Querida Familia Religiosa:

Con algo de retraso os mandamos desde el Estudiantado Internacional Santa Teresa de Jesús, Italia, esta crónica del traslado de la comunidad desde la ciudad de Tuscania a la cercana ciudad de Bagnoregio.

Que los caminos de Dios no son los nuestros, eso lo tenemos muy claro y más habiendo vivido y dado vida a un momento singular de la historia del Instituto: el traslado de todo un Estudiantado. Si santa Clara nos ha acogido durante cinco años y medio en el hermosísimo e histórico monasterio de San Paolo della Croce, en Tuscania, no ha faltado otro santo franciscano que le hiciese la competencia, y así, como quien no quiere la cosa, nos encontramos ahora viviendo en la tierra de San Buenaventura, en el convento de San Francisco, donde pasó sus vacaciones San Maximiliano María Kolbe y han vivido durante décadas fervorosos frailes, entre ellos un español mártir de la Guerra Civil. ¡No está mal!

Podríamos limitarnos a decir que nos trasladamos aquí, pero eso sería contrario al espíritu religioso que nos empuja a no olvidar los beneficios del Señor y a benedecirle por ellos. Así pues, veamos con calma cómo fueron aquéllos días de trajín y de vaivén.

Nuestra Provincial, la Madre Doliente, vino un día a visitarnos y después de comer nos dio la notícia impensable del inminente “cambio de aires”; la recibimos con sorpresa y alegría, porque la Voluntad de Dios es siempre amabilísima. ¡Qué emoción, nos cambiamos de casa!, se oía decir por los pasillos a todas horas. ¿Cómo será Bagnoregio?, era otro estribillo que se escuchaba con frecuencia. Después de las vacaciones de Navidad, avisadas ya nuestras familias, nos dispusimos mentalmente a afrontar el momento del cambio. Mientras las hermanas de primero y segundo año estudiaban para los exámenes que estaban al caer, las del tercer año in fieri desmonataban la casa de arriba a abajo, subiendo y bajando a pedazos –y alguna valiente, de una pieza- camas, armarios, mesas, sillas y todo lo que vuestra fantasía alcance a imaginar. Poco a poco, el convento fue vaciándose hasta quedar casi en la desnudez.

SSVM-bagnoregio-italia-estudiantadoLa Madre Salut, junto con un escuadrón de hermanas bien generosas y trabajadoras, pasaron algunas semanas en el nuevo convento limpiando a conciencia los enormes pasillos, numerosos baños e incontables habitaciones. Las que hacían los exámenes tenían que concentrarse, si bien era difícil porque hacían falta muchas manos para llevar a cabo el traslado con agilidad. Recibimos también la visita de la Madre Siempre Virgen, Superiora de la nueva casa de formación monástica que se inauguraría en nuestro antiguo convento…; viéndola hablar con la Madre Doliente de cómo iban a disponer el monasterio, tomábamos mayor conciencia de que nos íbamos de allí. Eran también los últimos días con nuestra querida Madre Šiluvá; quisimos exprimir el tiempo y no desaprovechar ni un momento para estar con ella. Mirábamos con sentimientos mezclados los muros de nuestro amado monasterio, la silla de San José, el claustro encantador, el jardín amurallado y anchísimo… Quienes vivimos en Tuscania al menos un año, nos deteníamos a veces a suspirar con cierta tristeza: toda nuestra vida allí iba a terminar muy pronto. Hay que decir también que el ajetreo nos tuvo bastante distraídas. Así, de golpe y porrazo, nos percatamos que en unos días estaríamos dejando Tuscania. ¡Qué rápido se pasó! Por grupos, las hermanas fueron trasladándose a Bagnoregio, de modo que cuando llegaban los coches llenos, todas se ponían a vaciarlos. A finales de enero partió el último grupo y el imponente monasterio quedó atrás, silencioso, todo para quienes de iuris lo habitan y cuidan ahora.

