“Un sacerdote que ha dejado de leer está pronto al fin de sus propias fuerzas, se repite, abunda en la propia opinión, se estupidiza y se apergamina”.

Esta sentencia del p. Léonce de Grandmaison impresionó fuertemente al siervo de Dios José Canovai cuya “biblioteca nació y se formó en gran parte bajo el influjo de dicha aseveración. De los autores más clásicos hasta las obras más modernas sobre Escritura, patrística, espiritualidad de todos los tiempos, teología, apologética, derecho, sociología, historia, literatura así como revistas serias, nada faltaba de lo que es necesario para una cultura sólida y abarcativa. Particularmente numerosos eran los libros de filosofía, sobre todo moderna. En los estantes de su biblioteca no había casi lugar para las novelas, salvo las que él llamaba ‘sus novelas preferidas’, que eran la Summa de santo Tomás y los comentarios del mismo autor sobre Aristóteles, libros ordinariamente abiertos sobre su mesa”[1].

La preocupación por tener una buena biblioteca para la comunidad, incluso en comunidades pequeñas y difíciles, la he visto repetidas veces en nuestra querida Congregación: nuestra casa Procura, el mismo padre Buela, muchas comunidades de Servidoras, muchos misioneros nuestros como, por ejemplo, en Grecia, en Tierra Santa, en Papúa (ver la crónica sobre la “Biblioteca Juan Pablo II”), e incluso la biblioteca on-line que llevan adelante nuestros religiosos (www.alexandriae.org). Son todos ejemplos de la importancia de fornir a nuestras comunidades con buenas bibliotecas, porque ¿cómo vamos a Evangelizar la cultura sin ser cultos? Y ¿cómo vamos a ser cultos sin los libros que cultiven nuestras almas?

Nuestra Biblioteca

Es por eso que queríamos compartirles que hemos podido empezar con una aún pequeña biblioteca que goza del prestigio y privilegio de ser “la biblioteca alemana del IVE”.

Nuestros Padres de Berlín han recibido una nueva Parroquia en cuyas instalaciones no había lugar suficiente para los libros que fueron adquiriendo desde la fundación (hace ya casi 8 años). Es por eso que heredamos todos esos libros y los sumamos a otros que hemos recibido de diversas personas, entre ellos varios sacerdotes y profesores (a destacar un profesor de la Universidad Católica de Eichstätt que vive actualmente en la casa donde habitaba el Profesor Ludwig Ott, autor del famoso manual de Dogmática).

Así, de a poco, con donaciones y comprando (ya tenemos más de 2.000 ejemplares), intentamos armar una biblioteca seria que nos sirva a nosotros y a todos los que quieran aprovecharla, que contenga todos los clásicos y que sea actual, que reúna los mejores representantes del pensamiento humano y del catolicismo y que dé prudentemente lugar a los pensadores modernos, incluso los que se han desviado de la recta doctrina, para conocerlos, refutarlos y contestarlos en la medida de nuestras posibilidades y con la gracia de Dios.

El nombre de nuestra Biblioteca

Bibliothek „Herz Jesu, Sitz der Weisheit und der Wissenschaft“Biblioteca “Corazón de Jesús, sede de la Sabiduría y de la Ciencia”

Para el nombre de la Biblioteca nos hemos inspirado en una anécdota de la sierva de Dios Armida Barelli ligada a la Fundación de la Universidad católica de Milán “Sacro Cuore” y que relatamos a continuación.

Convencidos de que 40 años de trabajo con la juventud católica no habían sido suficientes para inserirse eficazmente en la sociedad por falta de una Universidad católica en Milán, el p. Agustín Gemelli y Armida Barelli deciden afrontar la empresa.

Para poder empezar la obra necesitaban 50 millones de liras. Por el momento disponían tan solo de 50.000. Adquirieron un convento dando como seña esos 50.000, comprometiéndose a pagar en tres días la cifra de un millón, que ciertamente no tenían.

Pero habían prometido llamar a la futura universidad “Sacro Cuore” y esperaban que el dinero lloviese de Su amor. Tenían por entonces tan solo un bienhechor que esa sin embargo un poco lunático: dispuesto a dar todas sus riquezas para obras de caridad pero ni un centavo para la instrucción porque decía que eran gastos inútiles. Él mismo había entrado en una habitación donde estaban Barelli y Gemelli llorando y diciendo que habían confiado todo en las manos del Sagrado Corazón y que esperarían hasta el último minuto. Faltaban tres horas para el vencimiento del contrato.

Dicho bienhechor se retiró con cierto contento por el aparente fracaso, pero en el camino, delante de él, se le representó un enorme edificio con la inscripción “Università Cattolica Sacro Cuore” y volviéndose a Gemelli y Barelli les entregó un cheque con el dinero necesario diciéndoles: “Desde hace una hora vuestro Sagrado Corazón me puso el infierno en la cabeza. Quiero mi paz: aquí tenéis el millón”.

Pero el drama surgió luego. Un Cardenal puso una objeción ante el nombre que querían darle a la Universidad: “Con tal nombre ¿no será minusvalorada en el mundo científico?”.

En la comisión fundadora hubo una discusión al respecto.

“Ese nombre está bien para un asilo, para un Colegio femenino o un Instituto de Hermanas. ¿Cómo quieren que los laicos nos tomen en serio?” protestaron algunos. Otros decían que era un nombre clerical y el mismo Gemelli empezó a vacilar ante la presión de tantas inteligencias.

Por último tomó la palabra la misma Armida Barelli y dijo:

“No hay nada más científico que el Sagrado Corazón.Porque es la Sede de la Sabiduría y de la Ciencia”.

“¡Razones sentimentales!” declaró una personalidad. “¡No es oportuno!” decía otro. “¡No es prudente!”, “¡No debemos chocar con los otros!” aconsejaban muchos y se las agarraban sobre todo con Gemelli: “Usted, que conoce mejor que nosotros los hombres de ciencia y de cultura, no debe sostener semejante tesis hecha para arruinar la idea desde el inicio”.

A ese punto la intervención de la Barelli obligó a todos al silencio.

“Nosotros, dijo, hemos hecho voto de titular la Universidad católica, “Sagrado Corazón”. Si no consienten a llamarla así, nosotros nos debemos retirar”.

El padre Gemelli miró fijo a la Barelli y dijo a todos.

“O se llamará Universidad católica del Sagrado Corazón, o no se hará”.

Y así fue.

Nuestro Señor Jesús nos permita ser receptores y transmisores de esa Sabiduría y Ciencia que brota de su Sagrado Corazón y nos haga eficaces evangelizadores de la cultura en el lugar que Dios nos envía.

Martín Villagrán IVE,

Comunidad san Pedro Canisio, Alemania


[1] Sáenz, A., José Canovai, la sorprendente figura de un diplomático de la Santa Sede en Argentina, Gladius, Buenos Aires 2004, p. 48.

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