Iglesia del Santo Sepulcro de época Constantiniana (s.IV)
Por: M. María del Cielo, SSVM.

 

Nunca se ha visto en la historia que un sepulcro vacío fuera de tanto interés, de parte de algunos para ensalzar su valor; como de otros para destruirlo e intentar borrar todo signo histórico del mismo. Sólo hay un caso, en el que se ha dado esto de un modo ininterrumpido a lo largo de los siglos: el sepulcro de Cristo, ubicado en el corazón del barrio cristiano de la ciudad de Jerusalén.

La tradición oral y escrita desde hace más de 2000 años lo revela como el lugar Santo donde Cristo fue sepultado y donde “resucitó al tercer día, según las Escrituras” (1 Cor 15,4).

Después de la Ascensión de Cristo, el santo Sepulcro y el Calvario, como los demás lugares santos, quedaron impresos en la mente de la Santísima Virgen, de sus apóstoles y demás seguidores del Señor, como no podía ser de otra manera. Sabemos que el sepulcro era propiedad de José de Arimatea, como lo relata el Evangelista, lo cual implicó ciertamente un cuidado particular. Esta tradición fue conservada como un recuerdo “vivo” a través de los siglos y testimoniada también por numerosos peregrinos.

 A lo largo de la historia…

En el año 70 d.C Tito destruyó la ciudad de Jerusalén, cumpliéndose así la profecía del Señor. En cuanto al Calvario y el Sepulcro, no hay testimonio alguno de que en esa época hubiera alguna capilla construida; solo se sabe que esa zona era una cantera y que así quedó.

En el año 135, con la reconstrucción de la ciudad de Jerusalén por el emperador Adriano, ésta fue convertida en una ciudad totalmente pagana y la llamó “Colonia Aelia Capitolina”. La disposición de sus calles principales o Cardo, se pueden ver aun hoy.

El espacio entre el Calvario y la cueva del Sepulcro fueron rellenados totalmente (lo cual ayudó a su conservación) y sobre ellos construyó un enorme templo pagano, poniendo una estatua de Venus en la parte del Calvario y la de Júpiter sobre el lugar del Sepulcro de Cristo. Así lo testimonia S. Eusebio de Cesarea, obispo de Jerusalén (s. IV) y S. Jerónimo.

En el año 325, después del Concilio de Nicea, Constantino y su Madre Santa Helena emprendieron la magnánima obra de construcción de algunas Iglesias en los lugares Santos, comenzando por el S. Sepulcro.

Iglesia del Santo Sepulcro de época Constantiniana (s.IV)

Después de cerciorarse dónde estaban los dos principales lugares santos del cristianismo, Constantino mandó destruir el templo de Adriano por medio del obispo Macario, para construir la Basílica, que fue inaugurada el 13 de setiembre del 335.

Para esta obra, el sepulcro fue aislado del resto de la roca, dándole una forma cilíndrica rodeada de columnas. En la época bizantina se agregó una cúpula sostenida por columnas espaciadas. Esta área de la Iglesia se llama en griego “Anástasis” (la Resurrección) y su estructura es probablemente la que mejor se ha conservado desde los orígenes.

Este edificio majestuoso duró tres siglos, hasta que fue incendiado y destruido por los persas en el 614, al igual que otras Iglesias de Tierra Santa. En el 620 se inicia la reconstrucción, por Modesto, abad del monasterio de San Teodosio, de Belén. Pero en el 635, con la invasión árabe, pasa nuevamente la propiedad a los musulmanes.

En el 969 los ejércitos Fatimidas de Egipto la incendiaron nuevamente haciendo colapsar la cúpula. Pero fue sin duda la invasión de Al-Hakim 1009, la más devastadora. Dio orden de destruir las Iglesias de Siria, Palestina y Egipto, de modo particular la Iglesia del Santo Sepulcro, como atestigua el historiador Yahia ibn Sa’id. El Sepulcro de Cristo se salvó en parte porque quedó providencialmente bajo los escombros del resto de la Iglesia.

La restauración que se inició en el 1012 estuvo a cargo del Imperio de Bizancio, bajo el emperador Constantino Monómaco. Pero esta serenidad duraría pocos años. Con la llegada de los Turcos en el 1071, se prohibió la entrada a la ciudad de Jerusalén a cristianos y hebreos. Estas luchas generaron en toda Europa el espíritu de conquista de los Lugares Santos, por medio de las Cruzadas. Es así que en el año 1099, fue conquistada la ciudad de Jerusalén por los Cruzados y se dio inicio a la reconstrucción de la Basílica del Santo Sepulcro, la cual fue inaugurada el 15 de julio de 1149, introduciendo algunas modificaciones al complejo Constantiniano, reuniendo en una única Iglesia los dos lugares santos del Calvario y Sepulcro de Nuestro Señor. Sobre el altar mayor un escrito en latín decía:

 “Exaltad Aquel que fue crucificado en la carne

Glorificad Aquel que fue sepultado por nosotros

Suplicad Aquel que resucitó de entre los muertos”.

