Por: P. Diego Cano, IVE

 

Ushetu, Tanzania, 5 de marzo de 2020

Organizamos poder ir a algunas aldeas lejanas para que los voluntarios tuvieran una experiencia de lo que significa el trabajo de los misioneros. La vida aquí en la misión, donde tenemos nuestras casas, es muy particular, es un lugar muy hermoso, con gente conocida, gente que viene a rezar, tenemos la escuela de las hermanas, el dispensario… y las mil actividades parroquiales. Pero cuando uno sale del centro misionero, siente que sale fuera de una especie de “burbuja”. Por eso es que cuando vienen voluntarios queremos que conozcan otras aldeas, especialmente la de los dos centros más alejados, pobres, y con menos cantidad de cristianos. Es el caso de los centros de Nyasa (en la parroquia de Ushetu) y Mazirayo (en la parroquia de Kangeme), a los cuales hay que llegar luego de cruzar sendos ríos en este tiempo de lluvias. El acceso es difícil, los caminos están en mal estado, y durante las lluvias, tiene su cuota de aventura.

Pensamos que podían ir a los dos centros que nombré, pero precisamente como el transporte es complicado, y por las distancias, fue que decidimos hacer dos grupos. Los dos varones, Nicolás e Ignacio estuvieron en las dos giras, y las mujeres fueron tres a Nyasa y las otras dos a Mazirayo la semana siguiente.
En realidad la salida era a la aldea de Itumbo, que tiene por patrono a San Pío de Pietralcina, y pertenece al centro de Nyasa, hacia el sur de la parroquia de Ushetu. Esa mañana amaneció lloviendo y comenzamos con algunas dificultades cuando encontramos cerca del noviciado a un camión enterrado y que nos impedía el paso. Después de pasar anduvimos unos kilómetros pasando por un camino muy angosto y lleno de vegetación, por grandes charcos de agua, con mucho barro. Pasamos por la aldea de Mkwangulwa, arribamos a Makuba, y un kilómetro más adelante dejamos el vehículo, para comenzar a caminar por entre los campos de arroz, haciendo equilibrio entre los bordos de tierra y barro que dividen las distintas “piletas”. En pocos minutos llegamos a la orilla del río, y allí esperamos los botes, que como ya les he contado, los hacen con corteza de árboles. Cruzamos en dos tandas, y comenzamos a caminar hasta llegar a la aldea de Itumbo, mientras charlábamos y disfrutábamos de una mañana nublada, gracias a Dios.

Llegamos al pequeño poblado, luego de caminar unos seis kilómetros, ante la mirada sorprendida de los habitantes, al ver llegar caminando a seis extranjeros… evidentemente extranjeros. De todas formas, ya saben que algo tienen que ver con la iglesia estos “wazungu”. Una vez que estuvimos cerca de la capillita, salieron a recibirnos las niñas, cantando y saltando. Las voluntarias ya se sabía esos cantos, así que las acompañaron y las niñas se morían de la risa. Fue muy alegre la llegada, en verdad y los mismos voluntarios comentaban esto, que les admiraba cómo en esos lugares la gente nos estaba esperando con tanta alegría, luego de tantos meses sin tener la Santa Misa. Nos tenían preparado un té con chapatis, muy reparador, y de allí fuimos a rezar el rosario mientras yo confesaba. En ese momento se desató una lluvia muy fuerte, que me hizo dar gracias por haber llegado un ratito antes, sino nos hubiéramos empapado.

Recuerdo lo que les prediqué, y recuerdo sus rostros atentos. Les encanta escuchar las explicaciones simples del Evangelio. Pero por más simple que sean las explicaciones, siempre conservan la profundidad de la Palabra de Cristo, que toca lo más íntimo de nuestros corazones. Era la parábola del sembrador, y como todos ellos son agricultores, esta parábola cae en sus corazones como la semilla del sembrador. Pero así se van imaginando, que muchas veces como esa tierra en medio de las piedras o espinas, o como en el camino, la semilla, que es la misma para todos, cae en corazones tan distintos. Ahí me gustó imaginar que estaba sembrando al voleo semilla para todos lados… y a la vez pedí a Dios que esos corazones sean tierra fértil. Luego de la Misa los voluntarios se presentaron y repartieron regalos que habían traído desde Chile: rosarios para todo el mundo, y todo el mundo feliz.

Entre tantos viajes, el cruce del río, caminatas, y lluvias, decidimos que era mejor regresar temprano, apenas terminamos el almuerzo. Les mostré la iglesia nueva que estamos construyendo allí. Una iglesia grande, y muy fuerte. Ahora sigue el paso de buscar ayuda para techarla, y seguir adelante poco a poco. Yo tengo el anhelo de que en esa zona se podrá algún día contar con una presencia más continua de los misioneros, y así esas comunidades crecerán muchísimo, porque están muy bien dispuestas. Hicimos ahora el tramo hasta el río en motos, y al llegar al río tuvimos una discusión con los de los botes, porque a la ida nos habían cobrado mucho más de lo que era justo. Allí los voluntarios me vieron en “otra faceta” misionera, y que no me gusta por cierto. Pero a veces no hay otra posibilidad, porque es muy común que intenten sacarle más al extranjero. Claro que no es mucho dinero, pero tampoco es bueno que se acostumbren a hacer esa diferencia. Entre discusiones, ayudados de nuestros líderes, logramos que se nos restituya el dinero, y seguimos viaje… yo por mis adentros pensaba que menos mal que esta gente es tan pacífica, porque nos faltaba todavía cruzar el río de regreso.

El resto del camino, por campos de arroz, y luego en la camioneta, fue todo muy bien y agradable, sobre todo con el buen recuerdo del día vivido, las nuevas experiencias y “otra cara” de la misión. Los voluntarios se preparaban para seguir con sus trabajos durante la semana, y volver a otra aventura misionera el fin de semana siguiente. Dejo esto para otra crónica.

 

Dios los bendiga.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE