…In memoriam Padre Segundo Llorente, S.I. 

Visitando una tumba…

 

En un lugar perdido, en el Estado de Idaho…

 

En un cementerio pobre de nativos aborígenes…

 

“PORQUE LOS AMO TANTO QUE QUISO QUEDARSE CON ELLOS ”
(IN LIFE AND IN DEATH AMONG THOSE THEY LOVED)

 

Un grande…

SIERVO DE DIOS

– 40 AÑOS MISIONERO EN EL CIRCULO POLAR ARTICO (PARTIO DE ESPAÑA EN 1930 -A LOS 23 AÑOS-, VOLVIO UNA SOLA VEZ, EN 1961 CON EL UNICO FIN DE SUCITAR VOCACIONES)

– CONSIDERADO COFUNDADOR DEL ESTADO DE ALASKA

– PRIMER SACERDOTE EN SER ELEGIDO COMO REPRESENTANTE ANTE LA LEGISLATURA DE UN ESTADO (LO ELIGIERON POR UNANIMIDAD LOS ESQUIMALES SIN EL SABERLO. SIRVIO POR DOS PERIODOS Y SE RESISTIO A HACERLO POR UN TERCERO).

– ESCRIBIÓ 12 LIBROS CON LOS QUE SUCITO MILES DE VOCACIONES

– Y CIENTOS DE CARTAS CON LAS QUE ACERCO A MILES… A DIOS Y A LAS MISIONES DE LA IGLESIA

– CUMPLIEDNO SU DESEO FUE ENTERRADO EN EL CEMENTERIO DE DESMET, EN IDAHO DONDE SOLO NATIVOS PUEDEN SER ENTERRADOS

– EL PAPA FRANCISCO LO PUSO COMO MODELO PARA TODOS LOS RELIGIOSOS EN EL ENCUENTRO DE ENERO DE 2014 ANTE 120 SUPERIORES MAYORES DE ÓRDENES RELIGIOSAS

– PARTIÓ A LA CASA DEL PADRE EL 26 DE ENERO DE 1989. 10 DÍAS ANTES, EL 16 DE ENERO LES HABÍA ESCRITO A SUS FAMILIARES:

“MUERO CONTENTISIMO, DESDE AQUÍ AL CIELO ¿QUE MÁS SE PUEDE PEDIR?”

 SE ACABAN DE CUMPLIR 25 AÑOS DE SU MUERTE

¡Dios siga suscitando en su Iglesia muchos y santos misioneros!

________________

Compartimos también la homilía que su hermano, Amado Llorente, predicó en sus funerales.

Mi hermano Segundo, misionero de Alaska

 

Si yo quisiera dar con la fórmula que hizo posible una vida tan llena y muerte tan santa, creo que podríamos encontrarla en que el modo de ser de Segundo, su carácter, su personalidad, sintonizaban tan perfectamente con el ideal ignaciano, que el día que lo conoció dijo: «¡Esto es lo mío!» y lo vivió plenamente.

Los jesuitas, cuando queremos hablar de san Ignacio, decimos «el magis» ignaciano: magis, una palabra latina que quiere decir más. San Ignacio siempre buscaba lo más; no lo bueno, sino lo mejor, no la gloria de Dios, sino la mayor gloria de Dios; no «servir» a nuestro Señor, sino distinguirse en el servicio a nuestro Señor. Siempre lo más. Y Segundo nació para «lo más».

Cuando tuvo quince años le dijo a mi padre: «Yo quiero ir al seminario; quiero ser sacerdote». Casi seguro, porque el párroco del pueblo era el personaje más importante, y Segundo quería ser importante: «Para quedarme con todos los demás, y ser uno más del pueblo… Aquí, el que sobresale es el cura, el párroco… ¡Yo voy al seminario!».

