San Juan Pablo II en una de sus visitas a España instaba a Europa a volver a sus raíces cristianas, a ser ella misma. Es el llamado en concreto a todos los cristianos de entregarse a la llamada nueva evangelización. Es decir a renovar la fe que en está presente en los fundamentos de Europa, pero que a lo largo de los siglos se ha ido enflaqueciendo.

Esto coincide perfectamente con los frutos que se buscan en una misión popular, que no es otra cosa, como dicen nuestros directorios, que un método sencillo y popular de predicar el Evangelio. Y allí donde se predica el Evangelio, Dios toca las almas, las devuelve a la hermosura perdida por el pecado o las enfervoriza para ser cristianos dignos de tal nombre.

Esta vez el turno para recibir las gracias que Dios derrama especialmente en una misión le ha tocado a la ciudad de Lucena. Esta se encuentra a unos kilómetros al sur de la ciudad de Córdoba, en la Andalucía española. Tierra que recibió en otros tiempos la predicación de San Juan de Ávila, y que muy cerca de Lucena, en Montilla, creemos sin dudar que intercedió por los frutos de la misión.

Participamos de ella dos sacerdotes, el P. José Vicchi, superior de esta provincia y el P. Martín Feliciosi, quien escribe esta crónica. Estuvo con nosotros también el recientemente ordenado diácono Gonzalo Arboleda, dos seminaristas y un grupo de religiosas de las Servidoras: algunas que misionan en están destinadas en esta provincia y otras del estudiantado de Italia. También cooperó constantemente con la misión el párroco, D. Rafael.

La parroquia misionada está bajo el patronazgo de Nuestra Señora del Carmen. Antiguamente era un convento de carmelitas descalzos, pero con las amortizaciones de los enemigos de la Iglesia en el siglo XIX, tuvo que ser cerrado. Del convento queda solamente el templo y lo que era el resto del convento y la huerta es hoy día un parque público.

Lucena cuenta con unos 40.000 habitantes. Es una ciudad muy bella, fundada a los pocos años de ser reconquistada esta zona de manos de los musulmanes, en el siglo XVI. Como casi todas las ciudades de España, cuenta con numerosas iglesias, muy cercas unas de las otras. Entrando a la ciudad fácilmente se distinguen varios campanarios.

Y sus habitantes, como buenos andaluces, son conocidos por su fervor religioso. Basta tener en cuenta que casi todas las ciudades de Andalucía tienen renombre en el mundo por las procesiones y las actividades de Semana Santa. Esto se reflejó inmediatamente en los frutos de la misión. Por ejemplo, no habían pasado 24 horas de la Misa de envío y ya había dos personas que habían pedido recibir la confirmación.

En cuanto a frutos, gracias a Dios, fueron incontables. Tanto los padres misioneros, como el párroco pudieron dedicar mucho tiempo a escuchar confesiones. Se visitó a varios enfermos que no podían salir de sus casas, administrándoles todos los sacramentos. Fue especial la visita que lo misioneros hicieron a un asilo ubicado a poco metros de la parroquia. Allí se pudo darle la Unción de los enfermos a unos cincuenta ancianos y se pudo preparar para una muerte santa a varios moribundos.

El jueves, dedicado a la Eucaristía, hicimos la procesión de Corpus. Durante la visita de casas se invitó especialmente para esta procesión y asistió más gente de la que pensábamos.

Hay que destacar también una actividad llamada “Adoremus” organizada por el párroco. Consistió en una adoración nocturna con jóvenes, para luego salir a misionar por las calles. Vinieron unos cuarenta.

Finalmente pudimos administrar dos bautismos, los primeros que hacía el diácono en su vida, y quedaron diez personas para recibir la confirmación luego de una catequesis más extensa.

Encomendamos a todos la perseverancia en los frutos de esta misión y que Dios nos conceda la gracia de poder hacer muchas más en estas tierras. Es un deber de justicia devolverle a España todo el bien que nos ha hecho, y especialmente el don inestimable de la fe.

Dios los bendiga a todos.

R.P. Martín Alejandro Feliciosi, IVE