Estaba terminando de escribir esta líneas sobre los orígenes del misionero leonés cuando ví en Misiones IVE  las fotos de su fin terreno, acompañadas de la excelente reseña de su hermano Amando. Pensé “tendría que haber sido a la inversa… primero su nacimiento y luego su muerte… así se escribe la historia”. Por supuesto, estamos salvos porque nuestra intención no es relatar historia, sino simplemente compartir algunas buenas nuevas. Entonces, aunque un tanto demorada, aquí va mi crónica.

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Hace un tiempo tuve la gracia de estar en España la Católica, la España que llevó la fe a América, inclusive a Alaska. Y logré ir hasta León para visitar la tierra natal del P. Segundo Llorente. Llegué pasado el mediodía a una residencia de sacerdotes ancianos, donde viven unos 50 aproximadamente. Por ser domingo almorzaban más tarde y alcancé a compartí con ellos la comida. Al contarles cuál era el motivo por el que estaba allí, durante la sobremesa me presentaron al sacerdote que “más sabe de Segundo Llorente”. ¿Por qué en ese lugar es el “que más sabe”? Porque fue párroco durante 27 años de Mansilla Mayor, pueblo pequeño cerca de la ciudad de León, de donde es oriundo el misionero. Fue él, el P. Felipe, quien lo recibió en su primer regreso a España luego de 33 años de ausencia y también cuando volvió unos 10 años más tarde. En su primer viaje, el P. Segundo estuvo unos 9 meses aproximadamente en España. El motivo principal fue la encomienda recibida por sus superiores de presentar su testimonio y de este modo promover vocaciones misioneras. Por esta razón, durante su estadía viajó a distintas ciudades dando conferencias y predicando. Igualmente el P. Felipe tuvo sobradas oportunidades de compartir con él.

Conversamos un momento e inmediatamente me contactó con un sobrino directo del P. Llorente que providencialmente es quien vive en la casa natal. Un par de horas más tarde, nos pasó a buscar por la residencia al padre y a mí y fuimos hasta Mansilla Mayor, que está a unos 20 minutos de León.

Ingresamos a la casa, que en su estructura se conserva exactamente tal cual era durante la infancia del misionero. Pocos tiempo antes había conocido esa prédica del padre en la que hace referencia a su casa paterna: “Y la casa es distinta en distinta ocasiones de la vida. Cuando luego de 30 años se vuelve a la casa donde uno nació, ¡qué cosas! ¡qué cosas! Vuelve uno y allí no están los padres. Allí viven nietos que uno no había visto nunca. La casa no es lo mismo el día de un bautizo, una boda, una fiesta grande, el día de un entierro. La casa huele diferente, tiene color distinto, es una cosa distinta”.

Fachada de la casa natal del p. Segundo Llorente

 

Luego, sacó de un antiguo modular que está en el comedor, un álbum exclusivo de fotos que tiene celosamente guardadas. Me fue explicando una por una, relatando varias anécdotas y ‘retroalimentándose la memoria’ recíprocamente con el padre Felipe. Entre otras cosas, el padre afirmó que la mamá del P. Segundo era una mujer santa. Él le dijo al Obispo unos días antes que “Segundo era un santo, pero su madre no lo era menos”. La conoció mucho y la asistió en su lecho de muerte en el año ‘56. Ese episodio se ilumina más con lo que el mismo P. Segundo escribirá un tiempo más tarde: A la hora de la muerte la presencia de sus hijos y nietos fue para ella un gran alivio; pero allá en lo inte­rior de su alma fue mayor el alivio que recibió con la presencia invisible de sus hijos de ultramar dedicados a ex­tender el Reino de Dios en las almas del conti­nente ame­ricano. Confortada con todos los Sacramentos recibi­dos en plena lucidez, entregó su alma a Dios el 3 de octubre de 1956. Hasta entonces ya la encomendaba a Dios en el «mem­ento de los vivos» de mis misas; ahora lo hago en el «memento de los muertos». Hacía veintiséis años que no nos veíamos. Menos mal que el cielo es eterno y allí no hay años” (“Así son los esquimales”, cap II).

La mamá de este sobrino era la hermana preferida del P. Segundo, según dijeron. De hecho, ella fue la única de entre los hermanos que viajó hasta Estados Unidos a visitarlo; un dato que también el P. Segundo menciona en una de sus cartas a las carmelitas. Luego conocí a otra sobrina, ya una señora mayor. Ella tiene las llaves de la Iglesia, entonces nos acompañó y como el P. Felipe fue el párroco decenas de años, recibí detallada explicación del templo, que también se conserva casi tal cual como cuando el P. Segundo vino de visita. La parroquia está dedicada a San Miguel Arcángel.

Parroquia de Mansilla Mayor

 

Pila bautismal donde fue bautizado el p. Llorente

 

P. Segundo, P. Felipe, P. Amado

 

Cuando regresamos a la residencia sacerdotal, también el P. Felipe me develó su propio secreto: otro álbum de fotos, según él “exclusivísimas”, del P. Segundo. Si bien sabe que en algún momento deberá facilitárselas al Sr. Obispo, mientras tanto son su tesoro. Igualmente, como buen padre, me regaló una.

 

 

El p. Llorente dando la bendición con el Santísimo

P. Segundo dando la bendición con el Santísimo en la Parroquia S. Miguel Arcángel

Quince días antes se había celebrado una Misa solemne presidida por el obispo de León, Mons. Julián López, conmemorando los 25 años del fallecimiento del misionero en Spokane, Estados Unidos. Allí Monseñor comunicó públicamente que ya se había contactado personalmente con el Papa Francisco por el proceso de beatificación. Como probablemente la mayoría conocerá, unos meses atrás el Papa Francisco había citado “las extraordinarias aventuras del jesuita español Segundo Llorente, tenaz y contemplativo misionero en Alaska que no sólo aprendió el idioma, sino que tomó el pensamiento concreto de su gente”[1]. Pocos días más tarde, recibí la noticia que en la primera semana de marzo se publicó el envío de la partida de bautismo a la Santa Sede.

 

 

La última anécdota es que ese domingo de mi visita nevó intensamente casi toda la tarde en León… Y como decía el mismo Llorente cuando hablaba de algo solamente probable, como por ejemplo que fulano o mengano fueron directamente al Cielo, “me da gusto creerlo”; así también, me da gusto creerlo que él, que entregó su vida en la nieve, se hizo de alguna manera presente ese día…

 

Termino con una oración escrita por este ejemplar misionero, para así rezar con él y como él:

“Señor, úsame como quieras y cuanto quieras

sin hacer caso de mis quejas necias.

Por ríos y tundras,

por hielos y arbustos,

llévame de noche y de día.

No fallaré aunque me coman vivo.

Todo para ti.”

 

“¡Señor, qué descanso será el del cielo siempre contigo,

sin empujones, sin oleajes, sin mareos,

sin más cuidado que alabarte eternamente

en compañía de los ángeles y de los santos.

¡Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo!”

 

P. Fabio Schilereff

Instituto del Verbo Encarnado



[1] Encuentro con la Unión de Superiores Generales (USG) de los Institutos religiosos masculinos al final de su 82ª Asamblea General, noviembre 2013.

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