En Islandia somos sólo 13 sacerdotes, de modo que la ausencia de uno se nota mucho, y más si esto sucede en la Semana Santa. Resulta que uno de los sacerdotes que lleva más tiempos en la isla, el padre Jacob, el que mejor habla islandés de los sacerdotes extranjeros que trabajamos aquí, cayó enfermó y estuvo internado durante 2 semanas, razón por la cual el Obispo nos pidió que nos encargáramos de celebrar las ceremonias en el único Carmelo de estos pagos. Tales los caminos de Dios para que el p. Gabriel celebrase su primera semana santa en islandés. Ciertamente muy fructífera. A Dios gracias la gente participó muy bien de las celebraciones, cosa que pudimos experimentar en el confesionario… “hay que dejar los pecados antes de que lo dejen a uno”. Año a año, por gracia de Dios, los fieles van aprendiendo y aprovechando más este gran sacramento.

PP. Gabriel Prado y Horacio Cabaña del Instituto del Verbo Encarnado
PP. Gabriel Prado y Horacio Cabaña del Instituto del Verbo Encarnado

Justamente queríamos contarles una anécdota de las varias veces que pudimos visitar al padre Jacob en el hospital. Allí el Padre nos contaba sobre el apostolado que podía hacer con los otros pacientes y con los mismos doctores y enfermeras (por cierto todos protestantes o ateos). La gente, al verlo rezar el breviario o el rosario, le preguntaba que hacía, y terminaban pidiéndole oraciones por sus necesidades. Nos contó que el viernes santo estuvo confesando durante 1 hora: la gente se enteró que estaba allí y empezó a visitarlo, y a confesarse. Lo gracioso fue que, al fin, tuvo que irse a una habitación aparte, donde se formó una cola de gente esperando para que se le perdonen los pecados. El hospital se transformó en iglesia… ¡qué necesidad de sacerdotes tenemos acá… uno no puede hacer reposo ni internado en el hospital!

Estamos muy agradecidos con Dios por todo lo que nos permite vivir, pues aunque nos encontramos en un país protestante-ateo, pudimos experimentar intensamente la paternidad sacerdotal y comprendimos un poco más como el sacrificio que Abraham se disponía a ofrecer a Dios era el más cruel de los sacrificios: el de quedarse huérfano de hijo. Que la orfandad del padre es la peor de las orfandades.

Comprendimos un poco más la grandeza de la confesión. Por algo Cristo cargó con todos los pecados de los hombres. Por algo el Hijo de Dios quiso ser el hijo del Hombre, para trocarse en el Divino Culpable, en la Divina Víctima que, desde lo alto de su angustia, grita al Padre: “Elí, Elí, lamma sabacthaní” asumiendo ante Él la figura del Pecador Desconocido, y confesando como el Único Responsable, en el gran intercambio de la Redención.

Así lo quiso Él y así se legó a nosotros -a nosotros que lo dejamos solo en la hora de la prueba-, así se ofreció a nuestro ejemplo, cargado de la miseria de nuestros pecados, para reconciliarnos con Dios y connaturalizarnos con el culpable doblado bajo el peso de todos los abandonos, para que aprendiéramos a gemir con Él en el Jueves de sus azotes y en el Viernes de su último estertor, para que no le preguntáramos qué hizo sino qué podríamos hacer por él, para que le ayudáramos a llevar su cruz, y para que le animáramos a sobre elevarse de ella. Para que en cada uno de los pecadores viéramos a Él, para que en Él nos apiadáramos de todos.

Y ahora podemos decir que como Aquiles, el hombre que no tiene siquiera un talón vulnerable no es un hombre, es un miserable, a quien le está negado el mejor de los consuelos, que es el beneficio de la penitencia.

Nos encomendamos a sus oraciones.

         Padres del IVE misioneros en Islandia.

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