«¿Quién es, pues, Apolo? ¿Y quién es Pablo?… ¡Servidores, por medio de los cuales habéis creído! Cada uno trabajó según el designio del Señor» (1Cor 3,5). ¿Quién es, pues, Andriy? ¿Y quién es Vasyl? Servidores… ¿Y quién soy yo? Yo soy el p. José Montes… Vuestro servidor, por medio del cual creeréis… esta historia.

De los cuatro asentamientos del IVE en Ucrania, Skadovsk es el más lejano… tan lejano que ni siquiera yo mismo lo conocía. Tres ciudades eran mi «aquí»: Ivano-Frankivsk, en donde yo había vivido, Dubové, en donde vivía y Vinnytsia, en donde había pasado unas semanas: Skadovsk  todavía era un «allá».

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Antigua Capilla

Y hete aquí que el p. Teodoro entró a mi habitación y con voz de trueno exclamó: Skadovsk. Así fue como me enteré de mi nuevo destino.

Sólo faltaba ir, recorrer los 138 km. hacia la ciudad de Mukachevo para tomar el tren que tras 17 horas nos llevaría a Odesa, y el autobús que nos acercara a Jersón, y aún otro con rumbo hacia mi destino. Y así llegamos. Digo llegamos, porque conmigo viajó el p. Teodoro. Era el día 26 de septiembre, conmemoración de San Cornelio, centurión.

Al día siguiente fui, con el p. Andriy, a recorrer un poco la ciudad. Vi lo que en Ucrania uno normalmente no ve: una ciudad con manzanas cuadradas (160 metros de lado). Caminanos poco más de 2 km. y llegamos a la playa y contemplamos el mar Negro, cortado al filo del horizonte por la extensión de la isla Dzharilgach. Vi una ciudad veraniega, pero no era verano. Vi una realidad, y esa mañana ya había visto otra.

Ese día era martes, 27 de septiembre, fiesta de la exaltación de la Santa Cruz. Esa mañana habíamos celebrado la Divina Liturgia en la capilla.

Sermón en la Capilla
Sermón en la Capilla

Imagínense un cine al aire libre: un paredón en donde proyectar la película, que junto a otras 3 paredes forman un cuadrilátero de 20 metros de lado. Construyan con la imaginación una casa de dos pisos y ancha unos 3 metros, desde donde proyectarán la película. Imaginen la casa derruida y el piso superior inhabitable. Entren. Ustedes acaban de conocer nuestra capilla.

Allí, el p. Teodoro presidió, concelebramos el p. Andriy y yo: esa fue mi primera vez, esa fue mi última vez. Y yo lo sabía, porque también sabía que el domingo que se aproximaba Mons. Mykhail vendría a consagrar el nuevo templo, la nueva Iglesia: por eso, el p. Teodoro había venido conmigo y, por eso, el p. Gustavo Nieto, en Roma, estaba ya preparando sus valijas.

Ese día el p. Vasyl no había podido celebrar la Divina Liturgia con nosotros, ya que un párroco vecino le había pedido que lo reemplazara. Él ya llevaba años en Skadovsk, desde agosto de 2010. Y durante todos esos años, él había celebrado en su pequeña capilla, digna no por su aspecto sino por lo que allí se celebraba. Yo llegué a Skadovsk a reemplazarlo, no como párroco sino como superior de la comunidad religiosa. Yo no vi sus fatigas, yo no vi a Cristo en sus manos en inviernos sin calefacción, yo no vi cómo de la semilla-capilla crecía la espiga-iglesia. Yo no lo vi. «Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga» (Jn 4,38).

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Nuevo Templo

Yo en esa Divina Liturgia, no vi a Vasyl, vi a sus fieles, 10 fieles en una ciudad dе poco más de 18.000. Diez fieles, diez almas que tienen derecho a la sangre de Cristo.

En los días subsiguientes celebramos los 4 en nuestra casa, en nuestra capillita. En esos días, unos se ocupaban de los preparativos para el día domingo, otros (yo) nos ocupábamos de tener los ojos bien abiertos y ver.

El día sábado 1 de octubre, vísperas de la fiesta, llegó el p. Gustavo Nieto. Llegó desde Roma vía Turquía a la ciudad de Jersón, capital de provincia, sita a 100 km. de nuestra casa. Fuimos a buscarlo el p. Vasyl y yo: Vasyl por deber, yo por placer. Allí no sólo encontramos a nuestro primer huésped, al p. Gustavo, sino también a nuestro segundo, al p. Antonio Vatseba, sacerdote ucraniano, encargado de nuestros seminaristas en Italia. Ya volviendo a Skadovsk, por teléfono nos enteramos, que el tercer huésped, el p. Mykhailo, nos seguía los pasos unos kilómetros atrás.

