“Solo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no solo en el otro mundo, sino en este también”. Así escribe San Juan XXIII en su decálogo de la serenidad. Y así vivieron el campamento nuestras niñas del hogar Divina Providencia, porque aprovecharon todo lo que Dios les quiso regalar para hacerlas felices.

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Como más de una vez suele pasar, se acercaba la fecha del campamento de verano de las chicas y abuelas del hogar, que se realiza todos los años en febrero al terminar nuestras vacaciones, y faltaban un par de detalles que arreglar, cosas que conseguir, etc. Queríamos hacerlo diferente, llevarlas a un lugar nuevo que no conociesen y sobre todo queríamos que disfrutaran. Así que pusimos a todas a rezar y como era de esperar la Divina Providencia fue encaminando las cosas sobrepasando todas nuestras expectativas, haciendo felices a nuestras pequeñitas con cosas tan sencillas.

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Primero conseguimos el lugar en un regimiento de Córdoba, entonces se presentó el problema del transporte, decidimos alquilar un colectivo y las chicas no dejaban de rezar por esta intención en las misas, los rosarios y en las visitas al Santísimo. Y no se contentaban con poca cosa, pedían uno de dos pisos, y Dios se encargó de todo. Era realmente inexplicable la emoción en el momento en que vieron llegar el enorme colectivo que tanto habían esperado, si pudieran ver como brillaban los ojos de las chicas, las abuelas y los niños mientras lo contemplaban, las sonrisas de felicidad que se dibujaban en sus caritas, como si no pudieran creer lo que veían. Más tarde uno de los choferes nos confesó que, de hecho lo que más le impresionó cuando llegó a buscarnos, fue la alegría que se notaba en ellas.

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Ya estábamos en marcha, todo parecía en orden y sin embargo mientras viajábamos la hermana encargada del campamento, que había viajado antes a Córdoba para que todo estuviera listo cuando llegáramos, recibe una llamada del Teniente del regimiento avisando que debido a las inundaciones que habían sufrido por las lluvias, había que tener disponible el regimiento para la gente evacuada y por tanto no nos podían recibir. Sin perder la confianza, pero pensando qué hacer con las 40 chicas que ya estaban viajando, la hermana comenzó una cadena de rosarios con los jóvenes y la gente de la parroquia y cuando apenas había pasado media hora llama nuevamente el Teniente para decir que nos recibirían igual. ¡Qué grande es la Providencia Divina!!! Y gracias a Dios que no nos enteramos de esto hasta que ya estábamos instaladas…

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Volviendo al colectivo, el entusiasmo no fue menor en el viaje al llegar al regimiento donde  nos hospedábamos y donde ya nos esperaban algunos soldados. Verdaderamente armamos un divertido alboroto, bajando y subiendo sillas de ruedas por las escaleras de las cuadras, bolsos y mates por todos lados y las chicas que todas querían elegir una cama y saber cuál era su lugar, a la vez que querían investigar todo lo que estuviera a su alcance.

El primer día descansamos para recuperarnos del viaje y por la tarde salimos a dar una vuelta por el regimiento y rezamos el rosario en la plaza central, lo que fue un gran testimonio pues el grupo, como se imaginan, se hacía notar y sus oraciones se escuchaban simpáticamente por todo el lugar. Una piedad tan sencilla a la vez que profunda, como la de ellas, nunca queda estéril.

Al día siguiente ya comenzamos nuestra aventura. La primera salida fue al zoológico de la ciudad de Córdoba, paseamos, vimos los animales y participamos en un show de lobos marinos que a todas les impresionó mucho y no se explicaban cómo esos animales podían hacer tantas cosas, algunas incluso querían llevarse un lobo marino al hogar. Para terminar el día fuimos a la heladería y se tomaron unos riquísimos helados que terminó por completar la felicidad de las chicas.

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Luego de un día de lluvia, que pasamos tranquilas en el regimiento, llegó la fecha en que nos habían dado entradas gratuitas a una función de cine para todas y allí fuimos. Se levantaron temprano y muy emocionadas, algunas nunca habían estado en un cine. Llegamos al shopping, vimos la película y dimos unas vueltas por el lugar, de más está decir que llamaba un poco la atención un grupo tan particular mirando vidrieras en el shopping de Córdoba y como si fuera poco, compramos para todas unos súper panchos en un local y allí comimos para después ir a la plaza de juegos. Se veían en los autitos chocadores, en los caballitos, incluso las chicas de sillas de ruedas jugaban a lo que podían, y otra vez se dibujaban unas sonrisas enormes en sus caritas, estaban realmente felices, iban de un lado a otro y todas querían jugar a todo.  Después del shopping fuimos a la casa de la hermana Kidane que nos había ayudado generosamente con todo lo del campamento y gracias a ella conseguimos la mayoría de las cosas. Allí merendamos, tocamos la guitarra, y jugamos un rato ya que a algunos todavía les quedaban energías para seguir.

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Fuimos también a la fábrica de  golosinas Georgalos donde vimos cómo hacían los caramelos y los huevos de pascua y al final del recorrido, nos regalaron algunos de sus productos (chocolates, caramelos, etc.) para llevarnos.

El sábado fuimos a pasar el día al parque Kempes, un parque nuevo que está frente al famoso estadio que lleva el mismo nombre. Es un parque grande y muy hermoso, con bajada al río que tiene un sector con hamacas y distintos juegos para discapacitados donde todas nuestras chicas pudieron aprovechar. Por la noche, a modo de agradecimiento, participamos de la Santa Misa en una parroquia donde los fieles  habían colaborado mucho con nosotras, haciendo colectas y  consiguiendo lo que nos podía hacer falta, y luego de la misa se hizo una cena a la canasta. Toda la gente se acercaba a saludar y preguntar por el hogar, realmente quedamos muy agradecidas con ellos porque fueron muy buenos y generosos con nosotros todo el tiempo que estuvimos de campamento.

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El domingo ya era el último día, el Padre que nos acompañaba nos preparó un rico asado, hicimos la entrega de premios a aquellas que se habían destacado en esos días y comieron una vez más helado que tanto les gusta. Ninguna de las chicas quería volver.

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A pesar de tantas cosas que pudimos haber hecho no deja de ser lo más importante y lo más valioso para nosotras, la alegría con la que vivieron nuestras chicas cada día del campamento, el poder haberlas hecho felices con tan poco de nuestra parte, palpar cómo Dios les concede tanto porque realmente las ama y nosotras sus siervas inútiles, no hacemos más que lo que tenemos que hacer. Así ellas son felices y en ellas el mismo Cristo se alegra, porque Él dijo “lo que hicisteis por uno de estos mis pequeños, a mí me lo hicisteis”. Agradecemos a todos los que nos ayudaron y rezaron por los frutos, porque podemos asegurar que fueron abundantes y sobre todo agradecemos a Dios que nos permite, por así decirlo, robarnos el cielo, atendiendo a sus almas predilectas, con la oportunidad de practicar a cada instante la caridad, que será por lo que al fin seremos juzgados y que sin ella nada somos. Que la Virgen nos conceda la Gracia de ser sencillos como las chicas del hogar, siendo felices con lo que Dios nos da acá en la tierra, esperando serlo aún más  en el cielo.

Hermanas del Hogar Nuestra Señora de la Divina Providencia

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