Fue al seminario de la diócesis de León. Y estando en el seminario, llega un jesuita y da Ejercicios a los seminaristas. Y al hacer los Ejercicios, Segundo dice: «¿Cómo yo me voy a quedar…? ¡Yo, jesuita!» Estando en el noviciado, pasa por allí un misionero de China y habla a los novicios: «Ustedes, ¿qué van a hacer en España? En España el que se condena es porque le da la gana; tiene todos los medios, para salvarse: tiene iglesias, tiene sacerdotes, tiene todo… Pero hay miles, y millones de paganos que no han oído nunca hablar de Jesucristo…».

Esa conversación bastó para que Segundo dijera: «¡A las misiones!». Y si hay que ir a las misiones, ¿cuál es la más difícil? En aquel momento Pío XI había escrito que la misión de Alaska era la tarea más heroica en la Iglesia católica, y Alaska se le metió a Segundo en el corazón y en el alma y en la ilusión y en los ideales… y ya no era más que ¡Alaska!

Pero Alaska no le pertenecía como jesuita. Le dijo al provincial que quería ir a Alaska… «¿Alaska? ¿Dónde está eso? ¿Qué pinta usted en Alaska? Bien, está bien, ese es un fervor muy bueno, pero siga estudiando latín y griego…».

¿Ah, sí? Carta al padre general, el famosísimo padre Ledochowski, que gobernó la Compañía de Jesús casi cuarenta años y dejó una huella imborrable como general de la Compañía: «Yo, Segundo Llorente, que tengo ahora diecinueve años y empiezo a estudiar filosofía,… ¡quiero ir a Alaska!».

El padre general le contestó como el provincial: «Siga siendo buen estudiante, prepárese para ser sacerdote, y después vaya adonde los superiores le manden…».

Muy, bien. Segundo dejó pasar el año. Volvieron los Ejercicios del segundo año; y san Ignacio dice en los Ejercicios que se haga elección, él volvió a la elección; y en la elección sentía: ¡Alaska!

Segunda carta al padre general: «Sigo pensando que lo mío es Alaska…». Entonces el padre general le, contestó:. «Ya veo que tiene vocación misionera. Pero su provincia tiene, misiones en China…». Pero China… no le gustaba. Esperó otro año; era, el tercer año de filosofía, lo estaba haciendo en Granada, a los veintiún años. Escribe otra carta al padre general y le dice: «Sigo lo mismo; acabo de hacer Ejercicios; delante de nuestro Señor estoy seguro de que a mí Dios me llama para Alaska; por lo tanto, le suplico, padre general…».

El padre general vio una indicación de la voluntad de Dios y contestó de su puño y letra: «Con esta carta mía va otra a su provincial y otra al provincial de Oregon, que es el que manda en Alaska, para que, si su provincial lo considera correcto, y si el médico lo aprueba y ve que usted puede aguantar el clima de Alaska…».

Segundo no tenía miedo a un chequeo médico. Contaba que el médico le dijo: «Si alguien puede resistir el frío de Alaska es este boxeador»; porque Segundo era tremendamente fuerte, tremendamente vigoroso, con una salud que le duró hasta tres meses antes de morir; en cuarenta años en Alaska nunca perdió la salud.

Así, pues, a prepararse para Alaska. Por supuesto, adiós a toda la familia para siempre; de allí no había vuelta —mi hermano no vio nunca más a mis padres, ni mis padres lo conocieron como sacerdote ni pudieron oír nunca misa suya— …

Ayer leía yo una carta que me escribió muchos años después diciéndome lo que le costó decir adiós a la familia. Me decía Segundo:

«Cuando pasé por casa y os vi, no os quise decir nada; pero por dentro estaba convencido de que ya no volvería a ver más los patrios lares. Recuerdo que un día mientras dormía la siesta en una habitación de arriba, oí juguetear a los pequeños allá abajo y me vino un llanto muy copioso. Una vez más se me daba a escoger entre quedarme remendando redes o seguir a Jesús. Afortunadamente, relictis relictis retibus, secutus sum Jesum; dejadas las redes, me fui con Jesús… Otra vez en el colegio de La Habana, al bajar con la maleta ya para ir al barco yanki, que se balanceaba en la bahía, un niño del colegio, recién llegado fue detenido en la portería por donde quería escaparse para casa; y al ser detenido lloraba desconsolado llamando a su madre. Yo me estremecí todo y, sin poderlo evitar, sentí que se me llenaban los ojos de agua; estábamos los dos en semejante posición; él como niño, lamentaba la ausencia de una semana, yo crecidote, divagaba sobre la ausencia de por vida».