Ablución
Ablución

A las 16:30 llegamos de regreso a Skadovsk, a las 18:00 los huéspedes 2 y 3 celebraron la Divina Liturgia en la desvencijada capilla, asistiendo a ella laicos y religiosos y hermanas venidos de puntos remotos de Ucrania. Al p. Gustavo le mostramos el antes y después, la capilla y la iglesia. Ya para esa hora, los huéspedes todos habían conocido sus lugares de pernocteo: al p. Gustavo le habíamos encontrado lugar en un hotel, junto con los padres Teodoro y Antonio. Allí también hizo noche nuestro cuarto huésped, el p. Josafat, junto con alguno de sus fieles. El p. Mykhailo durmió en la casa nuestra en algún lugar, el resto, laicos y hermanas, en una residencia. El quinto huésped, el p. Gregorio, no llegó ese día, así que durmió durante las 7 horas de viaje y junto a él 6 fieles. El chofer no dormía.

A las 20 horas, en el hotel, residencia de nuestros padres, tuvimos la cena: estuvimos todos los padres que pudimos estar, ya que algunos de ellos estaban ocupados con actividades organizativas. Poco después, ya en nuestra casa, se nos juntaron los faltantes para una «picada» fraterna. Como es de suponer, luego de ello, cada uno se retiró a sus aposentos u hoteles. Yo me quedé allí, ya que mi diván cama allí se encontraba.

Y llegó el día. Y llegó Mons. Mykhail a la hora señalada. Eran las 12:00 del domingo 2 de octubre. Los 10 fieles estaban presentes, y en torno a ellos, más de 150 personas estaban atentas a lo que comenzaba.

¿Cómo describir en pocas palabras el rito de consagración del templo? ¿Cómo transmitir al lector la atmósfera sacra que allí se respiraba? Una primera palabra es: el p. Gustavo Nieto quedó impresionado.

Saludo
Saludo

Ante mí, tengo ahora, un librito en ucraniano con el rito de la consagración y de la Divina Liturgia. El rito se describe a lo largo de 18 páginas. Omito las oraciones introductivas y los Troparios y las preces. Omito las oraciones propias del Señor obispo, los Salmos y la procesión fuera del templo. Omito también las unciones, pero no omito las abluciones del altar.

Unos días antes de la fiesta, una vecina nos trajo un conjunto de rosas. Eran rosas sin espinas, pues eran las flores sin sus tallos. Ese mismo día, más tarde, supe para qué eran, y dos días antes de la fiesta yo fui el encargado de preparar el «agua de rosas», de hervir los pétalos y obtener un líquido color rojo carmesí (#DC143C).

Y el obispo tomó en sus manos la ampolla que lo contenía y lo derramó sobre el altar diciendo: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Y él junto con varios sacerdotes, perfumaron así el altar, secándolo a continuación con paños. Antes de eso, ya había derramado agua y lavado con jabón el altar, y también, había derramado, sobre él, vino. Así, el altar limpio, embriagado y perfumado fue vestido con los manteles y adornado con el corporal, los Evangelios, la cruz y los cirios porque allí debíamos recibir el cuerpo y la sangre de Cristo.

Entre los sacerdotes que ayudaron al obispo a santificar el altar estaban el p. Gustavo Nieto y el p. Teodoro Matsapula. También ayudaron el Canciller y el Protosincelo[1] del exarcado y nuestro Decano. El resto de los sacerdotes concelebrantes observábamos atentamente: eran los sacerdotes del IVE ya nombrados, 6 sacerdotes exarcales y un religioso basiliano.

Al termine de todo el rito se continuó con la Divina Liturgia al canto sonoro del «Santo Dios, Santo Fuerte, Santo inmortal, ten piedad de nosotros». La semilla plantada por el p. Vasyl ya daba su fruto. Y ésta… fue mi primera celebración allí, y no la última.

Nosotros (el sexto desde la izquierda es Andriy, el octavo Vasyl)
Nosotros (el sexto desde la izquierda es Andriy, el octavo Vasyl)

Los agradecimientos no faltaron, como tampoco el batir de los corazones de los fieles. De a poco el lugar se fue vaciando y los huéspedes todos se dirigieron a un comedor. Allí la fiesta continuó, y ya más relajados todos compartieron la experiencia vivida, al mismo tiempo que ucraucramiembros de nuestra familia religiosa, de todas sus ramas, fogoneaban el ambiente.

Y así termina esta historia. El p. Gustavo preparó sus valijas y nos dirigimos juntos con las hermanas hacia Odesa. Al día siguiente, después de cierto contratiempo que no ha lugar aquí, el p. Gustavo dejaba Ucrania.

Terminada esta historia, puedo comentar sobre el presente actual.

El p. Vasyl entregó rosarios bendecidos por el Papa a todos los fieles de la parroquia; rosarios que nos había traído el p. Gustavo. El p. Andriy recibió el nombramiento de párroco, y así, el p. Vasyl pudo tomar curso hacia su nueva misión en Ivano-Frankivsk. Los 10 fieles se multiplican, y son 20 y son 30 porque la dignidad del templo atrae. El p. Vasyl plantó y el p. Andriy regó, «mas fue Dios quien proporcionó el crecimiento» (1Cor 3,6). Y yo aquí, también he venido a regar… pero esa será ya otra historia.

R.P. José Francisco Montes, IVE


[1] Corresponde al Vicario General en la terminología latina.

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