Por: P. Diego Cano, IVE

 

Casa de los misioneros en Nyasa, Ushetu, Tanzania, 28 de mayo de 2020

Los días pasados en las casas para misioneros que tenemos en los centros más alejados me dan oportunidad para pensar y tratar de escribir, sobre todo por tener un tiempo más tranquilo al regresar de la visita a las aldeas, por el hecho de estar en un lugar apartado, por no tener casi señal de internet. Ayuda también el hecho de que uno cambia el ambiente cotidiano de la misión, y se pone en contacto con una realidad mucho más necesitada de misioneros, de las enseñanzas, de la catequesis, las misas, y los sacramentos. Pero a pesar de que uno vive en ese “nuevo” ambiente, y dan ganas de escribir, la realidad es que al volver cada día de la visita a las aldeas, la mente está agotada y el cuerpo pide descanso. Faltan lucidez y ganas, al menos en mi caso particular. Siempre hay muchas cosas que uno va pensando en el transcurso del día, ideas que vienen y merecerían ser trasmitidas a otros, experiencias que pueden servir a los que están en formación, pensamientos para la innumerable cantidad de gente que reza por los misioneros. Anoto algunas cosas, a veces llego a concretarlas en una crónica, otras veces quedan en una simple nota, algo sin importancia.

Los otros días, en aquella casa de Mazirayo, en la aldea de Nuestra Señora de Luján, hubo un hecho muy sencillo que me causó gracia, y me alegró por dentro. Resulta que la señal de celular es muy mala en ese lugar. No lo considero del todo malo a esto, porque también es muy bueno tener un lugar donde se vive más tranquilamente. Pero la comunicación es muy necesaria, y sobre todo en estos tiempos en que dependemos tanto de esto, como que no estamos “preparados” para “no tener señal”. Hay que avisar si pasa algo, si hay cambios de planes, etc. La vida en el “exterior” sigue adelante, y a veces hay cosas urgentes. Por eso era necesario en varios momentos del día, por la mañana antes de salir, y a la tarde o noche, ir a algún lugar donde hubiera “algo” de señal para enviar y recibir mensajes. Muchas veces se trataba de la noche antes de cenar, y debía ir a la cancha de fútbol junto al terreno de la capillita, donde con suerte y por “oleadas” se enganchaba alguna señal… allí uno se quedaba inmóvil, para que no se le escapara la conexión. Pero en una aldea tan apartada, la oscuridad de la noche es impresionante. No hay luz eléctrica, así que la gente se alumbra con pequeñas linternas, o simplemente con el fuego, por lo que luego de cenar temprano, todo el mundo se va a dormir. Contemplar la noche estrellada es otro espectáculo inigualable en estos lugares. Las casitas rodean el terreno de la aldea y la casa misionera, están muy cerca unas de otras, se escuchan las voces de la gente, las voces de los niños… todos hablan en sukuma, no se entiende nada de lo que dicen. Una de esas noches de “búsqueda de señal”, comienzo a escuchar un grupo de niños que cantaba en una casa a lo lejos, y cantaban los cantos para alentar a los equipos, los cantos que les enseñan las hermanas a los niños cuando vienen a los días de campamentos y retiros. Algo como la típica hinchada: “¡Santa Teresita! ¡Santa Teresita!”… a lo que respondían otros: “¡Santa Inés! ¡Santa Inés!”… me causó gracia, en un contexto así, en la noche de África, en una aldea lejos de todo, rodeados de paganos, y tal vez muchos de esos niños también lo son… sin embargo vitoreaban a los santos en medio de la oscuridad de esa aldea, alumbrada solamente por los fogones donde cocinan. También me llenó de alegría interior… ¿una cosa tan sencilla puede alentarnos y alegrarnos pensando que el trabajo misionero va adelante? Claro que si, me da por pensar que los misioneros, los padres y las hermanas, somos partes de sus vidas, y sobre todo, me da gusto pensar que podemos ser parte de sus días felices como el de estos niños; y también ser parte de sus días de prueba, llevando el consuelo de la fe.

Normalmente en estos días de misión, se llega a la casa, después de un largo día: haber salido a la mañana, cargar la camioneta con los elementos necesarios (parlante, valija de misa, regalos para los catecúmenos, para los niños, etc.), manejar por caminos muy malos y muy embarrados o polvorientos, llegar a la aldea y comenzar a conversar con los líderes, con el catequista, con la gente. Revisar que todo esté bien para los sacramentos, comenzar a confesar, celebrar la misa en medio de mucha gente, a veces sin espacio, a veces con mucho calor… tratar de predicar algo en swahili y que presten atención, los niños que son muchos y a veces inquietos, la ceremonia larga. Después de la misa los festejos, que muchas veces es el mismo padre quien los debe llevar adelante, poner la música y hacer que la gente se anime al festejo, entregar los regalos. Hablar de nuevo con los líderes, la gente que pide rosarios y medallas, cargar todas las cosas y no olvidarse nada… emprender el regreso por esos caminos… y llegar a la casa casi al atardecer. Cuando uno llega, a veces hay gente esperando para pedir o preguntar algo, los niños esperando para pedir la pelota y jugar un rato.