A los veintitrés años, solito y sin saber una palabra de inglés, fue a los Estados Unidos para estudiar teología en Kansas City. Allí pasó cuatro años de estudios; y, en cuanto se ordenó de sacerdote, en 1935, a los veintiocho años, salió para Alaska.

Como para mí Segundo fue siempre una inspiración y un ideal, en 1953 sentí la necesidad de verlo y saber dónde estaba y qué hacía. Cometí la gran locura e imprudencia, de la que ahora me alegre enormemente, de sorprenderlo sin consultarle nada, en pleno mes de febrero.

Así me lancé a lo que fue una bonita epopeya. Al final de un largo y difícil viaje caí en la choza de un misionero de Alaska. Ante ni evidente asombro cuando vi aquello, me dijo:

«¿Qué le parece mi casa? Un poco pequeña le parece, ¿no?, y un poco fría… Pues esto es un palacio; ¡ya verá usted cuandovea dónde vive su hermano!».

Me recibió como a un huésped, para que me quedara allí. Yo le dije: «Vengo para ver a mi hermano». Y me dice: «Ay, ya está usted en Alaska. Aquí no hay días, ni semanas, ni meses. Se acabaron las comunicaciones. Si tiene la suerte que tuvo el obispo el año pasado por esta fecha… Vino a verme y tuvo que quedarse aquí por una tormenta de nieve que duró veintinueve días; no nos morimos de hambre por milagro: yo, de casualidad, tenía unos salmones congelados, y de eso fuimos comiendo… No pudimos salir de la choza ni ir a ningún lado. ¡Veintinueve días!».

Para dormir, pusimos unas pieles de oso en el suelo y nos tendimos. Él me dice: «Tenga cuidado cómo pone los pies, para que la puerta no quede impedida; porque de noche puede entrar cualquiera. Fácilmente algún esquimal, de los que andan por ahí vagando con sus trineos, puede necesitar entrar. La puerta tiene que estar siempre abierta, porque es de vida o muerte; es una regla en Alaska que nadie cierre su puerta, por si alguien necesita entrar de noche».

Ya tirado en el suelo, oigo que empiezan a ladrar los perros de una manera terrible, un viento de nieve, unos alaridos imponentes a lo lejos… «¿Eso qué es?». «Son los lobos, que tienen hambre. Los perros ladran por eso…». Yo había venido de La Habana, y Pensaba: «¡Esto está bueno!». Pero también me decía: «Hasta que no lo vea no me vuelvo atrás; me muero, pero yo veo a mi hermano».

Al fin lo logré. En plena tundra, todo era noche (porque en febrero todo es noche en Alaska), en medio de aquel valle de nieve veo que viene mi hermano hacia mí.

Quisimos abrazarnos pero no pudimos, porque estábamos los dos vestidos como astronautas; y nos dimos la mano con una emoción increíble. Fue un encuentro fantástico.

(Cuando yo le cogía la mano a él, poco antes de morir, me acordaba tanto de aquella primera vez que le había cogido las manos en la tundra de nieve, hecho un mocetón todavía…).

Nos tiramos en un camastro y empezamos a hablar. ¿De qué se habla en esos momentos? ¿Creen que hablamos, algo de teología? ¿De la Compañía de Jesús? ¡Padre, madre, hermanos! «¿Cómo está éste? ¿Cómo está el otro?». El no conocía a nadie: «Y éste, ¿cómo es? Y éste, ¿cómo es? ¿Qué le gusta a éste?». Después dijo: «Ahora vamos a recorrer el pueblo, casa por casa, yo te puedo decir donde vivían todos los vecinos del pueblo, y hasta el nombre de los perros de todos ellos». Íbamos así recorriendo nombres… «¡Te saltaste uno!» —decía.

