CUARTO MES DE LA NOVENA DE MESES EN PREPARACIÓN PARA EL CENTENARIO DE LAS APARICIONES DE NUESTRA SEÑORA EN FÁTIMA

Queridos Padres, Religiosos, Religiosas y miembros de la Tercera Orden:

Este cuarto mes de nuestra novena lo dedicaremos al dogma de la Maternidad divina de María Santísima.

Una vez más, recordemos que el objetivo de esta Novena de meses es elevar nuestras oraciones como Familia Religiosa, asociada a nuestros amigos y a todos los que quieran asociarse a nosotros, implorando a la virgen el triunfo de su Inmaculado Corazón y una nueva manifestación de su ternura maternal en estos tiempos tan difíciles para la Iglesia, para las familias y para los hombres en general. Hemos señalado tres intenciones especiales:

1. Pedir el triunfo del Inmaculado Corazón de María sobre los peligros por los que atraviesa la Iglesia en nuestro tiempo.
2. Pedir su especial protección por los cristianos perseguidos, de modo singular en Medio Oriente.
3. Pedir por nuestra Familia Religiosa y por las vocaciones.

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El dogma de la Maternidad divina de María Santísima está desarrollado de modo muy completo en el capítulo que le dedica el P. Antonio Royo Marín: “La Maternidad divina”.

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Por este dogma la Iglesia afirma que la Virgen María es Madre de Dios en sentido propio y verdadero.
La Virgen María fue predestinada desde la eternidad para ser Madre del Redentor, y esto, propia y verdaderamente, o sea no sólo en algún sentido impropio como alguna mujer se dice madre del arquitecto o madre del pintor; sino porque verdaderamente engendró a Dios, es decir, una persona divina, pues el Hijo engendrado por Ella es simplemente Dios. Esta verdad es de fe divina y católica definida.
La prueba principal la tenemos en lo que dice san Lucas (1,35): “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios”. Lo que nacerá de María es Hijo de Dios en sentido propio y por tanto Dios; pero lo que nacerá de María es hijo de María; por tanto, el hijo de María es Dios, o sea María es Madre de Dios.
Y lo mismo viene a enseñar san Pablo en Gal 4,4: “al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer”. El Hijo de Dios se dice hecho (es decir, nacido) de mujer (o sea, de María).
También Isabel, llena del Espíritu Santo, la llama Madre del Señor (Lc 1,43): “¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” “Señor” (Kyrios) es nombre divino, incluso en el mismo contexto; por tanto, el sentido que le da Isabel es el de Madre de Dios.
La misma certeza recorre toda la tradición de la Iglesia. El antiquísimo uso de la palabra Theotokos (Madre de Dios) se encuentra en Alejandría en la antífona “Bajo tu amparo”, que es probablemente del siglo III. En ese mismo siglo, consideran y defienden a María como Madre de Dios san Alejandro, san Atanasio; al siglo siguiente hacen otro tanto autores tan distantes como Tito de Bostra en Arabia; san Basilio, san Gregorio Nacianceno y san Gregorio Niceno, en Capadocia; Eusebio y san Cirilo de Jerusalén en Palestina; Eustaquio y Severiano en Antioquía… En Occidente, San Ambrosio, Prudencio, Casiano, San Agustín. Este último escribía: “¿Cómo había de dejar de ser Dios cuando empezó a ser hombre, Él que concedió a su Madre que no dejase de ser virgen cuando lo dio a luz?”.
La doctrina era ya tradicional antes del Concilio de Éfeso, como lo testimonian autores del siglo II como san Ignacio, san Justino, san Ireneo, etc. Sedulio exclamaría: “Salve, Sancta Parens…”, ¡Salve, santa Madre!
Santo Tomás enseña (Suma Teológica, III, 35, 4) que se dice verdadera y propiamente madre de alguno de la mujer que lo concibió y dio a luz. Y no otra cosa es lo que ha hecho María: concibió y dio a luz a Dios. Por tanto, es Madre de Dios.
