¡Cómo arde desde los primeros días del noviciado el corazón de aquél que, teniendo aún frescas las llagas que le han producido  su decisión de entregarse al Señor, ve en el santo hábito un distintivo de lo que ahora es: un hombre de Dios; de lo que quiere llegar a ser: un religioso fiel y un sacerdote víctima con la preciosa Víctima del altar!

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¡Cómo fluye de modo vertiginoso y ardiente—o no tanto— la sangre en las venas de ese joven que por haberle dicho sí al Maestro anhela con todo su corazón vestir tal distintivo!

¡Cómo suscita emociones, alegrías y dolores en los que hasta ese día han sido la única familia de quien, por ser revestido de la muerte —como indica el negro de la santa sotana—, comienza a pertenecer ya en cierta medida a una sociedad de seres celestiales!

Es el santo hábito aquel signo de contradicción que prometió Jesús para los suyos. Es el signo que indica a los hombres la presencia de Dios entre ellos; animándolos a la esperanza que brota de la conciencia de la presencia de Dios entre los pecadores. Es el faro que ilumina en el mundo la oscuridad de quienes necesitan del sacerdote. Es una imagen del amor de Dios que camina entre los hijos de Adán. Todo eso es la sotana, y mucho más. Y este año fueron 32 las nuevas que revistieron los cuerpos de quienes, con su noviciado, le están diciendo sí a Jesús, “te seguiré hasta la muerte”.

“La Finca”, como llamamos a nuestro Seminario Mayor en San Rafael (Arg) una vez más se engalanó para festejar la imposición de sotanas,  y en qué día: Pentecostés; como indicando que es el Espíritu el único norte de los que con su lucha cada día se abandona en las manos de Cristo. Allí la recibieron 28. Y fueron 4 los que se revistieron de Cristo aquí en el Noviciado el día de la Santísima Trinidad, fundamento último de la entrega total de un religioso.

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¡Qué alegría para la congregación tantos nuevos futuros religiosos!, ¡cuánta felicidad en la Iglesia por tantos prometedores sembradores!, ¡qué exultación en el cielo, que se ensancha recibiendo estos hijos suyos y junto con ellos a los hijos que engendrarán para el Omnipotente!

Y nosotros, cómo no alegrarnos, si son nuestros hermanos menores, nuestros compañeros de armas el día de mañana, nuestra comunidad religiosa.

Que Dios bendiga a estos novicios con la perseverancia y fidelidad hasta el fin y que a nosotros nos conceda la misma gracia.

Diác. Pablo Pérez, IVE

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