Pero en el 1187, el ejército de Saladino conquistó Jerusalén y cerró la Basílica del Santo Sepulcro. Construyeron un muro alrededor del mismo, dejando un solo ingreso, a semejanza del que hoy se ve en el edículo. De allí en más, otras tratativas siguieron de parte de reyes para recuperarlo y otros episodios dolorosos como la invasión de los Tátaros en el 1244. En el 1342, por medio de una bula, el Papa Clemente VI, concedió el honor de custodiar los Lugares Santos a los Franciscanos, presentes en Tierra Santa ya desde 1335. Desde entonces ellos ocupan la capilla de la aparición de Jesús a su Madre Santísima.

En el 1517, el poder musulmán pasa al dominio turco otomano y la vida en Siria, Palestina y Egipto se hizo más dura. En el 1545 un terremoto dañó notablemente la cúpula de la Anástasis y la parte superior del campanario construido por los Cruzados.

En 1555, el Custodio de los Franciscanos, P. Bonifacio de Ragusa, con permiso del Sultán, emprendió la reconstrucción de la capilla del Santo Sepulcro, con la ayuda del emperador Carlos V y la aprobación del Papa Julio III. Colocó sobre el Sepulcro una cúpula de estilo renacentista. El P. Bonifacio tuvo un singular papel en relación al Santo Sepulcro, volveremos más adelante sobre este tema.

Años más tarde, en el 1632, la Basílica de Belén y el Calvario pasó a propiedad de los Griegos, favorecidos por el Sultán Murad IV. Más tarde, en 1689, por especial ayuda de Francia, la situación retornó como estaba antes del 1630, a mano de los Franciscanos. Estos pidieron los permisos para la reconstrucción de la cúpula del Santo Sepulcro. En el 1757 un decreto concedió a los griegos algunas partes de la Basílica compartidas con los latinos. Es así como conviven hasta el día de hoy las tres comunidades: griega-ortodoxa, armena-ortodoxa y latina (Franciscanos).

En el 1808 hubo un incendio proveniente de la capilla de los armenos, cayendo nuevamente la cúpula sobre el Sepulcro. La reconstrucción fue confiada por el Sultán a los griegos y  tuvo lugar entre el 1809 y 1810, quedando el edículo o capilla del Santo Sepulcro como se ve en la actualidad. En 1852 el imperio Otomano emanó un “status quo” provisorio para la convivencia de los diversos ritos cristianos en algunos lugares Santos, incluida la Basílica del Santo Sepulcro. Este status quo permanece vigente en la actualidad.

Desde 1948, la ciudad vieja de Jerusalén quedó bajo regencia del reino Hashemita de Jordania y por lo tanto, la Basílica del Santo Sepulcro quedó bajo su protectorado. La primera visita Papal tuvo lugar el 4 de Enero de 1964, con la visita de Pablo VI y fue el Rey Huseein, de Jordania quien lo recibió en Jerusalén.

El 2 de enero de 1997 tuvo lugar un hecho de singular precedencia: la inauguración de la cúpula del Santo Sepulcro. Otra obra importante de restauración fue del Edículo en el 2016, financiada en gran parte, por el rey Abdullah II de Jordania, hijo del Rey Hussein.

 Apertura del Sepulcro de Cristo

El sepulcro cubierto por una lápida desde la época Constantiniana, según los testimonios que tenemos, fue abierto en dos ocasiones antes del 2016:

* El 25 de agosto de 1555, siendo Bonifacio de Ragusa era Custodio de Tierra Santa. “Como fue necesario remover una de las piedras de alabastro – afirma – con la cual Santa Helena había hecho revestir el Sepulcro y sobre el cual se celebraba el santísimo misterio eucarístico, apareció descubierto a nuestros ojos, como la mañana de Pascua, el lugar inefable en el cual el Hijo del Hombre yació por tres días”[1]. Además dejó escrito lo que había encontrado en el interior del sepulcro[2]: unos frescos en los que aparecían dos ángeles con dos inscripciones en latín que hacen referencia al Evangelio. Una decía: “Surrexit, non est hic” (“Ha resucitado, no está aquí”, Mc. 16, 6). Y el otro decía: “Ecce locum ubi posuerunt eum” (“Ved el lugar donde lo pusieron”, Mc. 16, 6). Según el Custodio, los frescos se desintegraron al contacto con el aire. Y continua: “En el centro del lugar santo se encontró un trozo de madera envuelto en un paño precioso. Apenas lo sostuvimos (…) al contacto con el aire, el paño se deshizo y quedaron unos hilos de oro. En la madera había unas inscripciones borradas (…), aunque se podía leer en letras latinas mayúsculas “Helena Magni””. Estas palabras se referían a  Santa Helena, la madre del emperador Constantino. El trozo de madera, perteneciente a la Cruz de Cristo, se dividió en tres. Una parte se envió al entonces Papa, Pío IV, otra al emperador Carlos I de España y V de Alemania y la tercera se conservó en la Custodia de Tierra Santa, en Jerusalén. El P. Bonifacio concluye su relato diciendo: “Aquel bendito lugar en el que se echaban de ver por todas partes señales de la sangre de nuestro Salvador, mezclada con el ungüento que había servido para embalsamarle, ofrecióse a nuestros ojos como una imagen de sol resplandeciente”.

