Un “frontis” para el altar

Cuando uno entra a un templo católico, no cabe duda que el altar es la parte sobresaliente del mismo, es el centro y el corazón de toda la iglesia, donde se actualiza el mismo Sacrificio de Cristo.

Por eso, la Iglesia, desde antiguo, se ha preocupado de que fuera de piedra (porque el altar es Cristo, la Roca), lo  ha consagrado mediante la unción con el santo Crisma, lo ha adornado con decoro y dignidad, iluminándolo con cirios, hermoseándolo con flores y con artísticos frentes, deponiendo debajo de él, las reliquias insignes de los mártires y santos, porque sobre el altar, yacerá en la patena, envuelto en las blancas especies eucarísticas, el mismo que la Santísima Virgen envolvió en pañales y depositó sobre el pesebre.

El altar es el ara del Sacrificio, donde se renueva de manera incruenta el mismo sacrificio de Cristo en la Cruz y es también la mesa del Banquete celestial. Así lo leemos en la Introducción al Misal (nº 296): “El altar, en el que se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos sacramentales, es también la mesa del Señor, para participar en la cual, se convoca el Pueblo de Dios a la Misa; y es el centro de la acción de gracias que se consuma en la Eucaristía”.

¡Nadie puede dudar que sobre el altar sucede lo más importante!

En el nº 299 de la misma Introducción al Misal, se aclara que: “el El altar, sin embargo, ocupe el lugar que sea de verdad el centro hacia el que espontáneamente converja la atención de toda la asamblea de los fieles”. Y en el nº 303 dice que el altar debe ser “fijo” y “artísticamente acabado”.

Hemos comenzado esta crónica reflexionando sobre la importancia del altar porque hace un mes, en la parroquia “Jesús el Buen Pastor”, a cargo del IVE en Santiago (Chile), gracias a la Divina Providencia que nos puso en el camino un generoso benefactor, buscamos de embellecer el presbiterio y de manera especial el altar de la Iglesia, al cual le agregamos un “frontis” realizado en bronce, repujado y cincelado, cuyas medidas son: 3 metros de ancho, por 94 centímetros de alto, obra del orfebre chileno Luis Badillo Gaete.

Es importante destacar que la parroquia se ubica en el barrio conocido como “El Castillo”; según el diario chileno “La Tercera” del 17 de octubre de 2017, “El Castillo” es considerado uno de los barrios más críticos de la ciudad de Santiago. Se trata de un sector en donde sus habitantes sufren mucho a causa de la venta y consumo de drogas, lo que a su vez produce el aumento de violencia, asesinatos y robos. Sin embargo, en este humilde barrio, hay muchos católicos fervientes que aman y defienden su fe católica.

Algunos nos criticaban el realizar una obra de esta envergadura en un sector tan inseguro y tan vulnerable, pero gracias a Dios nunca dudamos en hacerlo, así lo hemos aprendido de nuestra querida Congregación y de su carisma: “evangelizar la cultura”. Como enseñan nuestras Constituciones (nº 30-31): “… todos sus miembros deben trabajar, en suma docilidad al Espíritu Santo y dentro de la impronta de María, a fin de enseñorear para Jesucristo todo lo auténticamente humano, aún en las situaciones más difíciles y en las condiciones más adversas”. Cuando estudiábamos en el seminario de “el Chañaral” o “la Finca”, allá por el año 1990 nuestros formadores nos enseñaban: “para la gente sencilla y humilde, lo mejor”.

Iglesia antes

Presbiterio anterior

Presbiterio actual

El “frontis” del altar

Para que se pueda apreciar mejor la obra pasamos a describir algunos detalles:

Descripción del “frontis” del altar

  1. El Pelícano

En el centro encontramos la imagen del “Pelicano pio” o “Pelícano bueno”, en latín “Pie Pellicane” que alimenta a sus tres pichones.

Se trata de uno de los motivos más antiguos de la iconografía cristiana, de hecho, aparece representado prácticamente desde los inicios del cristianismo.

El pelícano, cuenta la historia (recogida incluso en el Physiologus, un texto del siglo II d.C.), para evitar que sus polluelos mueran de hambre, en tiempos de escasez hiere su pecho con su propia boca y les alimenta con su propia sangre.

En vista de esta tradición, es fácil entender por qué los primeros cristianos adoptaron el motivo del Pelícano como símbolo de Cristo, el Redentor que da su vida para sacar a los suyos de la muerte que es el pecado y que los alimenta con su propio Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía.

El Pelícano es símbolo de Cristo, y no solo eso, sino que es uno de los símbolos más significativos y conmovedores.

Para quien entra en una Iglesia y ve con ojos de fe la imagen del Pelícano, inmediatamente se hace presente en su alma el mensaje de amor de Cristo crucificado, que se entregó a la pasión y muerte de cruz por cada uno de nosotros (Gal 2, 20). La sangre que el Pelícano ofrece a sus pichones representa el Cuerpo y la Sangre de Cristo ofrecidos en sacrificio para la salvación del género humano y por eso mismo es también imagen de la Eucaristía.

