Por: P. Diego Cano, IVE

Ushetu, Tanzania, 4 de febrero de 2020

En enero pasado pude celebrar otro aniversario como misionero en estas tierras. No son muchos años, si los comparo con tantos otros misioneros, pero por cierto que da gusto recordar estos hechos que han marcado nuestra vida. Los jubileos son oportunidades para dar gracias a Dios por todo lo vivido y por tantas gracias recibidas, son ocasiones de examinarse para tratar de mejorar y de no volver a cometer los mismos errores. Es muy buen momento para ver la gran misericordia de Dios, que a pesar de tantos y tantos defectos y limitaciones, quiere hacer su obra por medio del misionero. Un nuevo aniversario es ocasión de renovar propósitos, como cuando recordamos el día de nuestro ingreso al seminario menor, o a la vida religiosa, el día que recibimos la sotana o que hicimos los primeros votos, el día de la ordenación sacerdotal o de los votos perpetuos, el día de la primera misa… tratar de recordar, y preguntarse: ¿qué le prometí a Cristo ese día? ¿Qué deseos alimentaban mi corazón? Siempre me gusta recordar el día que me despedía de mi madre para ir al seminario menor, ¿qué iba pensando en el colectivo que se alejaba de la estación mientras veía por la ventana a mi madre saludando… despidiéndome? Me gusta pensar ¿qué le dije a Cristo el día que lo recibí por primera vez en la Eucaristía? Era chico, pero puedo recordarlo. Y qué decir de esos pensamientos, como el del día de la ordenación sacerdotal, y sobre todo la primera vez que pronunciamos las palabras de la consagración con la hostia en nuestras manos… ¿cómo golpeaba el corazón en nuestro pecho con deseos de santidad, de ser misioneros, de ser mártires?
Una introducción demasiado larga para contarles que hace siete años que estoy en Tanzania, o mejor dicho, en Ushetu. Sin embargo, como un nuevo aniversario, me sirve para ver cuánto ha hecho Dios en estos siete años en esta misión; me sirve para reflexionar sobre mis faltas, miserias y errores, pero con una mirada agradecida por la misericordia de Dios. Puedo aprovechar para tratar de recordar cuáles eran los anhelos e ideales que alimentaban mi alma en esos primeros días en África. Creo que si hay algún misionero que se tome el tiempo de leer estas líneas, podrá afirmar conmigo que siempre, al hacer el balance, al mirar para atrás, nos quedamos admirados al ver tantos beneficios de Dios, y las maravillas que ha realizado. Por más que se pueda tener siempre adelante dificultades y desafíos, y aunque a veces parece que los problemas no nos dejan avanzar… sin embargo, al mirar los años entregados en la lucha, vemos que se ha avanzado, y mucho. Podemos tener experiencia de que Dios escribe derecho en renglones torcidos, como nos enseñaron siempre. Y en definitiva, podemos decir como San Pablo (¡con cuánta propiedad lo dice un misionero!), que “con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte.” (2 Co 12,9-10)

El 19 de enero pasado pude celebrar mis siete primeros años aquí nada menos que con 100 primeras comuniones. Fue un regalo fantástico de Dios, que me hace pensar… ¿de qué me quejo o por qué cosas me lamento? ¿No veo acaso esas maravillas de Dios? Pienso que por cada una de esas almas, de esos niños y jóvenes, vale la pena hacer todos los sacrificios… como nos los enseñó Cristo. Recuerdo ahora, precisamente en un aniversario, las palabras del Beato Pablo Manna que he repetido muchas veces, pero particularmente en aquellos días en que me preparaba para dejar mi tierra para venir a esta misión… “El Crucifijo nos hizo misioneros”. Y debo recordarlo a menudo. Por eso un aniversario me ayuda, y el escribirles esto que aquí escribo también me ayuda. Allí estaban ése domingo ante mí… una larga fila de 100 primeros comulgantes, las niñas con vestidos blancos, sencillos pero muy elocuentes de la pureza de alma… los niños con su vestimenta tan “seria” de camisa blanca y pantalón negro… muy remendado. Todos ellos con las manos juntas y mirando con gran atención, y uno a uno, con todo el tiempo del mundo, fui depositando en sus bocas el Santísimo Cuerpo de Cristo. ¿Me imaginaba algo así hace siete años atrás? Apenas si entendía lo que me querían decir, y me sentía como “mareado” y “tonto” en aquella ocasión. Pero Dios paga mil veces, mil por uno, cada pequeño sacrificio.

Aprovecho a dar gracias, y a pedir perdón, a ustedes… ya que en estos siete años he podido escribir más de 300 crónicas. Le doy gracias a Dios, y pido perdón por los errores y las inexactitudes que encuentren en estos escritos. No son tratados, sino simplemente relaciones de la pobre experiencia de un misionero nuevo. Muchas veces pensé en dejar de escribir, y otras tantas, de una manera u otra, Dios me mostró que no era lo que debía hacer. Muchas veces, y tan sólo pensando en las reglas de discernimiento de San Ignacio, por el “agere contra” (hacer la contra al diablo) es que me sentaba a tratar de ir llenando páginas, y hacer un bien aunque sea a un alma desconocida. Aquí tienen una buena “maroma para colgarme” como decía el P. Llorente… esta maroma alcanza y sobra, como que puedo contar, como otra maravilla impensada, que ya podrán encender una montaña de más de 600 páginas A4 para calentarse en algún invierno, con las crónicas que repiten una y otra vez lo mismo. Pues aquí va otra, para cantar las glorias de Dios y nuestros yerros… como nos anima el Divino Impaciente, a no dejar de escribir “por menudo” las andanzas y sucesos.

Mil gracias a ustedes, empezando por mi familia, la de sangre y la Familia Religiosa; pero a todos en general, los que han rezado y rezan, para que sigamos ¡Firmes en la brecha! con la gracia de Dios. Que cada vez que escribo esta frase de despedida, es un deseo, un desafío, y una oración.

P. Diego Cano, IVE