muy devoto. También aparecieron Agustine y John, hombres de la parroquia. En seguida, ahí mismo en la puerta, saqué el libro de lecciones de gilbertés que le traía al p. Humberto y les balbuceé unos saludos: Ko na mauri?. Para sorpresa mía, me entendieron… estaban felices. Yo también.

En eso llegó el p. Humberto. Entramos a la casa, me mostró mi cuarto y nos pusimos a charlar. ¡Ya estaba en la misión! ¡Había llegado!

Esa misma noche me hicieron una comida y festejos de bienvenida. ¡Cuánta gente se reunió! Hubo discursos, música y muchos bailes tradicionales y no tan tradicionales. Me agasajaron sobremanera, como si me conociesen de toda la vida, o como si les hubiese hecho un favor inmenso. Esa noche, la primera noche en Waguina dormí protegido por mi tela mosquitera. Costó conciliar el sueño… habían sido muchas las nuevas impresiones vividas. Agradecía a Dios tantísimo el poder estar ahí, acostado en esa casa de madera en el confín del mundo. Me sentía muy privilegiado y sin merecerlo. Y ponderaba mucho lo que es ser sacerdote, porque por el simple hecho de serlo, esta gente me trató a cuerpo de rey. Es que no era yo el que había llegado… Era la Iglesia entera, el Instituto y el mismo Jesucristo el que llegó conmigo, porque todo esto se hace presente en cada sacerdote misionero: somos signos sacramentales de Cristo (CIC 1087).

Fin de la primera parte

P. Bernardo Ibarra, IVE

7 de diciembre de 2019

Lipa, Filipinas