Esa semana que pasé en Mazirayo pude visitar varias aldeas, y hacer muchos bautismos, sobre todo de catecúmenos, es decir, de niños mayores de siete años, jóvenes y adultos que se habían preparado por medio de la catequesis para recibir este sacramento. En algunas aldeas cuesta mucho que participen adecuadamente de la misa. Se comprende por el hecho de que venimos tan pocas veces al año, y no están acostumbrados. El ambiente del paganismo influye, y los otros días me puse a pensar justamente en eso, luego de haberlos retado un par de veces en una misa porque no se lograba el clima de oración. Muchas veces la gente se pone a hablar fuerte dentro de la iglesia, mientras el coro canta. A veces el coro pone la música muy alta, y es ocasión de que la gente se distraiga conversando, saludándose, riendo… los niños también comienzan a hacer alboroto. Hay niños que comen dentro de la iglesia, y nadie les dice nada, ni les explica. A veces la capilla es pequeña y hay gente afuera, y desde afuera llega un barullo que en ocasiones he tenido que pedir que les pidan que se calmen un poco. Algunos se asoman por las ventanas y conversan en voz alta comentando lo que sucede. Finalmente, hasta los miembros del coro colaboran con todo esto, a veces hablando, otras veces mirando las canciones que vienen, el organista practicando mientras el padre predica, y está sentado junto al ambón. Me alegro mucho en las aldeas en que luego de repetirles varias veces, y enseñarles, se ven cambios notorios. Un ejemplo es en la misma capilla de Mazirayo. Es un gusto celebrarles a ellos. Pero claro, recuerdo que el año pasado tuvimos los dos campamentos, de niñas y luego de niños, dos semanas enteras, en que tuvieron misa y adoración. Y muchas otras celebraciones que se han hecho por ser el centro de toda esta zona. En aquella oportunidad de los campamentos, les fuimos explicando la misa. Era hermoso ver cómo miraban los gestos que hacía y los elementos de la liturgia, y un silencio de mucha devoción se dejaba “oír” en los momentos importantes… que me hacían acordar aquellas misas “ruidosas y dispersas” de antaño. La gente más cercana, los que vienen siempre digamos, nos decían que estaban contentísimos con eso… “¡si tuviéramos más misas!”, decían. Rezan con gran devoción, y se nota en los silencios, en la comunión, en la alegría reinante.

Podría resumir la idea que me ha estado dando vueltas, sobre todo cuando venimos a estos lugares alejados… el paganismo de estos lados, les impide ver “lo sagrado”, les impide ver que hay algo “más allá”, que hay algo trascendente que se pone en contacto con nosotros por medio de los sacramentos, de la liturgia, de la palabra de Dios. Que puede haber un momento en que esa divinidad trascendente se pone en contacto con nuestras almas por medio de la gracia, que el Espíritu Santo puede hablar al corazón, inspirarle, moverle. Tal vez no hay diferencia con el paganismo que puede estar en cualquier lugar del mundo, primer mundo o tercer mundo. Recordaba que hace un tiempo un compañero de ordenación que fue misionero muchos años en Guyana, un lugar en gran parte “parecido” a nuestro terreno de misión, me decía que el mejor exorcismo en estos lugares es una liturgia bien celebrada. La experiencia me va enseñando que es así. Podría seguir escribiendo sobre esto… pero creo que es suficiente por esta vez. Hay mucho para decir, el trabajo misionero es llevar a Cristo a estas almas, y lograr que salgan de una vida sin Dios, sumida en las cosas de esta tierra.

Me queda decirles que gracias a que me demoré en regresar, porque los caminos estaban tan malos, pude ver el hermoso clima de oratorio que reinaba en la capilla de Mazirayo el domingo por la tarde. Estaban los jóvenes varones en la cancha grande de fútbol junto a la iglesia, las niñas y niños en la cancha de pelota al cesto. Cuando llegué les dí una pelota nueva de fútbol a los niños, que agradecieron como corresponde saliendo disparados para jugar, y las niñas a su vez recibieron una pelota nueva para ellas… la alegría era inmensa. Los juegos, corridas, saltos, risas, gritos, se escuchaban por todos lados… y junto a la pequeña capilla reinaba un clima cristiano cien por ciento de sana alegría.

Las voluntarias habían salido esa mañana caminando junto con las hermanas, regresando a la misión de Ushetu. Nos causaba un poco de gracia, porque la verdad que estábamos en “medio de la nada”. Una de las voluntarias, Victoria, estaba en esos días en contacto con la embajada de Argentina en Kenia, para ver si podía regresar a Argentina acompañando a dos niños, hijos de un médico argentino que había fallecido en Dar es Salaam (la capital de Tanzania). La mamá de los chicos había quedado varada en Argentina, y los niños (de ocho y doce años) solos en Tanzania. Se hicieron los trámites, y en medio de las restricciones por la pandemia autorizaron a que viajen los niños a Argentina, pero acompañados de un adulto. Por esas cosas se pudo ofrecer que sea una de las voluntarias quien viaje con ellos. Pero el asunto fue que se concretó todo en los días que estábamos en Mazirayo… sin conexión, y buscando conexión caminando como locos por la cancha de fútbol. Los pocos mensajes que llegaron dieron a entender que no se podía dejar pasar la oportunidad, y que el asunto era urgente. Así que Victoria comenzó su larguísima travesía hasta Argentina ¡caminando!… desde Mazirayo a Ushetu, luego en vehículo de la misión hasta Kahama (hora y media), después en taxi hasta Mwanza (seis horas), después un avión hasta la capital, donde finalmente pudo encontrarse con los chicos, y viajar exitosamente hasta Argentina y entregarlos en los brazos de su madre que los esperaba con gran emoción. Toda una aventura de regreso, de varios días, desde Mazirayo hasta Argentina, comenzando por meterse en el barro para llegar hasta Ushetu. Una aventura con la bendición de Dios, con final feliz.

Dios los bendiga a todos.

Gracias por sus oraciones. Y ¡firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE