Por: P. Diego Cano, IVE

 

Les trasmito el testimonio de un joven que vino a trabajar en nuestra misión en el pasado mes de noviembre. Se trata de Ignacio Barinaga, del País Vasco, en España.
Muchas gracias Íñigo por tu tiempo entre nosotros, tu trabajo, tu generosidad. Estaremos siempre unidos en la oración… y Karibu tena Ushetu!

¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano, IVE

San Sebastián, 20 de febrero de 2020

Para alguien que no ha estado nunca en África, los más de 300 km que separan Mwanza de Ushetu le trasladan definitivamente al inicio de la aventura. Para mi fue novedoso todo, desde conducir con el volante a la derecha y en un coche automático, hasta ver a los niños llevando el ganado por el arcén, las bicis transportando grandes fardos de leña, carbón, e incluso animales. Mi llegada fue en viernes, “pizza day” en el Noviciado, lo cual me permitió reponerme del largo viaje con una deliciosa cena.

Noviembre es el inicio de la temporada de lluvias y en esta zona que vive de la agricultura eso significa empezar a arar y cultivar sus extensos campos. Algunas mañanas iba al Noviciado para ayudar en las tareas diarias. El día que me puse a trabajar con los novicios arando la tierra, apenas terminaba medio surco para cuando ellos hacían uno entero mientras cantaban. Yo acabé con las manos llenas de ampollas y ellos, como si tal cosa.

Poco a poco, fui conociendo a las personas de la Misión y su labor sobre el terreno. Los Hermanos y Hermanas realizan un trabajo verdaderamente encomiable. Además de la labor religiosa en las comunidades de la zona, las monjas atienden una escuela y un dispensario de salud, en el que tuve la suerte de colaborar. Más allá de las tareas en las que colaboré durante mi estancia, ha sido para mí toda una experiencia, que me ha permitido acercarme a una forma de vida y a una cultura nuevas para mí, así como compartir aspectos de la mía.

Entre los recuerdos más vivos están las risas que hacíamos en los partidos de fútbol que jugábamos un par de veces por semana con los novicios o con los chavales de la escuela, los saltos a la cuerda con los pequeños, los cánticos del coro de la Iglesia, la catequesis en las aldeas más pobres, jugar con Ernesto – el perro de la casa – antes de darle la cena, y los paseos por los alrededores de la Misión. Aprovechaba todo el tiempo libre que tenía para, andando o en bici, conocer el entorno. El entorno natural y sus gentes, porque al poco de empezar a caminar solía encontrarme con grupos de niños que, siempre sonrientes, me acompañaban, me guiaban a las montañas de la zona, y pese a la limitación de no comprender su idioma, me invitaban a sentarme con ellos o a entrar en sus hogares donde también sus mayores me acogían con enorme amabilidad. Incluso cuando creías estar solo, no era raro que te sorprendiera alguna voz infantil al grito de ¡mzungu! (“blanco”).

Mi breve experiencia de voluntariado en la Misión de Ushetu, oportunidad que agradezco de corazón al Padre Diego y al resto de colaboradores, será para mi, toda mi vida, un recuerdo imborrable.

Mis mejores deseos para todos. Espero tener la suerte de volver algún día.

Asante sana! Muchas gracias! Eskerrik asko!

Íñigo Barinaga