Y esta maternidad divina Dios la hizo depender del libre consentimiento de María. Así dice San León Magno: “Es elegida la Virgen de la real estirpe de David que, debiendo concebir fruto sagrado, concibió su prole divina y humana antes con el pensamiento que con el cuerpo (Sermón 21,1).
Y lo mismo San Gelasio: “Se dignó (hacerse hombre) por el consentimiento de la Santísima Virgen cuando dijo al ángel: He aquí la esclava del señor…” (Epístola 2).
Y del mismo modo Inocencio III: “Hechas estas cosas, enseguida el Espíritu Santo vino y preparó una triple vía ante la faz del Señor. La primera fue el consentimiento virginal… Porque como el ángel hubiese indicado a la Virgen admirada del modo y orden de la concepción, enseguida Ella, inflamada en un sumo ardor de deseo, consintió, y por inspiración del Espíritu Santo respondió: «He aquí la esclava del Señor»… Bienaventurada la que ha creído. Porque el autor de la fe no pudo ser concebido por una incrédula; y por tanto convino que se preparase la primera vía, a saber, el consentimiento de la Virgen” (Sermón 12).
Y León XIII: “El Hijo eterno de Dios se inclina a los hombres, hecho hombre; pero asintiendo María y concibiendo del Espíritu Santo”. (Encíclica “Iucunda semper”).
Pero María es madre sin dejar de ser virgen. La maternidad divina es una maternidad completamente especial no sólo por el hecho de tener como término una persona divina, sino también por el modo milagroso y singular con que se ha realizado, a saber, virginalmente. Plenamente virginal quiere decir que María, de tal manera fue Madre de Dios, que conservó siempre la plena virginidad.
Por su singular privilegio de la Maternidad, María Santísima queda asociada a toda la Trinidad de un modo único e irrepetible. Con relación al Padre María en primer lugar fue asociada en la generación del mismo Hijo. “Ella sola con Dios Padre puede decir al Hijo: Hijo mío eres Tú” (Santo Tomás, Suma Teológica, III, 30, 1). Y con cierta especial razón se la llama Hija del Padre; título que es frecuente en los Santos Padres (Hija única, primogénita y predilecta). La razón es que María en su maternidad perfectísima muestra una semejanza con Dios Padre: el Padre engendra en una sola naturaleza, así Ella; el Padre engendra solo sin madre, Ella sola sin padre; el Padre engendra sin ninguna mutación, Ella sin lesión de la virginidad. Ahora bien, es propio del hijo proceder del padre como imagen y semejanza personal de él. De donde María, en la cual no sólo se tiene esta semejanza, sino a quien se ha dado el ser para mostrar esta semejanza, es de modo especialísimo Hija del Padre.
Con relación al Hijo es madre con una razón sobresaliente. Y también se la puede llamar esposa del mismo, título que es tradicional en los Padres y en la Liturgia. La razón puede ser la semejanza y analogía máxima que se da entre la unión de la Madre de Dios con Dios y la unión hipostática; ésta suele llamarse desposorio por los Padres. De donde también Santo Tomás dice que María, en nombre de toda la naturaleza humana dio su consentimiento para este matrimonio, lo cual es propio de la esposa (Santo Tomás, Suma Teológica, III, 30, 1).
Con relación al Espíritu Santo, María se dice, ya desde la antigüedad cristiana, templo del Espíritu Santo. Lo cual ciertamente lo obtiene no sólo por el título de la gracia santificante, sino por un título completamente especial; en cuanto protegida por la sombra del Espíritu Santo, bajo su acción fue madre del Verbo. Más recientemente se la llama Esposa del Espíritu Santo, título infrecuente en la antigüedad pero la Iglesia ha asumido en sus alabanzas a María Santísima.

