La cima siempre es una meta, mas para llegar a ella, mucho hay que renunciar y darse por entero al ideal.

Es hermoso ver nuestra vida cristiana, asemejándola a la ascensión de una gran montaña. Nos topamos con caminos nuevos, senderos nunca antes pensados, bellos paisajes, grata compañía, dificultades inevitables, repetidos tropezones, mucho cansancio y siempre buenos recuerdos. Pero quien ha caminado largos trechos o escalado una montaña, sabe que debe mirar siempre adelante y renovar el espíritu constantemente para no desfallecer y así llegar a la meta trazada. Y lo hermoso en la vida cristiana es que todo este esfuerzo no es para ganar una corona que se marchita, sino para la vida eterna.

Servidoras-Peru-convivencia

Estas reflexiones son fruto de la convivencia que pudimos realizar, en febrero de este año, las hermanas del Estudiantado y del Noviciado en Perú, en el Cusco, centro del que fue el Imperio Inca. Bien nos enseñan que la convivencia es escuela de virtudes, pues implica grandes sacrificios, como levantarse para tener la Santa Misa ¡a las 2 de la madrugada! y empezar a caminar a las 6 de la mañana y así durante 3 días, dormir casi a la intemperie y comer sólo lo que entró en la mochila. Sabemos que estos sacrificios y aventuras nos impulsan a forjar la voluntad, a seguir andando cuando se acabaron las fuerzas, a ayudar al que está en peores condiciones que uno. Y ¿para qué hacemos esto? Sencillo, entrenamos intensamente un mes para saber morir el resto del año, para que Él crezca y yo disminuya, para poder hacer de nuestra consagración religiosa una verdadera oblación. Como decía la Madre Teresa de Calcuta “Dar hasta que duela”, y nosotros podemos añadir “y cuando duela, dar aún más”, para que nuestra entrega sea más perfecta.

Los primeros 10 días nos alojamos en la casa de las hermanas en Limatambo. Con alegre espíritu y mucho ánimo hicimos varias caminatas: a una catarata, a la laguna de Soray (hermosa por su color turquesa), hicimos una ruta de aventura para llegar a las ruinas de Choqueiquirao, la cual marcó nuestra convivencia por lo exigente que fue caminar durante 3 días de una cima a otra cima, pasando por una fuerte lluvia que nos mojaba durante la noche, camino de barro hasta los tobillos, por el calor de un sol abrasador… En medio de estos esfuerzos, recordamos muchas intenciones, pedidos de oración, conversión de las almas… También reforzamos nuestro amor al esposo de nuestras almas, Jesucristo, consoladas por los maravillosos paisajes de la selva cusqueña. Esta experiencia fue muy rica en enseñanzas, anécdotas, pruebas, alegrías y edificantes exigencias.

Otra visita que pudimos hacer, durante nuestra permanencia en Limatambo, fue al Señor Manuel de Mollepata, hermoso Cristo crucificado de la Parroquia que atienden los Padres del IVE.

Los siguientes 20 días de conviviencia, nos trasladamos a Pisac, donde el párroco nos facilitó las instalaciones de un comedor para poder alojarnos. Pisac es parte de lo que se conoce como el Valle Sagrado, por los diversos centros arqueológicos, religiosos y fortalezas de los Incas. Desde ahí hicimos lindas peregrinaciones, una al Santuario del Señor de Huanca y otra al del Señor de Qoyllur Riti (a 5000 metros y 6 horas de caminata acompañadas por la lluvia), visitamos los centros arqueológicos de Machu Picchu, Ollantaytambo, Pisac, etc. y varias Iglesias donde se aprecia el bello arte barroco cusqueño, como la de Andahuaylillas, conocida como la Capilla Sixtina Andina.

Rescatamos el edificante ejemplo de los Padres diocesanos de Cusco, quienes nos dieron testimonio de fidelidad a su vocación (dos de ellos cumplían 25 años de sacerdote), junto con un amor grande a la Eucaristía (el Padre José, Párroco de Macchu Picchu exponía el Santísimo Sacramento todo el día y siempre lo vimos allí de rodillas); también el edificante ejemplo de perseverancia, pues la misión ahí es muy difícil y muchas veces están solos. A todos ellos agradecemos por su generosa entrega y asistencia sacramental, pero de modo singular agradecemos al P. Manuel Quispe, IVE (Párroco de Limatambo- Cusco), por su fraternal acogida, atenta disponibilidad y paternal preocupación por nosotras.

Como concluye el P. Cano en su libro “Escalada al Cielo”: Que la Virgen María, más pura que la nieve de las cimas, nos guié como una estrella del cielo, como el lucero vespertino, hasta la Cumbre, hacia lo Alto, donde gozaremos todos juntos por Dios y para siempre”.

Unidos en la Oración

Hna. Caeleste Sacrarium

Estudiantado Madre Teresa de Calcuta

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