En la imagen del Pelícano también se manifiesta el mensaje profundo de Cristo: de darse a sí mismo por los hermanos, esta imagen hace visible cuanto dijo el mismo Cristo (Jn 15, 3): “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

Es por eso que la imagen del “Pelicano” la encontramos en numerosas obras de arte: esculturas, bajorrelieves, pinturas, vitrales e incluso en textos literarios.

San Agustín comentando el salmo 101 hace un paralelo entre Cristo y el Pelícano. También el Dante, en su Paradiso, se refiere a Cristo como “nuestro Pelícano”, y el mismo Shakespeare, en su Hamlet, en boca de Laertes, hace referencia a la leyenda del pelícano: “¡Oh! A mis buenos amigos yo los recibiré con brazos abiertos, y semejante al pelícano amoroso, los alimentaré si necesario fuese con mi misma sangre”.

Es sobre todo Santo Tomás de Aquino en su insuperable himno eucarístico el “Adoro te devote” quien señala a Jesús como el “Pelícano Pio”:

Pie pellicane, Iesu Domine,

Me immundum munda tuo sanguine.

Cuius una stilla salvum facere

Totum mundum quit ab omni scelere.

Que según la traducción de Carlos Saenz reza así:

Pelícano Pío, sangrante Jesús,

Límpiame tu sangre vertida en la cruz,

Que con una gota de aquella pudiste

Redimir al mundo, y entera la diste.

2. Los Sagrados Corazones

Mirando al altar, a la izquierda del Pelícano, se encuentra el Sagrado Corazón de Jesús, que nos recuerda los dolores del alma, los sufrimientos del corazón de Jesús en su Pasión, dolores más grandes y misteriosos que los dolores físicos; dolores y desolaciones del alma que acompañaron a Jesús durante toda su Pasión, pero que se manifestaron de manera especial en el Huerto de Getsemaní.

A la derecha del Pelícano se encuentra el Sagrado Corazón de María atravesado por siete espadas, que recuerdan los siete dolores de la Virgen; Ella con sus dolores también sufrió por nosotros y por nuestra salvación, por eso la Iglesia le da el honorable título de “Corredentora”.

3. Algunos elementos de la Pasión

Coronando el Pelícano aparece la Cruz de Cristo con los poderes, y en los cuatro ángulos del altar, encerrados en pequeños círculos aparecen algunos instrumentos que nos recuerdan distintos pasos de la Pasión: los tres clavos, los flagelos, la corona de espinas y el gallo que recuerda principalmente las negaciones de Pedro, pero también el abandono de sus amigos y la traición de Judas.

4. Columnas

Cuatro columnas que llevan grabadas las iniciales de los cuatro evangelistas, los cuales nos transmiten los dichos y hechos de Jesús, en particular los relatos de la Institución de la Eucaristía (Mateo, Marcos y Lucas) y el discurso del Pan de vida (Juan).

5. Racimos, uvas, hojas, flores y otros frutos

Adornan el frontis racimos de uva y debajo y por sobre las columnas espigas de trigo, elementos de los cuales surge la materia del sacramento de la Eucaristía, el vino de uva y el pan de trigo. Encontramos hojas de distintas especies y flores como la flor de lis (debajo del Pelícano) y rosas que coronan el Corazón de la Virgen. También hay frutos como granadas y piñas que simbolizan los frutos que deben dar aquellos que permanecen unidos a Cristo.

6. Iniciales de los Institutos

Las iniciales de los Institutos del Verbo Encarnado (VCFE) y de las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará (SSVM), grabadas en el bronce del frontis, para que todas las misas que se celebren allí, también se celebren por todos los miembros de nuestra querida Familia Religiosa.

Para terminar, dos cosas, primero, queremos agradecer a nuestro querido Instituto del Verbo Encarnado, ya que de él hemos recibido eso que llamamos los elementos no-negociables entre los cuales encontramos: «La digna celebración de la Santa Misa». Gracias por habernos inculcado la importancia que se le debe dar a la celebración de la Santa Misa, así como por el modo reverente de celebrarla. Gracias por habernos enseñado el énfasis que se le debe dar a la vida litúrgica. Y gracias por habernos transmitido una marcada devoción eucarística.

En segundo lugar queremos agradecer a la familia Gutierrez que generosamente ha colaborado para poder concretar esta obra de arte, recemos por ellos y por todas sus intenciones.

En el Verbo Encarnado y su Madre María Santísima.

P. Marcelo Cano, VE; P. Enzo Cuenca, VE y P. Rodrigo Pizarro, VE (misionero en “El Castillo” hasta marzo de 2018)

H:\Chile\Fotos\2018\Altar - frente\IMG-20180514-WA0010.jpg

1 Comentario

Deja un comentario