“¡Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces!”

 Así le hablaba el Beato Juan Pablo II a nuestra querida Europa, en sus intentos de salvar la identidad cristiana del “Viejo mundo”: “Yo, Sucesor de Pedro en la Sede de Roma, Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes“ [1]  Y en otra ocasión: “¡No se cortan las raíces de las cuales se ha crecido!”.[2]

A nosotras nos ha tocado misionar en tierras de Reevangelización, llevar el evangelio a los “confines del mundo” donde la predicación del Evangelio resonó por primera vez hace ya muchos siglos. A una Europa que quiere muchas veces cortar sus raíces, que ha envejecido y ha perdido el fervor de su primer amor. A una Europa a la que podríamos aplicar las palabras del profeta Oseas cuando describe la apostasía del Pueblo de Dios: “Fui Yo quien le enseñé a andar, Yo los tomé de los brazos, más ellos desconocieron que yo los cuidaba. Yo los atraje con vínculos de amor (…) Mi pueblo se mantiene infiel contra mí, cuando a lo alto se los llama, ni uno hay que se levante”(Os 11,2.7)

Pero en esta gran tarea de volver Europa a la Fe, nos ayudan, acompañan y alientan con su gran ejemplo aquellos grandes santos que llegaron primero a estas tierras. Aquellos, que como dijera Pemán ¡rompieron con su acento la virginidad de un viento que nunca oyó la Verdad! Ellos pusieron la semilla que echó raíces, conquistaron los pueblos bárbaros para Dios, construyeron ciudades y fundaron iglesias. Para ellos, la tierra del Mosa y del Rin era tierra de Misión, de “primera Evangelización”, dominada por los Frisios a lo largo de la costa, los Sajones en el este y los Francos al sur. Para nosotras es esa misma tierra, ahora también tierra de Misión, pero de “Reevangelización”.

Esta crónica quiere ser un pequeño homenaje a aquellos grandes misioneros que nos precedieron siglos atrás, que desde el cielo interceden por nosotros y con quienes nos sentimos en cierto modo, identificadas, ya que caminamos tras sus huellas, es el mismo suelo por el que ellos marcharon y la tierra donde descansan sus restos.

Ante la grandeza de sus obras y santidad: ¡Conversión y evangelización de pueblos enteros! nuestras pocas obras nos parecen más minúsculas aún…. pero al mismo tiempo crecen los deseos de imitarlos, y crece la esperanza de que la pequeña semilla que sembramos hoy, con la gracia de Dios, también dará su fruto a su tiempo. Leyendo la vida de ellos y peregrinando a sus santuarios, muchas veces nos hemos animado y consolado, experimentando también su intercesión y protección.

Les presentamos a nuestros amigos, y los invitamos a peregrinar a sus santuarios. Contar todas sus obras, aunque bien valdría la pena, resultaría demasiado largo, por eso nos limitamos a contar algunos aspectos y anécdotas que nos edifican particularmente.

 

“Ellos marcharon por la dura tierra,

puestos los ojos fijos en el cielo;

ellos señalan para nuestros pasos,

limpio sendero.”

 

San Servacio de Maastricht

 Era nada menos que pariente de Nuestro Señor Jesucristo, descendiente de un hermano de Santa Isabel, Elind, padre de Emin, quien dejando la tierra de sus padres emigró a Armenia, y allí se casó con Memelia y tuvieron un hijo: Servatius.

Los limburgueses siempre se glorían de ser los primeros, en estas tierras holandesas; en haber recibido la Fe, gracias a “San Servatius” venido de Armenia, para evangelizar por mandato de un ángel a un “pueblo remoto, a orillas del rio Mosa”.

De él queremos resaltar su lucha incansable contra el error y la ignorancia, y sobre todo contra el paganismo, que en nuestro tiempo ha vuelto ha resurgir de tantos otros modos. Junto con San Atanasio de Alejandría, defendió la Fe Nicena acerca de las dos naturalezas de Cristo y combatió a los arrianos en los Concilios de Sárdica y Rimini. Se lo representa siempre vencedor sobre un dragón, como imagen de quien ha destruido el poder del demonio que dominaba sobre este pueblo. A él le pedimos que nos ayude en la lucha contra el paganismo moderno, y la enorme ignorancia que padecen las almas a nosotras encomendadas.

Sus restos descansan en la bellísima Basílica de Maastricht, construida por sus sucesores los obispos Santos Monolfus y Gondolfus.

Busto relicario de San Servatius

san servatius

 

Basílica de San Servatius en Maastricht

basilica san servatius

“Todo lo dieron por amor a Cristo

fieles soldados fueron en la vida

ya coronados, con amor fraterno,

hoy nos invitan.”

 

San Willibrordo

 Él es nuestro gran patrono, el apóstol de los Frisones. En el año 690, se embarcó en Irlanda al frente de once compañeros con el propósito de predicar el Evangelio en Frisia. No era fácil la tarea confiada a Willibrordo y a su pequeño grupo de monjes misioneros. Aquellos bárbaros de estatura imponente, barba rubia y largas melenas eran guerreros feroces, testarudos, apegados a sus viejas tradiciones y extremadamente amantes de su libertad e independencia. Fue nombrado Arzobispo por el Papa Sergio I, pero no para un territorio, sino para un pueblo: los frisones.