Le pregunté: «Pero, Segundo, ¿qué haces tú aquí? ¿Tú quieres salvar almas? Ven para… Allí hay 15.000 almas que salvar. Oye, las almas de los cubanos valen lo mismo que las de los eskimales por lo menos, ¿no?». Y me contestó: «¡Cómo nos gusta a nosotros decir que la Iglesia es católica, universal, que tiene que estar en todas partes! Los eskimales también son hijos de Dios, y a mí me ha tocado el privilegio de ser su misionero. Aquí está la Iglesia católica, gracias a nosotros los misioneros».

En éstas viene el piloto que me había llevado y dice: «Yo me voy». Y Segundo: «Amando, tú verás lo que haces; si te quedas, ¿cuándo podrás salir? Nadie lo sabe. Yo cojo mi trineo y no tengo problema, pero tú, ¿cómo te vas de aquí? Esta es la oportunidad».

¡Cuatro horas! Después de haber estado cuatro días buscándolo…

Añadió: «Vamos a decir la misa por nuestros padres».

Dijimos la misa; era emocionantísimo, porque estábamos en Akulurak (A mi padre cuando murió la última palabra que se le entendió fue Akulurak, donde estaba su hijo mayor: no estaba allí con él, pero lo tenía en el corazón).

Dijimos la misa y yo tuve que coger la avioneta, y marchar.

Se identificó de tal manera con los eskimales que, cuando el Estado de Alaska creció y se hizo libre, vinieron las primeras elecciones; y salió. Segundo Llorente representante de Alaska, porque los eskimales lo habían elegido. Mi hermano mandó en seguida una carta diciendo que renunciaba, que no sería apropiado. Le contestaron que no renunciará, pues era la primera vez que votaban los eskimales y era darles un mal ejemplo no aceptar; que no lo mirara como un honor, sino como una manera de servir.

Cuando Alaska se hizo rica por el petróleo, no sabían qué hacer con los blancos que habían estado allí tantos años, a los que, al fin y al cabo, se les debía que aquello llegase a ser lo que era. Entonces hicieron el «Club de los fundadores de Alaska». La condición era ser blanco —que hubiera venido de fuera a trabajar en Alaska— con treinta años de servicio en Alaska, y que hubiera hecho alguna cosa importante. Elegido presidente por unanimidad: ¡el misionero Segundo Llorente!

¿Qué hizo en Alaska con los eskimales? Me dijo un padre en la universidad Gonzaga: «Yo le pregunté a su hermano una vez: “Padre Llorente, usted, ¿qué hizo cuarenta años en Alaska?”. Y como se lo dije en el tono de “para qué perdió usted tanto tiempo allí”, me contestó: “Estuve cuarenta años enseñando a los eskimales… a hacer la señal de la cruz. Y con eso me doy por contento”».

Dios nuestro Señor lo usó, no tanto para hacer bien a los eskimales, sino para que desde allí, con el talento que Dios le dio como escritor, empezara a escribir cartas y artículos que se convertían en libros; llegó un momento en que los seminarios y los noviciados se llenaban de entusiasmo por las aventuras del misionero de Alaska. Yo he encontrado docenas y docenas de religiosas y sacerdotes que me han dicho: «Debo la vocación a los libros de su hermano». Porque, realmente, contagió esta alegría inmensa que tenía de ser sacerdote y de ser misionero; no la perdió nunca.

Llegó el ocaso. Fue rapidísimo: había tenido una salud fantástica, y tres meses antes de morir me llama:

«Amando, quiero decirte que se acabó el Segundo Llorente en este mundo y empieza el del otro. Me han dicho que tengo cáncer, y he llamado al provincial para decirle que no quiero tener ningún tratamiento, pero quiero contar con él. El provincial me aprobó la decisión, así que no voy a seguir ningún tratamiento. No se te ocurra ponerte triste, porque llevo años que no sueño más que con ir al cielo. Me han dado la noticia más feliz de mi vida, y no quiero que me quiten ni un minuto de ese cielo al que estoy seguro de ir; no puedo dudarlo».