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UN APORTE PARA NUESTRAS MEDITACIONES…

La maternidad divina de María en los Sermones de san Vicente Ferrer
P. Emilio Sauras OP (Rev. Teología Espiritual”, Valencia 1972, vol. XVI, nº 46)

San Vicente profesaba este misterio como lo profesan todos los fieles. En definitiva se trata de un dogma de fe. Es interesante ver cómo explica una verdad tan alta utilizando metáforas y comparaciones ingeniosas. El uso de la metáfora y de la analogía es legítimo, no sólo en la predicación y en la catequesis, sino en la misma teología. Para la comprensión de las verdades de fe, dice el Vaticano I que recurramos a la analogía (Constitución dogmática De fide catholica, cf. Denz. 1796). De hecho, el Vaticano II ha hecho la teología de la Iglesia a base de metáforas, como vemos en los dos primeros capítulos de la constitución Lumen Gentium (particularmente abundan las metáforas sobre la Iglesia en el nº 6. Pero la teología está hecha en el nº 7 a base de la metáfora paulina del cuerpo y en todo el capítulo segundo a base de la metáfora de pueblo). Y el propio San Pablo nos habla del misterio de la encarnación utilizando la metáfora del vestido (Filipenses, 2,6-7).

El santo expone la maternidad divina de María con metáforas muy expresivas. Vamos a recoger cuatro:
–La esclavina del peregrino.
–El cristal cromado.
–El vellón de lana y la tierra fecunda.
–El pergamino escrito.

A) La esclavina del peregrino.- Comenta en un sermón las palabras que los discípulos de Emaús dirigieron al caminante que se les hizo el encontradizo. “¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no conoce lo sucedido allí?” Cristo, dice, es el peregrino. Vistió como los peregrinos; caminó por caminos parecidos a los suyos; se hospedó en alojamientos, sorteó peligros y llevó insignias parecidas a los alojamientos, a los caminos y a las insignias de los peregrinos. Justifica cada uno de estos capítulos haciendo comparaciones ingeniosas entre lo que significan y la analogía que tienen con determinados detalles de la vida del Señor.
Interesa a nuestro propósito el detalle del vestido. El peregrino tiene una manera característica de vestir. Tiene su atuendo especial, del que forman parte la esclavina, el bolso, el báculo y el sombrero. La esclavina y el sombrero le sirven para defenderse de las inclemencias del frío, de la lluvia y, del sol; el bolso, para guardar su elemental equipo de viaje; el báculo, para caminar un poco menos cansadamente. El Señor “se dice peregrino por el hábito que vistió. Llevó esclavina, bolso, báculo y sombrero”. Cada una de estas cosas corresponde a un momento de su vida. La esclavina, a la encarnación. La esclavina cubre el cuerpo del peregrino y la carne que le dio María cubrió la divinidad del Verbo.
«La esclavina, sigue el texto del sermón, es su carne, que le fue dada en las entrañas de la bienaventurada Virgen. Porque, como dice Santo Tomás en la tercera parte de la Suma y, en el libro tercero de las Sentencias, la Virgen María tuvo parte activa en la preparación de la materia, aunque la concepción, como se dice en el mismo lugar, se atribuye eficientemente al Espíritu Santo; si bien fue toda la trinidad o fueron las tres personas las que la hicieron. Esta esclavina fue purísima en su principio, como formada de la purísima sangre de la Virgen, limpia de todo pecado. Por eso dice el Señor de sí mismo en el apocalipsis y de cuantos visten esclavinas o cuerpos puros: caminarán conmigo vestidos de blanco porque son puros» (Segundo sermón del día de Pascua).
Sigue luego el texto desarrollando la metáfora de la esclavina que Cristo recibió de María, y dice que cambió de color a lo largo de su existencia. Y así, en la cruz se hizo roja, porque fue bañada en su sangre. Y trae a propósito un texto de Isaías. Luego, al morir, se hizo negra. Porque el sol, que es Cristo, tomó el color de saco hecho de pelo de cabra cuando el cordero abría el sexto sello, según se lee en el apocalipsis.
La explicación del misterio de la encarnación es cabal; como la de la maternidad divina de María. Ella engendró la humanidad con la que el Verbo se revistió; humanidad sujeta durante la vida a muchas mudanzas. Es, pues, madre del Verbo encarnado. Y quien la fecundó para hacer efectiva esta maternidad fue, por atribución, el Espíritu Santo; y de hecho, toda la Trinidad. Recoge en esto la doctrina del undécimo Concilio de Toledo (Denz. 284), que Santo Tomás recuerda también en la tercera parte de la Suma (Suma Teológica, III, 3,4).

B) El cristal cromado.- En un sermón que predicó el día de la vigilia de Pentecostés habla de la maternidad divina de María, explicándola con la metáfora del cristal cromado. Aquí la imaginación se desborda. En esta metáfora, que es muy compleja, no sólo queda apresada la Virgen. Quedan también las tres personas trinitarias, que fueron el principio fecundador de su maternidad. En la analogía del cristal cromado caben con justeza todo el misterio de la encarnación y el de la virginidad. Juegan en esta exposición cuatro elementos. Tres divinos: el sol, que es el Padre; el calor procedente del sol, que es el Espíritu Santo, y el rayo, procedente asimismo del sol, que es el Verbo. Y uno humano, María, que es el cristal en el que actúan los tres. Pero para que la comparación sirva al caso que el santo se propone, que es manifestar la maternidad de María, el cristal es cromado (Sermón de la vigilia de Pentecostés). Más adelante veremos que la metáfora sirve también para explicar la virginidad en el alumbramiento del Señor y el embellecimiento que esta virginidad confiere a la madre.
El sol, el calor y el rayo actúan sobre el cristal cromado. En María, que es este cristal, actúan las tres personas de la trinidad, aunque la intervención se atribuya por apropiación sólo al Espíritu Santo. El único de los tres que traspasa el cristal tomando de él su color es el rayo. En este caso, el Verbo, quien, utilizando términos clásicos, decimos que intervino activamente, junto con el Padre y con el Espíritu, en la asunción de la naturaleza humana, pero sólo Él se quedó tomando y apropiándose lo que era propio del cristal, el color, con una intervención que se llama terminativa. En otras palabras. Él solo, y no los otros, se quedó con nuestra naturaleza, donada por María y significada por el color del cristal. Color del que no participan ni el sol ni el calor, pero sí el rayo que lo atraviesa. La Virgen, que es el cristal, da al Verbo, que es el rayo, la naturaleza humana; y con ello resulta que se ha convertido en madre del Verbo encarnado.