De Willibrordo queremos remarcar no sus logros sino un “fracaso”: la historia del Rey de los Frisones, Radbod, quien fue el mayor enemigo y perseguidor de nuestros misioneros. Sin embargo, hubo un momento, después de muchos esfuerzos y acercamientos, en el que Radbod y probablemente junto con él toda la Frisia, estuvo a punto de convertirse al Dios Verdadero. Pero en el momento de ser bautizado por San Wulfran (discípulo de Willibrordo) renunció a su propósito cuando al preguntar por el destino de sus antepasados, se le dijo que no encontraría a ninguno de ellos en el Cielo.

¡Qué desilusión habrán sufrido Willibrordo y sus compañeros! ¡Cuántas veces  sufren los misioneros los mismos desencantos! Ya nos lo había advertido nuestro Señor: “vino la Luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz porque sus obras eran malas” (Jn 3,19) “Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado”. (Jn 15,18.22)

Era Willibrordo, según testimonio de San Bonifacio, varón “de gran santidad y de austeridad maravillosa”. Y San Beda el venerable nos dice: Wilibrordo “inflige todos los días derrotas al diablo; a pesar de su ancianidad combate todavía, pero el viejo luchador suspira por la recompensa eterna”. Había contribuido a convertir al cristianismo toda la Frisia sometida al poder Franco.

Murió, probablemente en la abadía de Echternach (actual Luxemburgo), donde descansan sus restos.

 

San Willibrordo Apóstol de los Frisones

san wildibrodo

 

El Rey Radbod se niega a recibir el bautismo

rey Radbod

 

“Firmes sigamos su segura senda;

Cristo nos llama a su eterna dicha;

Él nos espera, en su amor vivamos

toda la vida.”

 

San Bonifacio

Del apóstol de los germanos y mártir de los holandes! nos limitaremos a citar al Santo PadreBenedicto XVI que le dedicó una catequesis bellísima en el 2009 (http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2009/documents/hf_ben-xvi_aud_20090311_sp.html )

Sólo citamos algunos textos más significativos:

“San Bonifacio se dedicó a la predicación del Evangelio en aquellas regiones, luchando contra los cultos paganos y reforzando las bases de la moralidad humana y cristiana. Con gran sentido del deber escribió en una de sus cartas: “Estamos firmes en la lucha en el día del Señor, porque han llegado días de aflicción y miseria… No somos perros mudos, ni observadores taciturnos, ni mercenarios que huyen ante los lobos. En cambio, somos pastores diligentes que velan por el rebaño de Cristo, que anuncian a las personas importantes y a las comunes, a los ricos y a los pobres, la voluntad de Dios… a tiempo y a destiempo” (Epistulae, 3, 352. 354: mgh). 

 San Bonifacio merece nuestra atención también por una característica: promovió el encuentro entre la cultura romano-cristiana y la cultura germánica. En efecto, sabía que humanizar y evangelizar la cultura era parte integrante de su misión de obispo.

Me impresiona siempre su celo ardiente por el Evangelio: a los cuarenta años abandonó una vida monástica tranquila y fructífera, una vida de monje y profesor, para anunciar el Evangelio a los sencillos, a los bárbaros; a los ochenta años, una vez más, fue a una zona donde preveía su martirio. Comparando su fe ardiente, su celo por el Evangelio, con nuestra fe a menudo tan tibia y burocrática, vemos qué debemos hacer y cómo renovar nuestra fe, para dar como don a nuestro tiempo la perla preciosa del Evangelio“.

San Bonifacio alcanzó los tres fines de la “peregrinatio” clásica: 1) vivió en el extranjero como un extranjero, en un total desprendimiento; 2) predicó el Evangelio entre hombres que lo desconocían o lo conocían mal y lo practicaban peor; 3) derramó, por último, su sangre por Cristo en manos de paganos, dando así el supremo testimonio de su amor y entrega.

¡Que Dios nos conceda imitar la fortaleza de San Bonifacio y alcanzar también estos tres méritos!

San Bonifacio predica contra la idolatría

bonifacio

Conclusión

Al final nos queda decir lo que una vez más constatamos en la historia de estos santos que marcaron el nacimiento de la Europa Cristiana, y que tan bien expresa Belloc:

“En esta encrucijada permanece la verdad histórica: que nuestra estructura europea, construida sobre los nobles fundamentos de la antigüedad clásica, se formó sobre, existe por, está en consonancia con y se mantendrá solamente dentro del molde de la Iglesia Católica. Europa volverá a la fe o perecerá. Europa es la fe y la fe es Europa”. (Hillaire Belloc. Europa y la Fe)

Queremos terminar con  las palabras de nuestro querido Beato Juan Pablo Magno, quien nos anima a seguir trabajando para que Europa vuelva a la fe:

“El ‘viejo’ continente necesita a Jesucristo para no perder su alma y no perder aquello que lo ha hecho grande en el pasado y que todavía hoy lo presenta a la admiración de los demás pueblos” [3]

“Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los demás continentes te miran y esperan también de ti la misma respuesta que Santiago dio a Cristo: “¡lo puedo!”. [4]

Encomendamos nuestra misión a sus oraciones.

María Templo de la SS. Trinidad, Servidora del Señor y de la Virgen de Matará 

 

 

 

 



[1] B. Juan Pablo II – Acto Europeo en Santiago de Compostela, 9-11-82

[2] B. Juan Pablo II – Angelus, 20 de Junio 2004

[3] B. Juan Pablo II – Discurso a los participantes en un Foro Internacional, 23-2-02.

[4] B. Juan Pablo II – Acto Europeo en Santiago de Compostela, 9-11-82

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