Pero, mientras tanto, ¿cómo era la situación en el convento de San Francisco? Así como se vaciaba la choza de santa Clara, se llenaba la del pobrecillo de Asís, y nos parecía vivir en un almacén donde ex nihilo aparecían cajas y más cajas, objetos varios, comida y bolsas. Estaba pasando un huracán, pero teníamos que dejarlo todo como un palacio en pocos días: se acercaba la fiesta de la inauguración del día 4 de febrero, en la que íbamos a contar con la presencia del señor Obispo, Mons. Lino Fumagali y un buen número de invitados, viejos amigos y nuevas amistades, hermanas, Madres y sacerdotes de nuestro amado Instituto. Así pasamos algunas jornadas limpiando, ordenando, volviendo a limpiar, volviendo a ordenar; llegaban contínuamente furgonetas cargadas con cosas, una infinidad de cajas con libros. El enorme convento, además, presentaba no pocas carencias: el contador de la luz saltaba (y sigue saltando hoy) cuando superamos el límite de energía eléctrica que permite la instalación, y no es raro que la casa entera se quede sin luz. ¡Cuántas expediciones a oscuras que hemos tenido que hacer por la casa hasta llegar al contador eléctrico, con velitas y linternas, siempre conservando la luz de la alegría por ser pobres!

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El agua caliente se toma también sus “momentos de retiro”… Las primeras semanas no fueron fáciles dadas las temperaturas de este lugar campestre, aunque en éstos momentos gozamos de un clima agradable y un sol esplendoroso. Volviendo a los días previos a la fiesta inaugural, como siempre la Providencia terminó lo que nosotras empezamos y para la inauguración la casa quedó presentable y bien limpia, lista para ser visitada.

Fueron muchas las personas que, animadas por don Marco, párroco de la iglesia a la cual está anexada el convento, colaboraron generosamente con la fiesta: nos trajeron pastitas, tartas, bebidas… un refrigerio preparado por ellos mismos o que donaron varias empresas y supermercados. Lo que más nos impresionó fue el número de asistentes a la santa Misa. La iglesia es grande, pero apenas unos minutos antes de que iniciase la celebración, ¡no cabía nadie más! La gente se agolpaba en la puerta, muchos estaban de pie; había niños, jóvenes, familias, ancianos, otras religiosas que viven en Bagnoregio… La acogida fue calurosa y muy familiar. El señor Obispo bendijo el ingreso del convento y allí mismo nos presentamos a los invitados y les ofrecimos un fogón de cantos internacionales, según la realidad de nuestra comunidad. Muchos veían por primera vez a tantas jóvenes religiosas cantar y festejar. Las señoras sacaban sus móbiles y grababan todo el fogón mientras cantaban y sonreían maravilladas. Fue una bienvenida que no olvidaremos ni ellos ni nosotras.

Pero la simpatía no quedó allí: desde que estamos en Bagnoregio, no hay día que no lleguen benefactores con pan, pizza, fruta, verdura, muebles, ropa, mantas y demás cosas que siempre hacen falta. Ha corrido la voz de que éstas monjas lo aceptan todo (así nos ha referido una bagnorese) y tenemos ya una red de buenas amistades con quienes contamos regularmente. El apostolado incipiente promete: a menudo entran las personas simplemente a estar con nosotras, tomar un café y charlar, y los sábados visitamos a varios ancianos en sus casas. Niños y mayores nos saludan por la calle, varios laicos han empezado a frecuentar la Misa de comunidad de Domingo, y contamos para la Misa del jueves con la asistencia de los padres de la Fraternidad de la Bienaventurada Virgen María, religiosos vecinos nuestros, así como con la ayuda material de las hermanas de otras Congregaciones. En pocas palabras, Bagnoregio nos ha acogido con cariño y gestos concretos de caridad y solidaridad.

Agradecemos como siempre al buen Dios que nos lleva de su mano para el bien de la Iglesia, y que por intercesión de los santos, sobretodo de San José y de San Buenaventura, ha dispuesto para nuestras comunidades este conventito singular y familiar en el que deseamos y nos esforzamos por crecer en santidad según nuestro carisma, como buenas hijas de la Iglesia, y de nuestro Instituto, para la gloria de Dios y la salvación de las almas. Que la Virgen de Luján nos guarde.

Hermana Maria Gloria de la Creu.

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