Pero hay aquí un detalle más que conviene tener en cuenta, porque enriquece el concepto de la divina maternidad. Es cierto que el rayo toma el color del cristal, y que el Verbo toma la naturaleza humana de María. Pero es cierto también que el cristal cromado se embellece cuando lo atraviesa el rayo de luz. Su color cobra vida, y diríase que se perfecciona. Así sucedió en este caso, porque cuando el Verbo tomó carne en las entrañas de Santa María, quedó ella sobrenaturalmente embellecida con la gracia de la divina maternidad. Esta no es solamente una maternidad física, biológica y material, que dejaría a la madre en su estado natural. En ella va implicada una perfección sobrenatural, una gracia que la eleva, convirtiéndola en divina.

C) El vellón y la tierra fecunda.- Hace San Vicente una glosa de los textos de David y del profeta Ageo en los que la Virgen está representada por el vellón de lana y por la tierra fecunda. Bajará el rocío sobre el vellón y la lluvia sobre la tierra, dice David. Y Ageo añade: conmoveré la tierra, el cielo y el mar, y vendrá el deseado de las naciones. El rocío que cala y penetra secreta y silenciosamente en el vellón de lana y la conmoción del cielo, de la tierra y del mar en la venida del Señor le dan pie para afirmar la fecundidad divina de María y algunas circunstancias que rodearon el proceso de su maternidad.
«Ved, dice, cómo la encarnación fue oculta y secreta. De ella habla así David: “Descenderá como rocío sobre el vellón. A María la llama vellón, porque, como de la lana blanca se hace vestido para vestir, de la carne pura y limpia de la Virgen recibió su carne Cristo. Luego añade el profeta que caerá como lluvia que penetra en la tierra; porque, como la tierra fructifica, la Virgen María nos dio un fruto que es el hijo de Dios hecho hombre. El rocío cae sobre el vellón de lana sin sentirlo, y, como en secreto. Y así el Hijo de Dios descendió secretamente cuando lo anunció el ángel, hasta el punto que nadie supo nada de esto entonces más que el propio ángel y María. Es clara la diferencia que hay entre la encarnación y el nacimiento» (Sermón de la vigilia de Navidad).
Esta diferencia la da a conocer en el sermón del día siguiente, explicando el oráculo de Ageo. «Dentro de poco conmoveré el cielo, la tierra, el desierto y el mar; y vendrá el deseado de las gentes. Dice Ageo que conmoverá el cielo; y se explica porque, como asegura Santo Tomás en la primera parte de la Suma [Teológica], cuando un ángel recibe de Dios alguna revelación la comunica a los demás, de donde resulta que allí no hay nada que se mantenga secreto. Por eso el arcángel Gabriel, una vez que la trinidad le reveló la encarnación y el nacimiento del Señor, hechos de los que iba a ser nuncio, los dio a conocer a los demás; y así todo el cielo se conmovió de gozo y alegría. Y los malos también, porque veían en esto la reparación de la ruina por ellos causada. También se conmovió la tierra. La tierra era la Virgen, que iba a fructificar dándonos el fruto de la vida, y que se había conmovido al recibir el anuncio del ángel, como nos dice San Lucas. Se conmovieron así mismo el mar y el desierto, cuando, por el edicto del emperador, todas las gentes acudían a sus ciudades respectivas, unas por mar y otras por tierra. Así vino el deseado de todas las gentes» (Sermón del día de Navidad).
Las dos metáforas, unidas en el texto de David, el vellón sobre el que cae silenciosamente el rocío y la tierra en la que cae el agua para fecundarla, tierra que a su vez se conmueve en el texto de Ageo, dan pie al santo para exponer con toda sencillez y claridad los misterios de la encarnación silenciosa, del nacimiento acaecido en medio de una conmoción universal y de la fecundidad divina de María en la que el Verbo se encarnó siendo fruto benéfico para nosotros.