Yo lo llamaba todas las semanas; y veía que cada semana la voz era más tenue, más difícil. Los jesuitas de la universidad Gonzaga lo trataron como a un rey, con las mejores atenciones que podía tener de cariño y dedicación: iban todos los días a verlo, unos le besaban la frente, todos le pedían la bendición; he visto americanos con lágrimas, diciendo: «Este gran hombre… Este hombre es un héroe y un santo».

Cuando llamé hace quince días, la enfermera me dijo que estaba realmente mal; que si yo pensaba ir, la semana siguiente podía ser demasiado tarde.

Decidí ir en seguida. Lo encontré plenamente consciente, increíblemente feliz y contento. Al irle a abrazar me dijo: «No se te ocurra hacer una oración por mi salud. Olvídate de eso. Pide que sea rápido. Estoy esperando el encuentro con nuestro Señor».

Y miraba el reloj… Le pregunté a la enfermera el por qué y me respondió: «También yo se lo he preguntado, y me ha dicho: Es que estoy esperando la cita con nuestro Señor… tiene que venir ya, en cualquier momento».

Por supuesto, en esos tres días hablamos de todo; porque, al mismo tiempo que hablaba de Dios, me escribía un chiste, y contaba una broma del pueblo: «Recuerdo que una vez…» ¡y a reírnos!

Me decían las enfermeras: «No sé qué le ha traído usted, pero le ha traído la mejor medicina». ¡Le llevé a mi familia! Le hablé de todos: mis padres, mis sobrinos… Y eso es muy grande… Me quedé maravillado cuando vi entre sus papeles la fotografía de todos y cada uno de sus hermanos con toda su familia, y de todos y cada uno de sus sobrinos con toda su familia: todos los niños, en cartulinas, uno por uno. Me dijo: «Todos los días antes de decir misa las veo, para pedir por todos».

Yo tenía que regresar, pues tenía un retiro, unos Ejercicios; la muerte no se sabe nunca cuándo va a llegar… Él estaba bien atendido; había que dar ejemplo, y me lo dijo: «No dejes de ir a dar los Ejercicios, ése es tu deber; yo no necesito nada; tengo a Dios y tengo todo, no te preocupes de más nada…».

Le pedí unas letras para toda la familia. Y escribió: «Muero contentísimo. Desde aquí al cielo, ¿qué más puedo esperar? Allí nos veremos todos. Amén. Os quiero mucho. Segundo». Es el testamento que nos dejó a todos los hermanos y los sobrinos.

Cuando el padre superior me llamó, me contó que había muerto, rodeado de varios padres, con una sonrisa; al morir, se rejuveneció; parecía tener veinticinco años. Sonrosado, sonriente.

Su alma está en el cielo. Su cuerpo lo llevaron a un lugar precioso: no lejos de allí hay un cementerio en una reserva india dirigida por jesuitas. En ese cementerio no se pueden enterrar más que indios y sacerdotes que hayan estado por lo menos veinte años al servicio de los indios. Como él había estado cuarenta años, le pertenecía el honor de ser enterrado en ese cementerio, a unas setenta millas de Spokane, en una loma frente a las Montañas Rocosas. Lo enterraron bajo una lápida que dice, para todos los jesuitas que están enterrados allí, unos diez o doce: «En vida y en muerte con aquellos que amamos».

Me atrevo a decir que nos podemos encomendar a él. Estoy seguro de que tiene que tener cerca de Dios una tremenda influencia. Porque es que no le negó nada.

Yo le había dicho: «Oye, cuando vayas al cielo, se tiene que notar en la tierra. No hagas favorcitos pequeños, sino cosas gordas: se estremece la Iglesia, se estremece la Compañía de Jesús…». Y me dijo: «Bueno, ¿y tú crees que yo voy a mandar en el cielo?». Le dije: «En el cielo mandan los amigos de Dios». Y él: «¡A eso, no quiero que me gane nadie!».

Amando Llorente

1 Comentario

Deja un comentario