* En 1809, el monje Maximos Simaios, también abrió el sepulcro con motivo de la necesaria reparación del edículo, pero sólo dejó una sumaria explicación, especificando el hallazgo de una segunda loza que cubría el sepulcro, como lo atestigua el P. Alliata, ofm[3].

* En el 2016 gracias a un acuerdo entre las comunidades religiosas presentes en la Basílica del Santo Sepulcro, se dio inicio a la restauración del Edículo que encierra el Santo Sepulcro. El grupo de científicos de la Universidad Técnica Nacional de Atenas, encargada de la restauración tuvieron la oportunidad de examinar el lugar más sagrado de la cristiandad durante 60 horas, entre el 26 y 28 de octubre. Fue filmado por National Geographic Society.

Debajo de la losa que cubre el Sepulcro, encontraron gran cantidad de arena, y debajo de la misma, una losa de color gris rota, con una cruz tallada, probablemente del periodo cruzado. Inmediatamente debajo de ella, para sorpresa de los arqueólogos, pudieron ver la roca original del Sepulcro. En realidad esperaban encontrarla aun más distante. No quedaron dudas científicas que dicha roca es de la época de Cristo y el resto de los elementos que la rodean, son de época Constantiniana y Cruzada.

Detalle de la cruz “Lorena” sobre el mármol que cubre la roca original, probablemente de época Cruzada.

El 22 de marzo del 2017 fue la inauguración del Edículo restaurado, lo cual ha significado un gran avance para la conservación de la misma, como para comprobar el estado de la roca original del sepulcro, en comparación a las precedentes aperturas.

Esa bendita roca fue testigo silencioso, pero elocuente de la resurrección de Jesucristo. Un Sepulcro vacío, una Roca que el paso de los siglos con sus ininterrumpidas invasiones y destrucciones no pudieron hacer desaparecer.

Sepulcro de Cristo abierto en 2016 – Foto P. Bermejo (Cf. Notiziario, p.27)

Diseño del Sepulcro abierto (P. Amedeo Ricco (Cf. Notiziario, p.27)

Para quien no cree en la Resurrección de Cristo, es algo muy llamativo que una tumba vacía sea meta de peregrinaciones, de tanta devoción de parte de Emperadores, reyes y simples fieles que a lo largo de la historia expusieron su vida con tal de llegar a venerar esa Bendita Roca donde Jesús reposo por tres días y desde la cual se levantó venciendo la muerte.

Para quienes creemos, ese Sepulcro vacío, es un signo de Su resurrección. Esa Roca, testimonio silencioso de aquel Domingo que marcó la historia, nos recuerda al mismo Cristo, la piedra angular que desecharon los arquitectos. “Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente” (Sal 117).  Hay dos opciones: Creer o ignorarlo, de lo cual depende nuestra Vida eterna. Si Cristo no resucitó, no sólo es vana nuestra fe, sino también significaría que todavía vivimos en el pecado, como afirma San Pablo (cf. 1 Cor 15,17).

Nos encomendamos a sus oraciones, para que como misioneras de nuestra querida Familia Religiosa del Verbo Encarnado, testimoniemos con nuestras vidas que Cristo vive.

En Cristo y María, M. María del Cielo, SSVM.

Para quien lo desee, pueden ver el video con fotos de los lugares Santos, testigos de la Resurrección de Nuestro Señor: https://www.youtube.com/watch?v=WONbBsGdr7k


[1] TERRA SANTA, Guida della Custodia di Terra Santa, p. 353, Edizione Terra Santa, 2018.

[2] Cf. LIBER DE PERENNI CULTU TERRAE SANCTAE ET DE FRUCTUOSA EIUS PEREGRINATIONE, P. Bonifacio de Ragusa; Citado en la Revista Tierra Santa de Setiembre de 1955, p.193, Tomo 30, N. 321.

[3] NOTIZIARIO, Studium Biblicum Franciscanum, Jerusalem, p. 25, 2018.