D) El pergamino escrito.- San Vicente suele hacer en sus sermones escapadas marianas, aunque no cuadre bien ni parezca oportuno hablar de la Virgen en el tema que está desarrollando. Así sucede con la analogía que ahora vamos a referir: es la metáfora de la página, en la que el Padre escribió su palabra eterna. Esta página es María. Está predicando el evangelio de la mujer adúltera, y versa el sermón sobre las muchas enseñanzas que se desprenden del hecho y de las palabras que el Señor dirigió a los acusadores. Pero hay un detalle: Jesús escribía en tierra. Al santo le viene a la mente que Jesús es la palabra del Padre; que la palabra se escribe; y que el libro o la página en la que el Padre la escribió es María. Ya ha encontrado oportunidad, aunque sea una digresión en el desarrollo de la homilía, para hablar de la divina maternidad de la Señora.
«Jesús es la palabra eterna de Dios Padre, y no es una palabra transitoria, como la que nosotros decimos con la boca. El Padre escribió esta palabra en una membrana virginal, en las entrañas de la Virgen María, porque leemos en San Juan que la palabra se hizo carne. Y en Isaías: “Toma un libro grande y, escribe en él”. Este libro es la Virgen María, más grande que el cielo y la tierra, De ella dice el bienaventurado Bernardo en una homilía sobre el evangelio “missus”: “¡Oh entrañas, más grandes que el cielo, porque quien en el cielo no cabía se encerró en vosotras!”. En este libro escribió el Padre su palabra eterna en el mismo instante en que 1a Virgen consintió a las palabras del ángel diciendo: “he aquí la esclava del Señor”. Porque en ese mismo instante la Palabra asumió la naturaleza humana para salvarnos y no para condenarnos» (Sermón del tercer domingo de Cuaresma).
Partiendo del hecho de que el Hijo, al proceder del Padre por vía de entendimiento, tiene razón y ser de palabra mental, y de que San Juan dice en el prólogo del evangelio que Jesús es precisamente Palabra, parece normal que a la Virgen, que es su madre, se la llame página o libro en el que el Padre escribió su Verbo. Y tenemos aquí otra imagen de la maternidad. Sin embargo hay que decir que esta metáfora, aunque muy bella, expresa la maternidad con menos exactitud que las tres anteriores. En las anteriores se veía a María ejerciendo la función activa de dar al Verbo la naturaleza humana. Bien porque cubría al peregrino (al Verbo) con la esclavina (con su carne); bien porque daba al rayo de luz el color que ella tiene (su carne también); bien porque hacía germinar el fruto de esa tierra que era ella misma. Aquí, en cambio, en esta metáfora del libro o de la página, su función sólo aparece pasiva. Es el Padre quien escribe. Ella recibe la escritura. El Padre manda o envía al Verbo, y ella lo recibe. Es cierto que el Padre no envía al Verbo hecho ya carne; y que quien se la da es María. Pero esto no queda reflejado en la metáfora utilizada aquí, como se reflejaba en las tres metáforas anteriores.

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En este mes ofrecemos el clásico libro de P. Regamey, “Los mejores textos sobre la Virgen María”.

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Oír o descargar el audio del Sermón del P. Carlos Lojoya sobre la Maternidad de María, predicado en la parroquia Nuestra Señora de la Visitación, el 1 de enero de 1984: OÍR O DESCARGAR.

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Recuerdo nuevamente que quienes deseen renovar la Consagración a María Santísima con el método de San Luis María de Montfort, que dura 33 días, según el plan del santo, en caso de que deseen hacerlo en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, recuerden que deben comenzar el 5 de noviembre, terminando el 7 de diciembre.

No perdamos ninguna de las oportunidades de honrar a nuestra Madre, en particular viviendo en gracia de Dios, practicando la caridad unos con otros, y realizando obras de misericordia con los más necesitados. Estemos atentos a las diversas actividades que puedan organizarse en cada parroquia y casa religiosa (Rosario, Misas en honor de la Virgen…). Una gran oportunidad para honrar a María Santísima en este mes de agosto, lo tenemos en los festejos de la Solemnidad de la Asunción de Marín, el próximo 15.
Tratemos, asimismo, de confesarnos cada mes, comulgar cuando nos sea posible, y rezar por las intenciones del Santo Padre.

En Cristo y María

P. Miguel Ángel Fuentes, IVE

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